agosto 30, 2012

Troops

La bóveda abría a la misma hora secreta de cada semana. Programada con un muy preciso temporizador del cual ningún funcionario tiene la clave, como explica el cartel junto a la entrada. Habían cerrado las puertas de la oficina unos minutos antes, dejando a esa señora y a su hijo esperando con fastidio a que los dejasen salir -y ella pudiera cumplir su promesa de comprarle un chocoramo-.

Esperaban con modorra y sin sorpresa, junto a la entrada, dos hombres armados y uniformados, uno con una pistola y el otro con un changón de lustrado color naranja en la madera. Llevaban años en este trabajo por lo que sólo se mantenían atentos a señales de peligro en la calle y descansaban durante la espera en cada banco. Y junto a ellos, algún empleado que acompañase la tediosa tarea y firmase la papelería correspondiente.

Este día casualmente los atendió el subgerente, quien a su vez se hallaba aburrido de su propia rutina y encontró la oportunidad perfecta para levantarse de su silla y hablar con alguien. Así fuera con dos personas que sólo traían consigo historias de camiones, bóvedas y revólveres. -Qué importa-, pensó, -mientras no me hablen de cifras y presupuesto, estará bien-.

Y la bóveda comenzó a abrirse. Y a emitir chillidos agudos desde los estantes enrejados que contenían las tulas con dinero. Chillidos ininteligibles que parecían provenir de algo vivo. Vi-vo.

El hombre del revólver miró con algo de extrañeza el fondo de la bóveda mientras que el hombre del changón lo sujetó con fuerza. La sorpresa por fuera de la rutina le había asustado en verdad. No alcanzaron a mirarse entre sí porque lo que sucedió después robó su atención.

De las tulas emergieron lentamente pequeñas figuras de apariencia humanoide, delgadas como un billete, con los rostros de aquellos que circulaban a diario entre manos, cajas y cajeros. Héroes nacionales, poetas y científicos, todos salían en gran número de entre los fajos emitiendo aquellos chillidos que, si bien eran débiles, resultaban fastidiosos al oído. Se agruparon a poco más de un metro de la salida, formándose frente a los dos hombres de uniforme y observándolos con detenimiento.

Cuando pareció aparecer el último de aquellos extraños seres, los dos hombres se preguntaron si ellos eran el dinero que debían transportar. ¿Deberían abrirle agujeros a las tulas? ¿Pagaría alguien por la comida que deberían darles? ¿Sería posible que ellos se lastimaran y tuviesen que llevarlos con algún cuidado adicional? Luego recordaron que eran sólo billetes y pensaron que era alguna broma. Claro, el subgerente no estaba allí por casualidad, tenía que ser algo importante para que no estuviese Ernesto, el que los atendía siempre. Miraron al subgerente y todas las preguntas se evaporaron de sus cabezas al ver la expresión en su rostro.

Pánico.

Luego volvieron a mirarlos a ellos y apenas alcanzaron a ver cómo corrían hacia la salida y hacia ellos. Corriendo y saltando, se abrían paso entre muebles, puertas y personas, cortando como papel las manos de quienes intentaban atraparlos. Muchos cayeron allí, doblegados por el dolor de las cortadas de papel en sus manos y piernas. Uno particularmente afectado fue aquel a quien cortaron en el pliegue de piel entre los dedos índice y medio de la mano derecha; muchos llegaron a pensar que no sobreviviría y lo consolaban en su dolor.

La mujer y su hijo, que se habían sentado en una de las bancas a esperar, apenas atinaron a cubrirse con revistas del corazón que encontraron junto a sus sillas; el papel esmaltado los protegía eficazmente de cortaduras y golpes. El vigilante no corrió con tanta suerte y recibió decenas de cortaduras en todo el cuerpo, lo que le dejó débil e indefenso junto a la entrada de la oficina. Los hombres uniformados que habían recibido el embate inicial de aquellos seres yacían sangrando profusamente por brazos, piernas y cuello. No lograron hacer ni un solo disparo para defenderse de tan inusual ataque. Tampoco allí se vieron el uno al otro para compartir su suerte; el hombre que antes cargaba el revólver había llegado a preguntarse un par de veces -hace ya un tiempo- si realmente gustaba de su compañero pero nunca se permitió continuar pensando en aquella idea. Lamentaba ahora el no haber concluido algo y morir con la duda.

Los pequeños seres, de formas antropomorfas ellos (¿y ellas? No, no había mujeres en los billetes de aquel país), salían pasando con sutileza por la rendija entre las puertas de la oficina bancaria. Lentamente huían hacia alguna tierra prometida donde no los trataran como a un billete sucio. Con algunos sacrificios, tal vez podrían comprar su propio hogar. Finalmente, ellos siempre habían sabido lo valiosos que eran para los demás.


No entiendo de dónde salió todo esto. No me pregunten

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