septiembre 30, 2012

Definición

IMG_1172 by alfabravo_team

Flores, a photo by alfabravo_team on Flickr.
capricho.
(Del it. capriccio).
1. m. Determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original.
2. m. Persona, animal o cosa que es objeto de tal determinación.
3. m. Obra de arte en que el ingenio o la fantasía rompen la observancia de las reglas.
4. m. Mús. Pieza compuesta de forma libre y fantasiosa.

(Tomado del Wikcionario)

septiembre 28, 2012

Chit chat

- Dele.
- Que no.
- Hágale pues. Ya qué, ya le toca.
- Nada, no me toca nada todavía porque no me estoy muriendo. No moleste.
- Mírela bien. Ahora mírese. Usted sí quiere.
- Que no. Bueno, sí, pero ese no es el punto.
- Ese es EL punto.
- Claro que no. El día que usted se quería botar de cabeza por el acantilado, no había ningún punto a discutir. Ni siquiera pa pensarlo.
- Era diferente. Es normal que yo piense en locuras. En usted eso se da para la muerte de un obispo.
- Locuras son locuras, suyas o mías. Y por eso se llaman locuras. Mera locancia.
- Juegue a ser yo. Por esta vez. Y yo me quedo callado como si fuera usted.
- Qué va, voy a tomar coacola fría para que le pase el raye. Tome, bien fría.
- Naah, el que anda con calentura y nervios es usted. A mí no me eche la culpa. Y tampoco me eche coacola que esa mierda es muy fea.

***

- Oiga
- ¿Qué?
- Vea para allá.
- Uy!
- ¿Ya se rayó otra vez? Bien. Ahora sí, dele.
- Que no.
- Haga algo.
- ¿Qué quiere que haga?
- Algo, manito. Antójese de ese cuello que se ve debajo de ese pelo.
- Sí, el pelito bonito. Eso es cierto. Y el cuello tiernito. ¿Pero con qué jugamos primero, con el pelo o con el cuello?
- Vea. Pues pruebe uno y luego el otro.
- Bueno, pero elija uno. Colabore. Ya que está tan interesado, opine.
- A mí me da igual. Usted es el que se raya por esas cosas. Vea a ver qué es lo que más le gustaría a usted y hágalo.
- Las dos cosas serían buenas. Todo depende de lo que uno espera que pase después.
- Haga de cuenta que no va a pasar nada y hágalo. Ya. Resuelto el problema.
- No sé...
- Ah, no joda. ¿Otra vez?

***

- Y bueno, ¿ya decidió no hacer nada?
- No decidí nada. Eso es lo malo.
- Pero vea que es porque quiere. No lo desanima el tiempo o la distancia. Seis mil millas después, lo complican sus propios pensamientos. Ni siquiera es mi culpa esta vez.
- Usted se atraviesa feo a veces pero hoy está como calmado. ¿Qué tiene?
- Es raro, pero verlo contento me pone contento a mí también. No sabía que eso pasaba. Y pues, está como buena la sensación.
- ¿Le parece? A mí me parece que estamos igual que siempre.
- Véase. ¿No le parece que está diferente a otras veces? Desde acá lo veo diferente.
- ¿Mejor?
- Sí, mejor. A mí me gusta verlo así, ya le dije.
- Bueno, chévere. ¿Podemos hacer algo pa estar aún mejor? ¿Se le ocurre algo?
- Ya le dije lo que se me ocurre. Es lo único que se me ocurre. De hecho, no se me ocurre nada más por mucho que lo pienso.
- Pero eso está complicado.
- Es. Muy. Simple. No comience a darle vueltas que termina mareado.
- Mareado quedé ayer.
- Hágale.
- Bueno, hagamos alguna bobada. Como para llamar la atención...

***
- Ya, ya hice algo.
- No, hombre. Eso no cuenta.
- Claro que sí. Tiene manos bonitas.
- Aahhh, perezoso.
- Nonono, cual perezoso. Si yo quiero jugar.
- Oiga, ese lado suyo que se la pasa consintiendo y jugando lo tiene jodido.
- Déjeme. Usted sabe que siempre elijo jugar porque así conoce uno más fácil.
- Envidioso. Se la pasa conociendo para guardarse todo usted solito.
- Para nada. Consentir y jugar implican dar algo a cambio.
- Igual, siempre termina guardándose cosas. yunouguataimin.
- Pero eso sólo me afecta a mí.
- No crea. Como mínimo, me deja a mí también adolorido. Camine pues, después hablamos.

septiembre 26, 2012

Mesa preferencial

Coticen el amor como commodity. Eso fijo, fijo da mucha plata. Más que los energéticos.

Con ese se especula muy fácil. Es más volátil que el petróleo. El retorno puede ser altísimo. Se puede transar rápidamente.

septiembre 24, 2012

Pennies and cents

Mientras estuve en el colegio, vi a otros vender artículos varios para ganar algo de dinero. Pitillos rellenos de gelatina, gomitas ácidas con forma de gusano, dulces y galletas. En los últimos años la sofisticación llegaba a disponer de emparedados con gaseosa en lata (fría, claro), repollas y papas fritas en paquete, en cualquier clase del día.
Otros vendían su habilidad para realizar algunos de los trabajos más dispendiosos. Planchas de dibujo técnico, ensayos de literatura, mapas orográficos. Todo aquello en lo que la pereza solía vencer a la paciencia.

