septiembre 10, 2012

Tiranía del lector 8: Santa fe

El Peugeot 306 avanzaba raudo sobre la fina grava. Era un día soleado y seco en el que el polvo tardaba horas en caer de nuevo al suelo, donde el sonido de cada roca chocando con su vecina parecía amplificarse.

-Cien.cinco.derecha, rocas al centro, cincuenta.tres.izquierda, recto.cientocincuenta, horquilla a izquierda, veinticinco.saltocorto-, canturreaba Alfabravo sin demostrar emoción alguna. Cruzaban aquel paraje pedregoso confiando en que la configuración elegida haría la diferencia con Grönholm, lograrían recuperar los ocho segundos de diferencia y con suerte, alcanzarían el primer lugar en la clasificación del rally de Turquía.

Kam guiaba su vehículo con presteza, no requería maniobras espectaculares y se limitaba a buscar un ritmo de marcha que, sincronizado con la lectura sin descanso del copiloto, les permitiría morder cada curva yendo de costado y atravesar cada recta. Lo conocía bien y entendía con facilidad cada movimiento, sonido y vibración. Era SU máquina. Un automóvil noble y poco demandante que hasta ese día siempre le había llevado a destino sin percances mayores. Agua cerca a las bujías en Suecia, un radiador roto en Australia al atropellar un koala, nunca demasiado cerca de volcar o salir ladera abajo en alguna curva.

Pasaron por los puntos de control previstos hasta que, de repente, se acabaron las notas del copiloto. Si no viajasen a más de cien kilómetros por hora a través de un camino rural, seguro se habrían mirado a los ojos para compartir la extrañeza ante lo inexplicable. Apenas ayer habían recorrido ese mismo tramo juntos para tomar notas y revisarlas. Las habían seguido hasta la última línea y ya deberían haber llegado al punto de llegada, pero avanzaban sin reparo y no encontraban rastro alguno de oficiales, espectadores o rivales.

Caía ya la tarde y el combustible era ya escaso. El tanque se había llenado con lo suficiente para la etapa y la ruta de conmutación hacia el siguiente punto de partida, nada más. Al caer la noche, buscaron la ayuda de algún granjero local y lograron recibir un par de galones de gasolina y unas cuantas frutas. Reiniciaron su marcha al despuntar el alba, revisando previamente que las llantas no estuviesen desgastadas en demasía. Nunca pensaron en dar media vuelta, su cabeza estaba programada para llevar aquel auto hacia adelante, siempre.

Hasta que lograron ver, en un cartel cubierto de óxido en los rebordes de los orificios dejados por las balas, un nombre que les dejó atónitos al borde del desmayo.

Beirut. Como el grupo musical con canciones suaves para el adulto contemporáneo que solían ser las preferidas de tanto hipster antes de hacerse populares. Habían llegado a Beirut, cientos de kilómetros de distancia cubiertos de forma impulsiva como respuesta a lo desconocido, confundidos por la noche y por no haber oído nunca un traqueteo de AK-47. Al preguntarse cómo salir de allí y llegar a algún lugar conocido, la respuesta era evidente: seguir avanzando. Así habían llegado, así habrían de salir. Eso era, finalmente, lo que mejor sabían hacer. Ese era su talento, lo más cercano a un arte que podían producir con sus manos y piés.

Porque el Alfabravo Racing Team sólo sabía avanzar. Sólo sabía mejorar para llegar más rápido a la meta.



Your days in one
This day undone
(The kind that breaks under)
All day at once
(for me, for you)
I'm just too young

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Yo quiero la historia de un corredor de Rally, que se pierde en el camino y termina en Beirut en época de guerra.
Kam

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