Meltdown

Normalmente, las nubes y la lluvia llegan aquí escalando afanosas el piedemonte llanero. Viajan desde el lejano amazonas brasileño, seguramente emergen esponjosas del cálido atlántico ecuatorial.

Tal vez sea por eso que llegan cansadas a este altiplano y acostumbran recostarse un poco sobre los cerros, como esperando que las vean por un rato y se preparen todos para la lluvia inminente. Los narradores en sus cabinas dentro del estadio son los primeros en prever la lluvia en medio de sus incesantes alaridos. Si el cerro se cubre de nubes, la lluvia llegará al Campín en unos 15 minutos, dicen aún los más inexpertos al micrófono. La ciudad se hace un poco más gris, un poco más silenciosa. El aire, más húmedo, se roba las palabras y deja a cada persona un poco más sola, aislada del resto.

Sólo en algunas ocasiones, las nubes que llegan tienen ánimo de jugar y ruedan montaña abajo, cubriendo los cerros con un velo grisáceo que los difumina, fundiéndose con ellos como si se tratara de un dibujo en carboncillo o algún trasfondo proyectado levemente a contraluz. Esa visión, la más bonita que ofrece esta ciudad, sólo la ven aquellos con el tiempo suficiente para mirar hacia el oriente.

Como él, que se sentaba ahora mismo en el balcón sin importar la lluvia porque ansiaba poder ver algo lo suficientemente bonito para dejar de pensar en ella.

Troops

La bóveda abría a la misma hora secreta de cada semana. Programada con un muy preciso temporizador del cual ningún funcionario tiene la clave, como explica el cartel junto a la entrada. Habían cerrado las puertas de la oficina unos minutos antes, dejando a esa señora y a su hijo esperando con fastidio a que los dejasen salir -y ella pudiera cumplir su promesa de comprarle un chocoramo-.

Esperaban con modorra y sin sorpresa, junto a la entrada, dos hombres armados y uniformados, uno con una pistola y el otro con un changón de lustrado color naranja en la madera. Llevaban años en este trabajo por lo que sólo se mantenían atentos a señales de peligro en la calle y descansaban durante la espera en cada banco. Y junto a ellos, algún empleado que acompañase la tediosa tarea y firmase la papelería correspondiente.

Este día casualmente los atendió el subgerente, quien a su vez se hallaba aburrido de su propia rutina y encontró la oportunidad perfecta para levantarse de su silla y hablar con alguien. Así fuera con dos personas que sólo traían consigo historias de camiones, bóvedas y revólveres. -Qué importa-, pensó, -mientras no me hablen de cifras y presupuesto, estará bien-.

Y la bóveda comenzó a abrirse. Y a emitir chillidos agudos desde los estantes enrejados que contenían las tulas con dinero. Chillidos ininteligibles que parecían provenir de algo vivo. Vi-vo.

El hombre del revólver miró con algo de extrañeza el fondo de la bóveda mientras que el hombre del changón lo sujetó con fuerza. La sorpresa por fuera de la rutina le había asustado en verdad. No alcanzaron a mirarse entre sí porque lo que sucedió después robó su atención.

De las tulas emergieron lentamente pequeñas figuras de apariencia humanoide, delgadas como un billete, con los rostros de aquellos que circulaban a diario entre manos, cajas y cajeros. Héroes nacionales, poetas y científicos, todos salían en gran número de entre los fajos emitiendo aquellos chillidos que, si bien eran débiles, resultaban fastidiosos al oído. Se agruparon a poco más de un metro de la salida, formándose frente a los dos hombres de uniforme y observándolos con detenimiento.

Cuando pareció aparecer el último de aquellos extraños seres, los dos hombres se preguntaron si ellos eran el dinero que debían transportar. ¿Deberían abrirle agujeros a las tulas? ¿Pagaría alguien por la comida que deberían darles? ¿Sería posible que ellos se lastimaran y tuviesen que llevarlos con algún cuidado adicional? Luego recordaron que eran sólo billetes y pensaron que era alguna broma. Claro, el subgerente no estaba allí por casualidad, tenía que ser algo importante para que no estuviese Ernesto, el que los atendía siempre. Miraron al subgerente y todas las preguntas se evaporaron de sus cabezas al ver la expresión en su rostro.