Yo gané dinero con mi ñoñez, claro. El día del idioma era divertido porque era seguro que ganaba dinero cortesía del amigo Andrés (Hurtado) y del Cablecito (el hijo de El Cable, venerable periódico escolar). Varias veces me ofrecieron dinero para sentarme junto a la puerta de algún salón y responder el examen de algún infeliz. Siempre rechacé la oferta y por eso me tenían por un hijueputa arrogante.

Después de mostrar habilidad para el origami (sí, hice jirafas y elefantes, papá noel y reyes magos) y con los morracos en plastilina (sí, también aprendí a hacer jirafas y elefantes, ardillas y cocodrilos con plastilina), volví a ganar dinero con la ñoñez cuando el amigo Andrés me dió la tarea de enseñar ortografía a un perfecto desconocido, a quien yo había visto con cara de sufrimiento un par de veces mientras deambulaba por el colegio.
Resultó ser uno de aquellos vagos despreciables que ahora sufría porque no era capaz de transcribir decentemente alguno de los dictados que Andrés (Hurtado) solía hacer mientras leía las páginas de El País de Cali. O de El Espectador. Recitando pasajes completos de La Vorágine sin titubear. Porque podían graduarse sin saber qué era un histograma o cuál era el símbolo químico del Cesio, pero jamás lo harían sin ortografía aceptable.

Era mayor que yo y lo aparentaba con creces. Y aun cuando pudo mostrarse arrogante o descreído, desde el momento que lo saludé respondió siempre con humildad y dispuesto a escuchar todo lo que yo, ya flaco y poco emotivo, tuviese para decir. Andrés (Hurtado) me instruyó desde el principio, en claro modo imperativo, sobre cuánto cobrarle por hora de instrucción. Durante una semana, me quedé después de clases hasta el final de la tarde, guiando al pobre muchacho mientras yo mismo suponía que era capaz de dibujar en alguna parte una línea clara que pudiésemos seguir a modo de clase.

Al final de la semana, nos despedimos y él se veía con mucha más confianza, como si con todo lo que practicó y preguntó ya estuviera listo para enfrentar cualquier cosa en el mundo. O algo así. Nunca lo volví a ver y sólo supe de su suerte cuando le pregunté a Andrés (Hurtado), tres semanas después, por el resultado del examen. -Sí, pasó-, respondió escuetamente.

Creo que Andrés (Hurtado) insistió tanto en que le cobrara por la ayuda porque sospechó siempre que lo habría hecho gratis.

septiembre 23, 2012

septiembre 21, 2012

Ansteigen

Llego a la fila para comprar el pasaje. Al otro lado de la entrada están una mujer y un hombre joven, cerca de los treinta años, que hablan en voz baja. Miro hacia la fila y luego, al voltear a mirar de nuevo, veo al joven acercarse, con determinación pero rehuyendo las miradas de otros.

Me pregunta si puedo ayudarle con algo. La mujer con la que hablaba mira de lejos con curiosidad. Le respondo preguntándole en qué puedo ayudarle, me comenta que necesita ayuda con dinero para el pasaje. Miro de nuevo a la mujer y luego le digo a él que puedo comprar el pasaje junto con el mío. Me aclara que el de él es especial, pues debe incluir el pasaje a un municipio cercano.

Compro los tres pasajes, dos míos para ir y volver, uno para él que va de regreso a casa. Me agradece con cara de timidez y sudor en la frente. Salió más tímido que yo. Pasamos el torniquete y cada uno va a una fila diferente para esperar.

Una vez entramos, se acerca nuevamente y me agradece con expresión de nerviosismo y sinceridad. Se presenta, con lo que llego a saber que se llama Juan Fernando. Me comenta que entró a trabajar hace tan sólo dos semanas en una fábrica muy conocida, hace sólo quince días, por lo que se esfuerza yendo incluso en domingos como hoy. Se vale de amigos y vecinos buscando conseguir el dinero que necesita para ir y volver, esperando que llegue el primer pago. Tiene tres hijos y, tras varios meses desempleado, no quiere dejar escapar la oportunidad de contar con un ingreso seguro que le permita cuidar de ellos.
Me ofrece anotar su número telefónico por si alguna vez llego a necesitar dónde quedarme o simplemente ayuda de un nuevo amigo. Por primera vez, la timidez da paso a una cara que refleja alegría. Me agradece de nuevo y me colma de bendiciones.

Me pregunta de dónde soy. Aclara luego que cree que soy español por el acento raro, que no parece de bogotano. Comenta luego, nuevamente con timidez, que es extraño que yo sea tan amable sabiendo que normalmente -con todo respeto-, los que viven en Bogotá suelen ser acelerados, serios y poco amables. No me esfuerzo en afirmar algo diferente, pues el lugar común no está muy lejos de lo que describe.

Me dice que me ve muy solo y pregunta si no tengo a alguien con quién pasar el tiempo. Suben dos mujeres jóvenes y él sonríe al decirme que mire, vea cómo hay muchas mujeres por ahí para conocer. Me pregunta por qué no las miro de arriba a abajo y de abajo a arriba. Que si soy cristiano o algo. Relajado, relajado, ya las vi cuando entraron.

Me ofrece un consejo. Debo tener cuidado con las mujeres que andan por ahí en los barrios. Es mejor salir con las que van a las oficinas a trabajar, pues suelen ser personas amables y juiciosas. Esta ciudad es un buen lugar para salir con alguien; hay muchas personas para conocer. No es bueno que usted ande tan solo por ahí.

