agosto 10, 2012

For sale

Él se levantaba cada día a la misma hora sin necesidad de usar despertador o la ayuda de alguien que viviese allí. Hace ya varios años vivía solo y dependía sólo de sí mismo para cualquier tarea, desde lo cotidiano hasta lo inusual.

Sin embargo, una mañana en particular se sintió de repente, dependiente de alguien, de algo ajeno a sí mismo. Era esa persona en el televisor.

Sentía que le gustaba esa mujer en los anuncios de televentas.

De repente, tenía ganas de comprar esa crema para reducir centímetros de abdomen, luego creía indispensable tener aquella máquina de afeitar recargable, más tarde hacía cuentas de lo económico que era aquel juego de ollas en acero inoxidable de última tecnología con fondo termodifusor de diseño ultramodernísimo.

Quería comprarlo todo, siempre y cuando fuese ella misma la que, parada detrás de aquella pequeña mesa, le entregara una a una sus compras. Sonriendo como la veía ahora, ochenta segundos por vez.

Le escribiría, preguntaría en el conmutador del canal por la mujer de las televentas. Seguro todos sabrían quién era ella. Era imposible que no supiesen. Quería saber su nombre. Ansiaba poder repetirlo en su cabeza mientras tomaba el café de cada mañana, escribirlo muy grande en el fondo de escritorio del ultraliviano portátil con pantalla de siete pulgadas y sistema operativo Android que ofreció ayer.

Aquella mujer le repetía a diario un número telefónico y sin embargo, le era imposible contactarla. Era un amor platónico frustrante por definición.

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