Pánico.

Luego volvieron a mirarlos a ellos y apenas alcanzaron a ver cómo corrían hacia la salida y hacia ellos. Corriendo y saltando, se abrían paso entre muebles, puertas y personas, cortando como papel las manos de quienes intentaban atraparlos. Muchos cayeron allí, doblegados por el dolor de las cortadas de papel en sus manos y piernas. Uno particularmente afectado fue aquel a quien cortaron en el pliegue de piel entre los dedos índice y medio de la mano derecha; muchos llegaron a pensar que no sobreviviría y lo consolaban en su dolor.

La mujer y su hijo, que se habían sentado en una de las bancas a esperar, apenas atinaron a cubrirse con revistas del corazón que encontraron junto a sus sillas; el papel esmaltado los protegía eficazmente de cortaduras y golpes. El vigilante no corrió con tanta suerte y recibió decenas de cortaduras en todo el cuerpo, lo que le dejó débil e indefenso junto a la entrada de la oficina. Los hombres uniformados que habían recibido el embate inicial de aquellos seres yacían sangrando profusamente por brazos, piernas y cuello. No lograron hacer ni un solo disparo para defenderse de tan inusual ataque. Tampoco allí se vieron el uno al otro para compartir su suerte; el hombre que antes cargaba el revólver había llegado a preguntarse un par de veces -hace ya un tiempo- si realmente gustaba de su compañero pero nunca se permitió continuar pensando en aquella idea. Lamentaba ahora el no haber concluido algo y morir con la duda.

Los pequeños seres, de formas antropomorfas ellos (¿y ellas? No, no había mujeres en los billetes de aquel país), salían pasando con sutileza por la rendija entre las puertas de la oficina bancaria. Lentamente huían hacia alguna tierra prometida donde no los trataran como a un billete sucio. Con algunos sacrificios, tal vez podrían comprar su propio hogar. Finalmente, ellos siempre habían sabido lo valiosos que eran para los demás.


No entiendo de dónde salió todo esto. No me pregunten

Gestorben

Aún recuerdo la época en la que me dio la angustia por tener que morirme algún día. El tener que apagarse, el no volver a ser consciente de uno mismo, todo eso. Todos los días. Vaya uno a saber si es necesario sentir esa angustia existencial para que comiencen a salir canas o se alboroten las chocheras de adulto. Tal vez en este caso fue pura coincidencia.

Algún día me voy a morir, sí. Al menos pasé los 23 de mi hermano y no me morí, eso debe ser bueno porque significa que no hay una maldición sobre los hombres de la familia. Ya hasta monto bicicleta como él y no me he muerto todavía, qué bueno. Ajá.
Aún recuerdo cómo el esposo de una tía, muy estructurado en su discurso, me quiso enseñar a mis 4 años que eso no tenía nada de malo. Que es natural, mire la televisión tranquilo cuando se mueren y cuando se dan besos que eso es normal. Y sí, tan normal que me fui a dormir una noche en casa de la tía y a la mañana siguiente mi hermano ya no estaba, sin aviso ni nada. Sin angustias ni penurias. Uno se levanta con su osito de felpa (o bueno, esa noche justo me habían prestado otro más tieso que un muerto) como si nada pasara, el sol brilla y todo. Luego le dicen que se bañe y se vista porque toca ir al hospital a cuidar a la mamá. Todo bien, ya voy donde mi mamá. Luego que no, que a sumercé no lo dejan entrar, que muy pequeño, que camine lo llevo a comer a la tienda. Y así, el tiempo se va en nada porque realmente no pasa nada; cada uno lo sufre por dentro pero en realidad no pasa nada.