Le agradezco el consejo mientras llegamos a la parada. Sonrío, me despido y me bajo. Mientras salgo de la estación, pienso en todo lo que acaba de pasar.

Hice la buena obra del día, pude ayudar a alguien que lo necesitaba. A cambio, recibí gratitud sincera e inesperadas palabras de consuelo cuando no las andaba buscando. Es sin duda un trato justo.

septiembre 20, 2012

Improve

Eran otros tiempos. Cuando yo comencé el primer semestre en la universidad, no existían las memorias con puerto USB y todos los programas en C++ se cargaban en cajas de diskettes floppy de tres y media pulgadas. Se cargaban varios discos en la misma caja y se copiaban los archivos en dos o tres de ellos por si alguno de los discos fallaba justo ese día.
Cuando se trataba de compartir programas, juegos, canciones y videos, lo que se hacía normalmente era sacar el disco duro de su sitio, empacarlo en una bolsa antiestática (yo usaba una capa adicional, una bolsa con burbujas) y llevarlo al computador del destinatario para conectarlo y copiar cosas de un lado a otro. Igual pasaba si alguien no tenía aún unidad de CD con opción de escritura, valiéndose entonces de algún buen amigo que le dejara conectar el disco y quemar datos durante toda la tarde.
La primera memoria USB recién la tuve en 2004. Permitía cargar 128MB de información ocupando el espacio de un llavero y, siendo una memoria Flash, era varias veces más confiable que un disco magnético estándar. Como en aquel entonces ya trabajaba en proyectos varios de la universidad, la memoria no daba abasto para las imágenes de CD que descargaba a sorprendentes 18Mbps (¿o eran catorce?) durante las noches y los domingos en la mañana (sí, tenía que ir todos los días, pero ese es material de otro post). Por ello, seguíamos cargando torres y discos hasta los últimos semestres en los que los computadores portátiles y los discos duros externos se hicieron asequibles y populares.

Entre esos dos extremos de la historia, recuerdo que llegaron noticias lejanas de los ZIP discs, discos con capacidad de 120MB que nunca vi o llegué a usar; me crucé alguna vez con un dueño de un reproductor de minidisc al que vi apenas como un nostálgico que se rehusaba a dejar morir una tecnología intermedia y de éxito discutible. Siempre había pequeños intentos antes de cada gran innovación.

Todo ese tiempo, el almacenamiento físico era importante porque la conexión más rápida (sin abusar del canal de la universidad) era la conexión de TvCable a 64 kbps (luego subiría a 128kbps) que en la práctica, daban para subir un archivo a 8kbps (toda conexión residencial es asimétrica por aquello del uso habitual) y tardar horas en dejar un archivo en algún lugar de lo que ahora llaman La Nube. Los correos electrónicos no pasaban de 10MB de capacidad y la versión beta de GMail (con lista de espera e invitación) recién salió en ese mismo 2004 en el que tuve la primera memoria USB. Era un correo electrónico con 1GB de espacio disponible para guardar, literalmente, todo lo que llegara. A veces, cuando me da nostalgia, doy clic en el vínculo que me lleva a los primeros correos recibidos, llenos de scripts y esquemas de base de datos para los proyectos en los que trabajaba.
Era la solución perfecta a la nostalgia, que atacaba cuando los correos habituales se llenaban y obligaban a guardar correos en el formato que fuera posible, aún en texto plano. GMail se volvió una versión digital de la cajita en la que se guardan todas las maricaditas que le traen a uno recuerdos.

septiembre 19, 2012

Redirigir

Sigo sin poder dejar comentarios en el blog de Sergio. La última, hoy, es encontrar un mensaje como este al hacer clic en el botón "Enviar"

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Wordpress se está buscando una muerte muy chimba, parce.

Update: El comentario sí se guardó pero falló al mostrar de nuevo el blog. Como el día que le mandé una postal electrónica cursi a A. y falló al mostrarme el mensaje de éxito. Sé que le llegó tres veces la notificación.

septiembre 18, 2012

Welding

Una de varias rarezas relativas en mi infancia y adolescencia estuvo en no haberme quebrado un hueso a pesar de estar en un colegio masculino en el que algunos llevaron como juguete en primer grado, unos guantes de boxeo. Jugábamos a diario sobre patios de asfalto, corríamos de arriba a abajo por las escaleras entre los cuatro niveles, sobre pisos de baldosas antiquísimas recubiertas por alguna clase de protector transparente que resultaba poco amable en días lluviosos.
Todo se prestaba para romperse la crisma y sin embargo, salí indemne más allá de rodillas sangrantes, una nariz sangrante y varios pantalones rotos.

Sólo fue hasta bien entrado en la veintena de años que terminé quebrándome algo. No fue jugando fútbol en una de las descuidadas canchas de la universidad, ni caminando por alguna montaña como nos enseñó el amigo Andrés. No. Fue caminando por la calle que tropecé torpemente y me apoyé en la mano izquierda, girando alrededor del dedo pulgar y sobreextendiéndolo. El tendón le ganó el pulso al hueso y un pequeño trozo salió de su lugar. Como nunca me había pasado algo semejante, al ver el dedo hincharse y sentir un leve dolor punzante creí que sólo era un esguince y que sanaría en un par de semanas. Cuando pasó una semana y la hinchazón no cedía, acudí a una cita de control que terminó en urgencias de una clínica, un viernes en la noche. Compartí espacio con un paisa en sus treintas, adolorido y magullado, que se había caído de su moto viajando hacia Villavicencio. Él llamaba a sus amigos para contarles y quejarse de sus costillas ome, mientras yo veía con curiosidad las radiografías en las que se dibujaba un escalón perfecto en la falange del pulgar. Escalón que casi garantiza cirugía pero que, como era viernes en la noche, no tenía ortopedista cerca que lo evaluara y me dejó ir a casa con una férula en yeso hasta la semana siguiente.

