septiembre 06, 2012

Marchanta

Cuando era pequeño y tenía la suerte de estar en vacaciones del jardín infantil, solía acompañar a mamá cuando iba al mercado semanal. Era algún espacio vacío junto a la avenida donde se aparcaban camiones de estacas con sus carpas plásticas negras y verdes, apenas escondidos tras una hilera doble de toldos rojos y amarillos a rayas, en lo que pienso ahora y llego a suponer que habrán sido entregados por la alcaldía a modo de identificación.
Frutas variopintas, variedades de papa, hortalizas frescas, carnes rojas y pescados, todo llegaba a aquel lugar, el primero en el que reconocí la inmensa variedad de cosas para comer que se puede encontrar aquí. Ya a mis cuatro años (1) me intrigaba la forma como funcionaban las básculas que pendían aquí y allá, el por qué las personas hablaban de libras mientras que los tableros mostraban muy grandes los números que señalaban los kilogramos. Puto sistema imperial.

Cogollos de cosas, hojas, algo de sangre, jugos y alguna cabeza de pescado casual yacían usualmente en la escasa hierba rodeada de tierra gris. Recuerdo también que me gustaba mucho el que comenzara a llover poco antes de volver a casa, pues en aquel suelo polvoriento las gotas caían y formaban círculos perfectos de diferentes tamaños, haciendo un ruido breve, seco y amortiguado. Era un sonido único que en ocasiones se mezclaba con el olor que provenía del asfalto calentado por el sol y enfriado a la fuerza por el agua.

Era una experiencia única, lejana en el tiempo y la distancia de los asépticos supermercados que muchos frecuentamos ahora. El nuevo ministro de salud lo llamaría progreso sin dudarlo.



(1) ¿Cuatro años o un poco menos? No lo sé con certeza, sería buenísimo recordar cosas de 1986.

3 comentarios:

Javier Moreno dijo...

Yo recuerdo montones de cosas de 1986. :P

Andrés Salcedo dijo...

Y supongo que Sergio también :P

Olavia Kite dijo...

La plaza de mercado de Anolaima es un recuerdo similar para mí. Ahora solo me quedan las tienditas de barrio.