Hasta que le llega a uno la angustia de tener que morirse. Que ni sé si les da a todos porque uno nunca pregunta esas cosas, entonces toca preguntárselo a sí mismo. Lo otro que no sé si le pasa a los demás es que, después de un tiempo, el sentimiento se desvanece y la parca vuelve a refugiarse en algún rincon oscuro de la memoria. Y ahí se queda uno en la medianía porque no le da miedo de morirse y entonces para qué afanarse por esta cosa o aquella. Después será. O nunca, qué más da.

Antes pensaba que conducía rápido cuando iba solo porque era impaciente y quería llegar a destino. Ahora entiendo que es sólo ahí cuando siento de nuevo que me puedo morir. Y que por eso, soy capaz de soñar.

L'Incertitude

Los físicos en todo el mundo, a partir de ese momento, vieron todo su trabajo (al menos el de avanzada) sometido a lo improbable. Al caos y a la incertidumbre.

Y sintieron miedo.


Yo los entiendo aún ahora, sin ser físico y viviendo tantos años en el futuro distante. Le temo a la incertidumbre. Y como le temo tanto, pienso en cada cosa, pienso todo el tiempo, no dejo que el monólogo interior se apague.

Hoy un amigo me dijo algo de forma desprevenida y le respondí vía WhatsApp a la media hora, porque toda la media hora se había ido pensando en aquello que me dijo. Para responderle algo elaborado y que diera a entender lo que creo respecto de lo que dijo.

El automático me salió defectuoso y todo se va por el lado del pensadero

La misión

Mi misión en la vida es darle a los demás ejemplos para entender el eterno retorno.

Ranthought - 20120828

Odio cuando cambio algo a mitad del ejercicio de escribir y no reviso lo suficiente para cambiarlo del todo, lo que hace que el texto completo quede mal y, como eso de comentar los posts ya no se usa (o sólo me visitan bots rusos que buscan fotos de Leelee Sobieski), sólo me entero cuando me releo varios días después.
Porque aprendí a releerme, a darme tiempo de ver lo que escribo un par de días después cuando ya no estoy rumiando la idea. Aún las migajas que dejo en twitter. Aprendí lentamente a no dejar salir el monólogo interior de forma descontrolada so pena de aparentar un debate dramático conmigo mismo. Porque la autocrítica hace parte del menú, a diario.


Por otra parte, me gusta mucho ver que ahora me es posible ir más allá de los 140 caracteres y logro desarrollar una idea, así sea mala (que sin duda, la mayoría no pasan de tiernos intentos), pero que finalmente es una piedra maś que uso para adoquinar el camino y no pa tropezarme. Supongo que de alguna forma, eso habrá de servir para crear algo que me guste en algún momento del futuro; por ahora sé que ya recuperé el hábito de escribir en alguna parte lo que se me ocurre y a cuatro meses de terminar el 2012, estoy cerca de igualar los años en los que más cosas he escrito aquí.

Aunque... ahora mismo creería que intentar por intentar no cambia nada y seguiré escribiendo de forma mediocre. Creer.

Trato de no mirar en detalle las cifras de visitas o las modernísimas estadísticas de Google Analytics, pues ya no hay OpenList y desconozco a muchos de los que leen lo que publico. De cualquier forma, nadie comenta lo que escribo así que no hay realimentación o construcción colaborativa (posiblemente porque no hay nada que decir; si le diera un giro hacia el "querido diario", tal vez alguien comente porque se identifica). Siempre habrá nuevas formas de sentirse solo, supongo.
Porque confío poco en mí y eso marca la desconfianza en los demás.


***
Hay algo en relatar cosas propias que choca con ideas del pasado. Esa necesidad de dejar la vida desparramada como fichas de rompecabezas para que nadie la viese completa, como para no exponerse demasiado con una sola persona y creer que así causarían menos daño.

The flop

The coin fell with a flop. Not gracefully, not at all. Just fell down as fast as Galileo allowed it to go.