El pequeño fragmento se disolvió, maravillas de la naturaleza, y el dedo volvió a funcionar tras un mes de para, envuelto en aquella férula de yeso y sin cirugía. La fisioterapia fue intensa, combinando mañanas de parafina y ultrasonido con tardes de Pro Evolution Soccer en PS2. La falange traqueaba en cada enganche con el jugador favorito del videojuego y se cansaba rápidamente al punto del dolor. Lo más aterrador sucedió en la primera noche de libertad, en la que vi que era incapaz de sostener una hoja de papel. Se.me.ca.yó.la.ho.ja. Ahí viví lo que leía en los libros de anatomía sobre el desuso de los músculos, cual astronauta en órbita, y la pérdida de tono muscular. Qué bonito es ver cómo lo que dicen los libros es cierto.

Si quieren ver hasta dónde es indispensable su dedo pulgar, intenten usar cuchillo y tenedor o abrir un paquete de papas fritas sin usar uno de los pulgares. Si se sienten hábiles, inténtenlo con un tubito de Sparkies de los que traen los dulces en línea. O con una menta de esas que vienen en empaque individual sellado.

En el fondo es una lección de humildad. Aprender a dejar que los demás le ayuden a uno. Así sea porque hay presión social creando algún tipo de deber moral.

septiembre 17, 2012

Rizos

Por más que me siento a ver fotografías, a leer cuadernos y cartas, sólo he podido recobrar tres recuerdos de mi hermano. El primero es tal vez el más lejano. Estamos almorzando aún en el primer apartamento que recuerdo. Todos a la mesa, yo estaba en medio de algún berrinche o gruñido por la comida, mi hermano sentado a la cabecera de la mesa diciéndole a todos que no me consintieran tanto y que yo debía comer sin chistar. Que para eso ya estaba grande. Como siempre, es un recuerdo que bordea los cuatro años.

El segundo, del día en el que nos pasamos a vivir muy al norte de la ciudad. Esa misma tarde, cargó mi triciclo rojo y me llevó a dar algunas vueltas por el parque. Estaba ya oscuro, eran algo más de las seis de la tarde. Estuvimos una media hora en la que me divertí dando vueltas entre los juegos y los árboles. No recuerdo si él mismo llevó el triciclo de regreso o lo llevé yo mismo dando la vuelta alrededor del estacionamiento y los bloques más alejados.

El tercero y último, ya en el apartamento nuevo, es otro almuerzo. Él había llegado de la universidad y almorzaba con algo de prisa. En esas, dejó caer mi plato de sopa (él quería comer poco porque iba de afán) y yo fui a quejarme con mamá porque ahora mi vajilla estaba incompleta. Creo que prometieron reponerlo, aunque seguro sería difícil pues tenía un enorme dibujo en el fondo de un niño a-la-huckleberry-finn, con un pato en la mano, riendo, frente a un letrero rústico que decía "vedado de caza".

Sé que papá me alzó en brazos para que pudiera ver el cadaver de mi hermano en la misa de exequias. Fue en la capilla de la universidad en la que él estudiaba, un templo voluminoso y extrañamente oscuro. Sin embargo, no recuerdo lo que vi en ese momento y la memoria da un salto a una tarde fría, sentado junto a la carpa que cubría el foso. No recuerdo a nadie salvo a mi hermana, sentada cerca, llorando.

Aún conservo un pocillo y un plato de mi vajilla incompleta. Uso el plato cuando quiero comer poco y voy de afán.

septiembre 13, 2012

Wiedervereinigung*

Mi mamá me dice que lo primero que me oyó leer en voz alta fue una guía turística de Colombia que estaba por ahí. Un libro alargado, medio negrito, delgado y aburrido. En los días tristes llego a pensar que era premonición de cómo sería yo en el futuro lejano. Pero bueno, yo tenía la biblioteca de la casa para practicar. Ser el menor de tres hermanos garantizaba que tuviéramos muchos libros de texto, novelas colombianas de Soto Aparicio y Carrasquilla, una edición bonita de Pedro Páramo y todo eso que les gusta poner a leer en los colegios de por acá. Con la diferencia que mis libros ya olían a biblioteca y eran especiales, no tenían los colores horrendos de las ediciones de Panamericana.

Cuando era lo suficientemente pequeño para que mi hermana creyera que no sabía inglés, me gustaba que nos sentáramos en algún lugar de la casa y me tradujera la historia de Amelia Earhart que estaba en algún libro de texto de Inglés. Uno con una portada en la que aparecían dos piés cruzados sobre un prado muy verde, con unos tennis de hipster. En los trasteos de hace unos años sé que vi ese libro y logré desligarme de él, como si diera por superado algo.

