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Mostrando las entradas de febrero, 2014

Crispetas

Cuando no tenía muchos años, pasaba mucho tiempo en una calle de la ciudad. La calle 72, entre la carrera séptima y la avenida Caracas.

Mamá trabaja en uno de esos edificios y, ya que trabajaba en el área de informática, sus horarios se parecían mucho a mis horarios de trabajo de los últimos años. No había niñera ni tía que me cuidase algunas veces, así que mamá me llevaba para no dejarme solo en casa. Otros informáticos me buscaban juegos y computadores libres para sentarme a jugar.
Cuando ya sabía leer y escribir, bien podía terminar revisando listados que después supe, eran saldos bancarios e intereses causados de grandes empresas públicas y privadas. Desde pequeño aprendí a guardar secretos.

Cuando tenía más años, a veces elegía ir con mamá para usar alguno de los computadores libres, más rápidos que el de casa. Para algún trabajo que tenía que hacer, tal vez. También lo hice varias veces sólo para salir de casa. Podía ir y quedarme un rato en el centro comercial Granahorrar, mira…

Deriva

Le declaré el amor a una isla.

Es una isla desconocida, no está en mapa alguno. Nadie ha oído hablar de ella y por eso mismo permanece desconocida.

Para llegar a ella, sólo necesito levar anclas, soltar amarras, salir del puerto y dejarme llevar. Siempre y cada vez, la deriva me lleva a la isla desconocida.

Porque tal vez eso sea el amor. Confiar en que siempre se llega, sin importar los caminos y las rutas que todos siguen.

La fidelidad sería entonces, creer que siempre voy a encontrarla cuando viaje, a la deriva, buscándola. No es creer que es mejor si aparece en un mapa, con mi nombre y mi bandera.