It created a sound, a deaf "plof" while cutting through the surface and sinking to the bottom.

It was not a wish or a prayer, but a command to the whole fucking Universe.

The turn


Driving down the hill, she was pushing herself to try something harder on every corner she reached. Taking her car to the limit and further, feeling the urge to try it again once more. Left, then right, then left. Despite being on a two way road, she always drove the car looking for the perfect approximation to the apex, trying to jump out the corner as fast as possible.

Then came the turn. That turn. A turn of fate. It leaned outwards so the speed must be reduced more than ussual as the car went into the apex and then it could be accelerated while going out.

But she was, for a moment, wishing she could fail so the car and everything inside would roll over the road, the rail and the cliff. So she stepped hard into the gas pedal and the car roared as it entered the turn.

And the dream came true. Things got scattered and scrambled inside, her hair got over her face, the roof progressively flattening around her. A moment later came the deafening noise of the guard rail breaking apart due to the massive hit it got and all of a sudden, silence.

They flew and then died. In that turn. A change of fate. But this time, it was sought and succesfully found.

The river

Poco a poco, los disparos de mortero fueron silenciados. Entre los edificios derruidos que permanecían en pie del lado oeste, el rumor que corría era que las líneas habían sido cortadas por completo. La confirmación llegaría, en ruso y alemán, sólo unas horas más tarde.

Había sido una tenaza ejecutada con limpieza. Los dos brazos del frente ruso se habían encontrado a unos veinte kilómetros al oeste y ya habían comenzado, en medio del júbilo, a tomar prisioneros en su limpieza del camino al Volga. El río, que hasta hace poco había permanecido como el piso de una gruta con los picos de agua levantándose al ritmo de los cañones de 105mm, ahora discurría calmo y arrastraba la sangre y la mierda sin prisa, sin asco.

Los alemanes, hambrientos y sin posibilidad de escape, entregaron sus posiciones sin dudarlo, esperando de Stalin y Kruschev un trato más bondadoso que aquel prodigado por el invierno brutal. Uno de ellos con seguridad habrá volteado a mirar las ruinas humeantes mientras era llevado en fila hacia algún reclusorio; ciertamente habrá mirado aquel lugar que le era ya tan familiar y le habrá dicho con nostalgia "Bis Bald, Stalingrad!", antes de continuar la larga y penosa marcha del vencido.

Porque allí moría el frente de la arrogancia, en el que curiosamente combatían hombres humildes.

Rose

Ni siquiera tengo que cerrar los ojos para recordar esa imagen. Un manchón rosa que apenas pude distinguir por un instante en el que creí que todo podía ser diferente, que podía detener el curso que la historia tomaba y llevarla a ser aquello que había soñado en alguno de los días anteriores.

Un manchón rosa, muy leve. Brillante pero sutil.

Si logro recordarlo ahora, todo lo que logro ver es ese manchón rosa por el rabillo del ojo y es todo lo que necesito para desear haber hecho las cosas de otra forma. Porque incluso las cosas más sutiles y abstractas se hacen trascendentes cuando las rodeamos de recuerdos sobre nuestros propios sentimientos.

Ranthought - 20120817

Lo que le produce desesperanza y desánimo a muchos no es el gustarle (o no) a alguien -sin más- sino el ser correspondidos cuando alguien les gusta lo suficiente.

In doubt

Después del final del curso en el que no pude despedirme de A., me fui a la montaña. Acampé y soñé despierto, imaginé que hacía algo diferente entre tantas cosas que, creía, había hecho mal (incluyendo los casos en los que simplemente no había hecho nada).

Me preguntaba si era posible que tomara la iniciativa e hiciera algo. Un algo aparte de regalar libros o galletas. Algo más. Sin la excusa del espacio en común ni la espera compartida. Sin las coincidencias casuales o las sonrisas tímidas.

Hacía cumbre en un nevado mientras pensaba que era más fácil estar a cinco mil metros de altura si lo comparaba con arriesgarme a intentar algo con A.