Había muchas enciclopedias, algunas en las que todavía existía la Unión Soviética y Franco continuaba controlando los destinos de los chapetones. Libros que una y otra vez me ahorraban la tediosa tarea de ir a alguna biblioteca porque no encontraba las partes de la célula, los alcanos con los alifáticos y aromáticos, el músculo sartorio o el cuádriceps, las revoluciones de 1820 en Europa, lo que le dio por escribir a San Agustín. Todo lo encontraba en mi biblioteca cuando no había Internet. To-do. Libros de Lenin (que escribía con las patas) a los que luego añadí un par (por obligación, tocó leerlo en el colegio), biografías hasta de Mussolini, libros de Electricidad, libros buenísimos de Anatomía que mi hermana había pedido prestados y terminamos adoptando, libros de cuentos con expresiones chapetonas, un diccionario de inglés que parecía edición ilustrada de Ulises comparado con el pequeño diccionario amarillo de la Chicago University, libros de cuentos infantiles de diferentes partes del mundo, libros de mapas que recorrí página a página. Ya me acordé de ese libro de Julio Verne, Un capitán de Quince años, que leí como cinco o seis veces y que me tuvo a poco de querer salir a explorar África. Luego miraba las enciclopedias y nada, ya todo estaba explorado y no tenía gracia cruzarse un continente.
En 1999 me leí el Cuento de la Isla Desconocida y volví a creer que descubría un lugar maravilloso y era famoso. Pero después le regalé el cuentico a una infeliz y me quedé sin Isla Desconocida y sin fama.

Le he añadido cosas chéveres a esa biblioteca. Libros de Tintín, pero no muchos porque no me gusta tanto para gastarle mucha plata. Libros de historia y economía colombiana. La Ilíada, porque qué berracos para insultarse con estilo. El libro más bonito del mundo entero, que es un Taschen de Monet en oferta a cinco dólares pero vale millones porque me lo trajo mi mejor amigo de NYC después de verme cómo había llorado de la emoción el día que vi seis cuadros de Monet juntos. ¿O eran siete?
También llegaron libros de texto que cuidé con esmero, hasta aprendí a forrarlos para que no les pasara nada (por eso odio al hijueputa que me rayó el libro de sociales de sexto; le pintó los nombres a los dioses griegos del último capítulo). Y tras ellos, los libros de física y cálculo. Porque los de ingeniería los pedí prestados, los leí en .pdf o .chm.

En el último trasteo decidimos regalar muchos libros. Todos los libros de texto de mis hermanos que mi mamá cuidó tanto, mis libros de texto que seguro le servían a alguien. Copias repetidas de novelas malas. Enciclopedias que ya nadie consultaba. Muchas biblias, varias de ellas protestantes que aún no sabemos cómo llegaron pero que fueron rechazadas tajantemente por el profesor de religión de turno. Hasta me preguntaron si en mi casa eran evangélicos. Faltaba más, mi mamá es una mujer piadosa que va a misa y me hace ir a mí. Tan es así que vea, mi catecismo no es el de Astete sino el más caro y moderno porque quiero aprender mucho, hermano. Y aprendí. Por eso mismo me salí de las misas y la compasión. Mi mamá reza por los dos, igual.

Cada vez que la biblioteca de Ingeniería en la universidad necesitaba liberar espacio, feriaba libros y revistas para que los ñoños más caprichosos se llevaran a su casa lo que quisieran. Yo me hice a una revista de guías de ruta alemana que casualmente era anterior a la caída del muro de Berlín, por lo que se podía ver en detalle cómo se pasaba por un territorio commie antes de llegar a la capital. También encontré un libro de arquitectura (esas cosas que algún día quise estudiar pero que vi como mero capricho) donde mostraban cómo se habían hecho las torres gemelas. Claro, para chicanearle a los nietos.

El día que la exnovia compró Kindle, me pregunté qué sería de todos mis libros, que he estado cargando de casa en casa y de mueble en mueble por tantos años. ¿Será que ahora sí compro los libros de ingeniería y las novelas caras? Además, 3G en todo el mundo para cuando vaya a conocer el mundo.
Hace tres semanas encontré una versión en papel de Catch-22, en inglés, y volví a olvidarme del Kindle. Además, no hace mucho me encontré cincuenta mil pesos en un libro que leí hace un año, eso no me va a pasar con un Kindle jamás.

* La reunificación (alemana). De esas palabras que juré no olvidar y que no dejaría de repetir al encontrar el libro de rutas en la Alemania Federal.

Cold

La relación con la exnovia siempre ha sido peculiar. Incluso cuando comenzó a ser la novia, ya en aquel entonces el contexto y las condiciones hacían de todo algo muy extraño. Visto con incredulidad o extrañeza por la gente alrededor. grandes riesgos, problemas apenas evidentes, dificultades que se veían insalvables. E igual seguimos juntos porque había confianza. Y fue duradero, contra todo pronóstico.

Hoy en día los comentarios son similares. Que con la exnovia no se habla, que si no se olvida es porque  no se ha terminado del todo la cosa. O es que todavía te gusta, es que vas a volver con ella. Y así, todos dejan su preocupación particular sobre lo conveniente que pueda ser el seguir interactuando con la exnovia. Un pecado capital a los ojos de la sabiduría popular, esa misma que le apacigua las penas al corazón roto rellenándolo con odio -a veces injustificado- como quien rellena con cemento fresco el andén resquebrajado para endurecerlo.

