abril 24, 2012

Rastros, restos

Hay cosas que se quedan en uno después de conocer una persona e interactuar con ella lo suficiente. Esas cosas se quedan al menos por un tiempo, mezcladas entre los hábitos y la rutina. Se infiltran en las frases más simples y las tareas de todos los días.

Lo primero que se queda pegado son las pequeñas expresiones. Frases para responder de alguna forma en particular, símiles para hacer referencia a algo; las pequeñas expresiones se adhieren de repente como muletillas, extrañas para quien interactúa con uno frecuentemente. Así como llegan con facilidad, así mismo se van reemplazadas por nuevas expresiones robadas inconscientemente de otros.
Luego vienen las canciones. Normalmente se asocian a recuerdos, aunque en ocasiones es a través de alguien que se llega a un sonido diferente, a una canción que no deja de gustar. En la medida en que uno se apropia más de lo descubierto y lo liga menos a recuerdos  de alguien, es más probable que el gusto perdure en el tiempo e incluso que crezca por su cuenta.

No sé hasta qué punto puede alguien cambiar sus hábitos al comer por influencia de otra persona. Creería que es un margen reducido y poco significativo más allá de lugares específicos y asociaciones particulares.

Lo que suele quedarse por más tiempo con uno son los libros. Los relatos que casualmente llegaron en medio de alguna clase, los que se recibieron como regalo, los que se descubrieron en medio de alguna conversación. Son referencias permanentes y recuerdos perennes. Uno los conserva con cariño por el simple hecho de ser libros, de tener hojas en permanente proceso de bronceado y de albergar dentro de ellos notas, apuntes e ideas.

Súmenle a esto que todo aquel a quien le regalo un libro se aleja y tendrán como resultado un temor imposible de superar.

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