***

Algo que me ha resultado curioso es el comportamiento del cerebro frente a un patrón. Mientras no lo reconoce y lo extrae del panorama, permanece oculto a la observación consciente. Una vez lo sabemos allí, lo vemos una y otra vez sobre nuevos panoramas, sin importar lo difícil que pueda parecer. Eso ayudó a que cruzara miradas y sonrisas con A. cada vez que nos veíamos en medio de alguna multitud que deambulaba, presurosa en los pasillos, durante el cambio de clase. También hacía más pesada la culpa cuando ella, tal vez a propósito, se sentaba frente a mi cuando me veía leyendo y releyendo apuntes de cálculo multivariable; obviamente yo me daba cuenta demasiado tarde y planeaba todo para hacerlo mejor la siguiente semana cuando ella volviese a estar en el mismo lugar.

Los planes siempre fallaron porque algo no resultaba como lo esperaba y la incertidumbre me llenaba de temor, casi al borde del pánico. Mientras tanto, el hacer algo inesperado (que era lo único que podía salvar todo, pues no lo iba a hacer pensando en la culpa de los errores anteriores) era paralizante con tan sólo pensarlo.

Todo un semestre en el que no hice nada para desenredarme la cabeza o para resolver el coqueteo irresoluto. En el camino me llené de culpas y de remordimientos. Eso sumado a pobres resultados en el semestre, llevaron a una baja de autoestima que tardó mucho en resolverse. No sé si es la misma que existe ahora. No lo descarto.

Tomaría mucho, mucho más tiempo, el aprender a desenredarme rápido de estos sentimientos complicados.

Datsun

Recuerdo que normalmente estacionaba en el parqueadero de matemáticas, justo frente al edificio "viejo" de Ingeniería. Llegaba en su Datsun rojo, del que sacaba su morral lleno de papeles (normalmente eran talleres, exámenes y apuntes de las clases que había preparado).
Como solía llegar una media hora antes de comenzar la clase, podía uno encontrarlo sentado en la cafetería "del tinto cochino" pidiendo un tinto doble (que inicialmente creímos era café negro con pepsi, pero que, tras probarlo nosotros mismos en un parcial, nos comentó que era simplemente un café negro en porción doble). Y allí podía sentarse uno con él a hablar de cualquier cosa mientras llegaba la hora de ir al salón.

Siempre se le veía vívido y feliz. Llenaba el tablero con avidez. Lograba dar ejemplos claros para entender las complejas abstracciones que venían incluidas en el temario del curso. Sus pruebas eran duras y justas.

Era una persona feliz.

Mi exnovia me hizo saber en su momento que en los Andes lo apodaban la rata. Y que aún así, todos lo querían.

Frage

Quien hizo esa pregunta, seguro la formuló de forma inocente, tal vez pensando en su significado (o tal vez no). De cualquier forma, nunca fue consciente del efecto que produciría y de cómo, muchos años después, seguiría afectando la forma en la que veo la vida.

Estábamos sentados en el marco de una de las ventanas del edificio. Son cuadradas y tienen cerca de 1.80m de lado, así que había espacio suficiente. Él no era un amigo cercano e igual le confié un interés del que pocos sabían: la curiosidad por la historia del arte y la teoría estética, a lo que atinó a responder preguntando

¿Y cuándo piensa usar todo eso que ha aprendido?

Esta es la hora en la que aún no sé cómo responder a esa pregunta. Cinco o seis años después.

For sale

Él se levantaba cada día a la misma hora sin necesidad de usar despertador o la ayuda de alguien que viviese allí. Hace ya varios años vivía solo y dependía sólo de sí mismo para cualquier tarea, desde lo cotidiano hasta lo inusual.

Sin embargo, una mañana en particular se sintió de repente, dependiente de alguien, de algo ajeno a sí mismo. Era esa persona en el televisor.

Sentía que le gustaba esa mujer en los anuncios de televentas.