La soledad presente no ha dejado responder la pregunta que muchos hacen, el saber si seguir viéndose con la exnovia puede afectar el que me vea con alguien más. En parte, creería que no depende de mí sino de la confianza que tenga -y se tenga- quien salga conmigo (1) e igual es probable que tanto la exnovia como yo agrandemos la distancia para evitar herir susceptibilidades. Yo ya aprendí a convivir, en gran medida, con esta memoria que no deja ir nada y que me tiene de ida y vuelta entre el pasado vaporoso y el presente incierto y que por eso mismo, sabe que el presente tiene motivos y que recordar también garantiza el tener claro que así se está mejor.

Además, si sólo hay dos personas en todo el mundo que lo conocen a uno de verdad, ¿para qué desperdiciar la posibilidad de compartir con ella si no le nace a uno odiarla?

(1) Ya de por sí soy difícil de llevar y eso. Qué más da.

septiembre 12, 2012

42

¿Y si la máquina que describen en la Guía del Autoestopista Galáctico era en realidad, una máquina generadora de números aleatorios criptográficamente muy fuerte?


Courthouse

Rompí el trato al no cumplir las condiciones pactadas.

Porque el desconocimiento de las normas no justifica su incumplimiento.

septiembre 11, 2012

Triple word bonus

Freddo estaba allí, parado junto a las entrañas hirvientes del Monte Destino que rugía hambriento. Había superado ya las más crueles pruebas junto a su fiel compañero Simón, cruzando medio mundo para llegar allí con su pesada carga.

Eran todos los tableros de Scrabble del mundo. Con llamativos empaques y descripciones emocionantes en todos los idiomas del mundo (o al menos en todos los que se han llegado a conocer). Ediciones de lujo con fichas en marfil y grabados en pinturas con polvo de oro, ediciones de bolsillo con tableros magnéticos, ediciones piratas mal copiadas en las que los bonos de triple valor de palabra estaban desplazados dos casillas hacia el centro, versiones en cirílico con bellos tallados en madera de las letras escarlatas. Era el cargamento con todas las palabras existentes en el mundo conocido, todo aquello que se podría decir alguna vez o que se había dicho en algún momento de la historia. Incluso estas mismas palabras.

Simón miró entonces a Freddo con firmeza y le dijo: -Ha llegado el momento, amigo Freddo. Debemos destruir todas las palabras del mundo, contenidas en este gran saco, para librarnos de una buena vez de todo aquello que no ha debido decirse jamás.-

- ¿Estás seguro que hacemos lo correcto?

- No y creo que nunca llegaré a estarlo. Pero ya lo han dicho otros, esta tarea debe terminarse y este es el lugar-, respondió Simón bajando la mirada.

Ante la sinceridad con la que respondió su buen amigo, Freddo tomó un respiro profundo y empujó con decisión el pesado saco negro. Este se arrastró lentamente hasta que el piso bajo él terminó abruptamente y cayó hasta el fondo del precipicio. Se sumergió lentamente hasta desaparecer en la inmensa marea rojiza, brillante y vaporosa.

***

Los días pasaron, abrazados a los meses y los años. Ningún registro se hacía pues nada había para decir. Todos caminaban por allí cargando en su interior ese vacío que se siente cuando no hay palabras que expresen una idea. Con lo que no contaban Freddo, Simón y sus amigos era con que el Monte Destino haría erupción de forma esporádica, arrojando hacia la inmensidad del cielo letras de diferentes colores y tamaños.

Porque lo que se ha dicho es perenne y sólo basta tener algo de suerte antes de encontrar frente a sí, las palabras correctas para dejar saber lo que se siente. Porque el Monte Destino había sido llamado antes Monte Imposible hasta que lo imposible se hizo real. Porque ni el Destino es capaz de borrar las palabras, aún arrojándolas a produndidades insonsables. Es así como este relato se hizo real, surgiendo del vacío del Destino.

Why go

E Ícaro enfermó de tétanos y murió a sus tres años por jugar con clavos, madera y parafina. Por ello, nadie hizo analogías tontas en los tres mil años subsiguientes.

Tremor

Sometimes, the feelings inside yourself stop making noises and choose to move underground, like a fire on a hidden coal mine. That often makes you stare at the window in your PC's desktop, the cursor blinking, and it just does not work. The feelings are not driving you this time.

Yet, you can't stop the daily exercise, that weak commitment with yourself. So you insist on writing something. Any vague idea that crosses your mind and goes slow enough to be seen. The doubt that remains in a dark spot, the certain fact covered in thorns, the flat fact that reveals no emotion. One of those should be good enough to write something about.

And the cursor keeps blinking. Travelling back and forth without moving a single pixel.

I guess this anguish is worthy enough to be written down this way alongside all the sentimental stuff. The fact I just write stuff while being driven by feelings keeps me a long way from the people with real skills on this matter. Those who write what they want to, the way they want to.

septiembre 10, 2012

Tiranía del lector 8: Santa fe

El Peugeot 306 avanzaba raudo sobre la fina grava. Era un día soleado y seco en el que el polvo tardaba horas en caer de nuevo al suelo, donde el sonido de cada roca chocando con su vecina parecía amplificarse.

-Cien.cinco.derecha, rocas al centro, cincuenta.tres.izquierda, recto.cientocincuenta, horquilla a izquierda, veinticinco.saltocorto-, canturreaba Alfabravo sin demostrar emoción alguna. Cruzaban aquel paraje pedregoso confiando en que la configuración elegida haría la diferencia con Grönholm, lograrían recuperar los ocho segundos de diferencia y con suerte, alcanzarían el primer lugar en la clasificación del rally de Turquía.

