noviembre 29, 2016

The last one

Ayer se murió el último futbolista en el mundo.

Aquellos con edad suficiente para recordar su historia echaron de menos sus regates y sus goles. Fue el último de una familia en la que todos dominaban el arte de golpear balones haciéndolos volar a su antojo en cualquier dirección, en trayectorias irreales tras ejecutar movimientos ahora irrepetibles. Gambetas elásticas que hacían suspirar a miles y que hacía a otros volver a casa de rodillas agradeciendo su suerte al ver justo esa jugada, ese día. Saltos interminables en los que volaban por horas antes de cabecear un balón lejos del alcance de sus rivales. Barridas fuertes y decididas que llegaban al balón un instante antes, justo a tiempo. El saludo entre rivales al final del partido, el abrazo y el reconocimiento al esfuerzo del otro. El saludo a quienes los iban a ver cada semana. La cerveza al salir del estadio, los colores y las canciones.

Hay todavía algunos balones exhibidos en varios museos, junto a armaduras samuráis y vasijas de barro. Los niños no corren ya tras una pelota y se ve lejana la magia de hacer rodar una usando sólo los piés. Los amigos tienen ya otras excusas para reunirse y compartir; los rivales tienen ya otras excusas para insultarse y golpear. Los estadios se han ido cayendo de viejos, solos y raídos, rodeados de estatuas de bronce y escalones colonizados por la maleza. Las personas decidieron no entretenerse más viendo qué más se podía hacer usando un balón inflado con aire y los ídolos aparecieron en otros lugares, bajo otras luces, sobre otros pedestales.

Ayer se acabó un oficio. Un quehacer menos para el ocio de la gente. Un sueño menos en las noches de los niños, que ya no aspiran a clavarla en el ángulo faltando un minuto para el final del partido.

A veces hay un déficit de artesanos en la vida. Hace falta más artesanía, más cosas hechas con las manos. O con los piés. Yo sinceramente no entiendo por qué dicen que alguien daña algo cuando lo hace con los piés, si es que recuerdo lo que hace la gente con un solo pie y me faltan manos para conseguir algo parecido.

Loas y vítores al último futbolista en el mundo, último de una estirpe llena de gloria y de tristezas. Una familia llena de la vida como pocas en el mundo, llena de todo lo que las personas asociaron alguna vez con estar vivo. Que aun muertos claman porque los demás sigamos vivos. Ojalá corriendo, ojalá haciendo goles.

El próximo gol que haga se lo dedico a ustedes.

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