De repente, tenía ganas de comprar esa crema para reducir centímetros de abdomen, luego creía indispensable tener aquella máquina de afeitar recargable, más tarde hacía cuentas de lo económico que era aquel juego de ollas en acero inoxidable de última tecnología con fondo termodifusor de diseño ultramodernísimo.

Quería comprarlo todo, siempre y cuando fuese ella misma la que, parada detrás de aquella pequeña mesa, le entregara una a una sus compras. Sonriendo como la veía ahora, ochenta segundos por vez.

Le escribiría, preguntaría en el conmutador del canal por la mujer de las televentas. Seguro todos sabrían quién era ella. Era imposible que no supiesen. Quería saber su nombre. Ansiaba poder repetirlo en su cabeza mientras tomaba el café de cada mañana, escribirlo muy grande en el fondo de escritorio del ultraliviano portátil con pantalla de siete pulgadas y sistema operativo Android que ofreció ayer.

Aquella mujer le repetía a diario un número telefónico y sin embargo, le era imposible contactarla. Era un amor platónico frustrante por definición.

Essential

Este blog es mil veces más alfabravo que todos los recuerdos y prejuicios que ustedes tienen de él.

No sé qué proyección de alfabravo existe en ustedes y francamente es mejor no saberlo. Apenas con visos y destellos, sólo produce tristeza.

Nací pa vivir encerrado en el monte a lo Henry David Thoreau, supongo.

Choke

Es desesperante escuchar a alguien que habla y habla sin parar, casi al punto del ahogo, resulta angustiante, desesperante.

Sobre todo si intenta venderte algo.

Slayer

# skill -TERM -u alfabravoteam

#slay(1) alfabravoteam

Your session has been terminated!

Release

¿Cuál es la diferencia entre obstinación y persistencia?
¿Dónde se marca la línea del punto en el que no vale la pena seguir?

¿Qué se hace cuando se tiene claro que lo que sea que haya hecho que deje de soñar, es lo mismo que hizo que dejara de amar a alguien?

¿Qué se hace cuando se pierde el rumbo por completo?

Ideas vs. diapositivas


Se busca una aproximación al conocimiento, siguiendo cual rebaño la metáfora de la luz, buscando proyectarlo en alumnos, en seres carentes de luz, seres ajenos a nuestra visión del mundo... conocimiento para la gente. Sin embargo, quien ilumina procura dejar siempre su sombra, como firma indeleble de su maligna intercesión, bien sea por acción u omisión -cosa que viene a ser lo mismo-, viviendo como una negación en la memoria de quien le vio, como espectro, mientras trataba de seguir la luz con entusiasmo y disciplina.
El intento de hacer a las ideas perennes se convierte en un obstáculo a los sentidos, al espejo que cada uno de nosotros conserva en su interior para poder, haciendo caso a Marco Aurelio, afectarse por su impresión del mundo.
* * *

En el mundo actual se cultiva el miedo a la soledad, a la no-humanidad del ambiente inmediato a nosotros. Oír una voz o sentir una mirada sobre sí se hace necesario, indispensable, así provengan de alguien que nunca se sentará a nuestra mesa. Ese alguien que te habla y te cuenta sobre un mundo, no sabe que existes pero anhela que existan miles como tú: con oídos despiertos y su ser dispuesto a oír, a dejarse contar.
Es extraño esperar encontrar a alguien, porque usualmente se busca a alguien que ya se conoce de alguna forma, así sea como expectativa.

* * *

Así, esperamos que nuestro entorno venga a nosotros, como un extraño regreso a la niñez en la que el mundo existía como un carrusel inmenso, lleno de patrones, presente ante nuestros ojos como complemento y no como justificación de nuestra existencia.

Nonce

Guardo papeles y tiquetes confiando en que me servirán para recordar que todo aquello no fue sólo un sueño.

G-nope

Gnome no logra dejar de ser un asco desde que decidió crear la versión 3 y botar a la basura cualquier idea de usabilidad. Veo que todo si...