Kam guiaba su vehículo con presteza, no requería maniobras espectaculares y se limitaba a buscar un ritmo de marcha que, sincronizado con la lectura sin descanso del copiloto, les permitiría morder cada curva yendo de costado y atravesar cada recta. Lo conocía bien y entendía con facilidad cada movimiento, sonido y vibración. Era SU máquina. Un automóvil noble y poco demandante que hasta ese día siempre le había llevado a destino sin percances mayores. Agua cerca a las bujías en Suecia, un radiador roto en Australia al atropellar un koala, nunca demasiado cerca de volcar o salir ladera abajo en alguna curva.

Pasaron por los puntos de control previstos hasta que, de repente, se acabaron las notas del copiloto. Si no viajasen a más de cien kilómetros por hora a través de un camino rural, seguro se habrían mirado a los ojos para compartir la extrañeza ante lo inexplicable. Apenas ayer habían recorrido ese mismo tramo juntos para tomar notas y revisarlas. Las habían seguido hasta la última línea y ya deberían haber llegado al punto de llegada, pero avanzaban sin reparo y no encontraban rastro alguno de oficiales, espectadores o rivales.

Caía ya la tarde y el combustible era ya escaso. El tanque se había llenado con lo suficiente para la etapa y la ruta de conmutación hacia el siguiente punto de partida, nada más. Al caer la noche, buscaron la ayuda de algún granjero local y lograron recibir un par de galones de gasolina y unas cuantas frutas. Reiniciaron su marcha al despuntar el alba, revisando previamente que las llantas no estuviesen desgastadas en demasía. Nunca pensaron en dar media vuelta, su cabeza estaba programada para llevar aquel auto hacia adelante, siempre.

Hasta que lograron ver, en un cartel cubierto de óxido en los rebordes de los orificios dejados por las balas, un nombre que les dejó atónitos al borde del desmayo.

Beirut. Como el grupo musical con canciones suaves para el adulto contemporáneo que solían ser las preferidas de tanto hipster antes de hacerse populares. Habían llegado a Beirut, cientos de kilómetros de distancia cubiertos de forma impulsiva como respuesta a lo desconocido, confundidos por la noche y por no haber oído nunca un traqueteo de AK-47. Al preguntarse cómo salir de allí y llegar a algún lugar conocido, la respuesta era evidente: seguir avanzando. Así habían llegado, así habrían de salir. Eso era, finalmente, lo que mejor sabían hacer. Ese era su talento, lo más cercano a un arte que podían producir con sus manos y piés.

Porque el Alfabravo Racing Team sólo sabía avanzar. Sólo sabía mejorar para llegar más rápido a la meta.



Your days in one
This day undone
(The kind that breaks under)
All day at once
(for me, for you)
I'm just too young

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Yo quiero la historia de un corredor de Rally, que se pierde en el camino y termina en Beirut en época de guerra.
Kam

septiembre 09, 2012

Ranthought - 20120909

Todos tienen un momento para darle algo de valor al mundo. Como Will Ferrell y Stranger than fiction.
***
No importan las locuras que crean hacer. Todo se reduce a hacer precísamente eso.
No importa si le hacen caso al New Yorker o a Cosmopolitan. Todo se reduce a no guardarse las cosas.
No importa nada de todo eso que les dicen. Todo está en poder conocer.

septiembre 08, 2012

Leftover

En aquel semestre que recién comenzaba, llevaba cerca de una semana sin verla. No sabía nada de ella. Y sin embargo, la encontré en alguna cartelera de Registro. Anunciaban que A. se había ido y que había hecho reserva de cupo.

Se fue. Se fue y no hice nada.

Decidí no hacer las cosas y el resultado fue saber de ella por una cartelera con papeles grapados. Pude haber hecho cualquier cosa y decidí seguir la peor opción: temer hacer algo y quedarme con las palabras guardadas y los sentimientos atravesados.

Supongo que aprendí algo de todo eso. O tal vez no.

septiembre 06, 2012

Marchanta

Cuando era pequeño y tenía la suerte de estar en vacaciones del jardín infantil, solía acompañar a mamá cuando iba al mercado semanal. Era algún espacio vacío junto a la avenida donde se aparcaban camiones de estacas con sus carpas plásticas negras y verdes, apenas escondidos tras una hilera doble de toldos rojos y amarillos a rayas, en lo que pienso ahora y llego a suponer que habrán sido entregados por la alcaldía a modo de identificación.
Frutas variopintas, variedades de papa, hortalizas frescas, carnes rojas y pescados, todo llegaba a aquel lugar, el primero en el que reconocí la inmensa variedad de cosas para comer que se puede encontrar aquí. Ya a mis cuatro años (1) me intrigaba la forma como funcionaban las básculas que pendían aquí y allá, el por qué las personas hablaban de libras mientras que los tableros mostraban muy grandes los números que señalaban los kilogramos. Puto sistema imperial.

Cogollos de cosas, hojas, algo de sangre, jugos y alguna cabeza de pescado casual yacían usualmente en la escasa hierba rodeada de tierra gris. Recuerdo también que me gustaba mucho el que comenzara a llover poco antes de volver a casa, pues en aquel suelo polvoriento las gotas caían y formaban círculos perfectos de diferentes tamaños, haciendo un ruido breve, seco y amortiguado. Era un sonido único que en ocasiones se mezclaba con el olor que provenía del asfalto calentado por el sol y enfriado a la fuerza por el agua.

