febrero 20, 2026

Motivation

Lo que mueve a la gente a hacer cosas.

Hace ya unos meses vi un video de un periodista colombiano contando sus anécdotas. Fue muy raro verlo mientras hablaba de su trabajo durante el terremoto de 1999: lo relataba en términos de lo bueno que era tener ese desafío de ir a cubrirlo y hacer reportajes en vivo. Casi que se le salían los ojos al contar lo que significó para él, lo bueno que él era para caminar sobre los escombros y sacarle declaraciones a la gente que buscaba a sus familiares o ayudaba a sus vecinos, abstrayendo el quehacer periodístico de la absoluta tragedia que implicaba esa noticia. Como si el quehacer sucediese en el vacío. Claro, ajá, muertos y destrucción por doquier, pero qué emocionante ir y subirse en el helicóptero y andar y reportar y demostrarle a su jefe lo buen periodista que él era. 

(Y ya no encuentro el video, desafortunadamente, porque youtube está lleno de videos sobre su periodismo sensacionalista y efectista. Les tocó creerme) 

Se siente un poco como si James Joyce llegara un día y nos dijera Sí, escribí Ulises porque soy TAAAN BUEENO para escribir que, pues, escribo. Leerlo, eso ya no es problema mío sino de ustedes, porque lo mío es escribir. El mundo me chupa un huevo (o alguna expresión equivalente en gaélico).

Ajá, sólo llegué hasta la página treinta y cinco del Ulises. Joyce me chupa LOS DOS huevos. 

En fin. Ese camino del periodista se percibe amoral, en el que se desliga un oficio de sus consecuencias en el mundo, muy parecido a lo que nos quieren contar en las películas de guerra, de los soldados que se van al frente y están emocionados porque por fin van a matar gente y no es un entrenamiento. Siendo que, en realidad, eso se mantiene atado (porque existe en una sociedad) y el resto del mundo así lo ve (¡y los protagonistas lo saben!). Si el periodista le dice "muerte... ¡destrucción!" a la gente que ve el televisor (así lo hizo Yamid Amat en tono de canción de metal mientras un helicóptero sobrevolaba los incendios y los derrumbes), pues uno lo que está haciendo es presumir de habilidades y capacidades (técnicas, narrativas, etc.) y no está enfocado en lo que su quehacer le demanda. ¿Qué demanda el quehacer de periodista? Yo no lo sé, pero entiendo que hay y ha habido gente muy inteligente y sabia que ha educado a estudiantes de periodismo en eso y, hasta donde me he enterado, no pasa por ser unos verracos para hablar mierda en vivo por seis horas y ser absolutamente neutrales frente a la realidad. O algo así.

Aunque en esos sitios de noticias tradicionales, lo que no hay es neutralidad. 

Y algo así se siente que pasa con los ingenieros. Sobre todo con los que llegan a trabajar en estas grandes, grandísimas empresas que dominan el panorama tecnológico. Comentan lo bueno que es que pase equis cosa en el mundo, porque así pueden recoger más datos y mejorar sus modelos. Esa cosa equis puede implicar la muerte y el sufrimiento de miles, pero les sirve porque pueden modelar mejor algún patrón de comportamiento, que seguro es redituable en algún lugar del norte global (diga usted, palestinos huyendo de las bombas como fuente de datos para venderle modelos de atención y comportamiento al NHS británico... una cosa así vi por ahí). Una absoluta falta de empatía con otras personas y una abstracción absoluta de su quehacer, como si ocurriese en el vacío y su amor por el desafío técnico dejara atrás la posibilidad de cuestionar los medios para ese fin. Es que yo sólo escribo código y muevo tareas en Jira. Un corazón completamente desconectado de todo lo que no es su rutina entre el daily meeting, los sprints, los bonos de desempeño y las vacaciones pagas. Y tal vez, algún pull request enviado a algún proyecto de software libre porque les gusta aportar a la sociedad.

Cualquier resultado de cada quehacer en el mundo tiene como receptor a una persona. Y no sólo eso: el camino para llegar al resultado está lleno de personas. Nada se crea en medio del éter; incluso los LLM y su maremágnum de resultados están rodeados de humanos, de agentes que corrigen el rumbo de los Waymo desde el otro lado del mundo, de gente que ajusta el entrenamiento para que el resultado sea más facho o para que el resultado de las pruebas suba el valor de las acciones. Todo quehacer es inherentemente humano, desde su concepción hasta su obtención (o hasta que un humano dice Por acá no era). Pero esta lamentable cohorte de colegas, narcisistas como pocos, creen que tienen la respuesta final a muchas cosas y quieren probarse hasta dónde quieren llegar hoy, como lo fueron aquellos que jugaron con la termodinámica hace ciento veinte años. 

El fin de la ciencia, decían.

Las respuestas desde la incertidumbre estadística fueron la bofetada que necesitaban para dejar de probar qué tanta espuma hacían al mear. Y es ahora la estadística aplicada la que está en ese plan; habrá que ver contra qué piedra se tropiezan los idiotas esta vez. Ojalá sea pronto.

Llevo un tiempo preguntándome si quedaban periodistas que no fueran en realidad influenciadores o comunicadores sociales de los grandes conglomerados empresariales. Ha sido una grata sorpresa ver emerger más y más opciones a las que no les dé miedo o pereza ofrecer un espacio en el que no se digan verdades, sino que se haga algo más parecido a lo que había sido el periodismo en mis tiempos.

No confundir con los influenciadores que ya van en candidatura al congreso (para arrastrar votos de su público). Aunque, si me lo preguntan, ya no son muy diferentes a los que se autodenominan políticos y se dedicaban a... generar engagement. Vean no más a la Cabal, que ya se va del Congreso sin haber hecho jamás propuesta alguna de valor a la legislación colombiana. Tan parecida al recordado lustrabotas, siendo tan diferentes.

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