Era una experiencia única, lejana en el tiempo y la distancia de los asépticos supermercados que muchos frecuentamos ahora. El nuevo ministro de salud lo llamaría progreso sin dudarlo.



(1) ¿Cuatro años o un poco menos? No lo sé con certeza, sería buenísimo recordar cosas de 1986.

septiembre 04, 2012

Dual v2.0

¿Que lo que sirve para entristecerse y sentirse mal también sirve para darse ánimo e impulsarse?

Ah listo.

Building

Supe por alguno de mis tíos que el abuelo materno nació un 21 de abril de 1923. Fue en Chiquinquirá, creo, donde conoció a la mujer que lo acompañaría el resto de sus días, llegada ella de Soatá. Sé que tras algunos años, decidieron emigrar a Bogotá buscando vivir mejor. Él aprendió desde joven el oficio de maestro de obra, el cual dominó y enseñó a algunos de sus hijos. Ella siempre se dedicó a su hogar y a criar la descendencia creciente (habría de ayudar sin embargo, a buscar dinero en medio de la informalidad). Sé además por mis tardes viendo televisión con él que fue caddie, pues fue él quien me enseñó los detalles del golf que conoce el que ha recorrido el campo sin descanso.

El recuerdo que atesoro como pocos es el de un mediodía, en plenas vacaciones, en el que almorzamos juntos mis abuelos y yo. Él comenzó a contarme cómo había sido maestro de obra en la ciudad blanca de la Universidad Nacional, su trato con los ingenieros y las dificultades para cumplir con todo aquello que les pedían en la construcción, cómo entonces la exigencia era enorme (no como ahora, aclaraba), cómo era trabajar cada día allí. Mi abuela, animada por la historia, comentaba luego cómo preparaba el almuerzo cada día, tomaba el bus que atravesaba la ciudad universitaria y se lo llevaba a su esposo en la obra.

Mis primeros recuerdos me llevan a creer que vivieron por un tiempo en una pequeña casa del barrio Doce de Octubre (sin saber dónde vivían antes, hay muchos vacíos por los que recién ahora me aventuro a preguntar a los tíos). El abuelo tenía trabajo constante, el cual entregaba "a su entera satisfacción", tal y como lo indicaba en los recibos y contratos que escribía a mano para cada cliente. Fue sin embargo su afición a la bebida y a buscar bienestar en catres ajenos lo que le impidió escapar permanentemente de la pobreza. Cuando la visión y la fortaleza física de él comenzaron a flaquear, mis abuelos se vieron relegados a vivir de sus hijos y con sus hijos. Así, cambiaron de domicilio varias veces, siempre sujetos a las necesidades o caprichos de otros.

En sus últimos días, se mostró calmo como nunca antes, complacido con las cosas simples como poder ver a su familia reunida un domingo en la tarde. Llamarlos a todos y quedarse mirando, sonreir y volver a recostarse.

Mi abuelo murió hace un par de años años, apenas unos meses después de su hermano más cercano (y el último que sobrevivía junto a él). El relato del médico nos hizo saber cómo luchó con esa fortaleza física que por tanto tiempo estuvo ausente, evitando que enfermeros y enfermeras le fijaran de nuevo las sondas que lo mantenían con vida. No me jodan, les repitió una y otra vez. Y yo sólo me acordé de los indios que se arrojaban al vacío en Sutatausa, prefiriendo morir a estar cautivos contra su voluntad.

septiembre 03, 2012

Scenes

Yo siempre he buscado una explicación para las cosas que veo o descubro. Me preocupo por entender las causas de un fenómeno (por eso me gustó leer a Hume) y por descubrir el proceso que lleva a la construcción de algo. La ciencia me resulta natural, con el debate constante y la argumentación de una premisa (en el caso ideal, supongo).

Sin embargo, hay algunas cosas para las que no tengo explicación y para las cuales guardo algo entre el respeto y la reserva. Como el soñar y lo que allí se manifiesta.

Albergo un temor inexplicable por lo que sueño despierto, por esos innumerables escenarios que ideo mientras voy por ahí, creados a partir del pasado con culpas o del futuro deseable, imaginando los detalles y los resultados posibles; el gol improbable, la respuesta imposible, todo lo que se asociaría a eso que llaman suerte y que en últimas es una oportunidad nacida de un arrume de esfuerzo constante y prolongado. Todo lo que sueño pareciera que es borrado al instante de mis futuros posibles; de los infinitos Alfabravos que deambulan en el horizonte de sucesos, uno y otro parecen desvanecerse cuando los recreo allí en aquel espacio junto a la memoria.

Sueño despierto entonces, creyendo que nada de eso se hará realidad por más que lo desee. Sueño despierto porque me resigno a creerle a Breton al suponer que es el sueño lo más real para uno mismo, mientras que lo que llaman realidad se hace crudo y frío, torpe y sordo. Sueño despierto como rendición incondicional ante los imposibles, esos ochomiles infranqueables en la vida que despiertan pasiones al mismo ritmo que frustraciones.

Son esas ocasiones en las que no encuentro otra forma de crear recuerdos junto a alguien así sea por un instante y me digo de nuevo que me importa lo suficiente. Y sueño. Logro abstraerme por completo del mundo y sueño como si eso fuese lo único que necesitase para seguir vivo.

Y sigo vivo, aunque piense en ello y crea al final que sigo vivo a pesar de.


(Hasta aquí, 512 posts publicados. 2^9 ocasiones para contar una historia o para dejar salir algo de la belleza interior. Gracias por leer.)