septiembre 16, 2016

Hmpf

Son incontables los códigos que siguen las personas para hacer saber (o no) lo que les molesta de otras personas. Alguna amiga de la oficina me contaba cómo su vida en Japón incluía enfrentarse a quejas en forma de indirectas muy elaboradas y llenas de contexto que sólo un público reducido va a entender. Va uno a otros lugares y el fastidio, la molestia, la incomodidad son también una cosa difícil de comunicar y se llenan de vericuetos en el camino. Todo lo opuesto al tejano o español estándar que grita y expresa su frustración sin ambages; lástima que muchas veces la unen a insultos y retos que encierran -prometen- violencia.

¿Qué es lo difícil de hacerle saber a otro lo que no nos gusta? Como si no se pudiese simplemente decirlo, usar palabras, comunicarse. Esto no me gusta, Me siento así por ésto, Pienso ésto o lo otro. Aunque, si uno lo piensa bien, uno no está en la obligación de hacerle saber a los demás cómo se siente. Igual, si uno persiste, bien podría decir que qué sentido tiene el enojo o el fastidio sin hacer algo por evitar que se repita, sin que alguien aprenda algo. Responde el otro lado del argumento que nadie viene al mundo para educar a otros y cada quien verá qué hace de sí mismo. Se declara un empate y no hay penales que valgan.

Por pura economía emocional, yo normalmente prefiero hacer saber qué de lo que otros hacen me molesta para que lo dejen de hacer, negociemos los términos de la interacción o para que al menos sepan que soy el que jode por eso. Refunfuñarle a terceros normalmente me resulta poco productivo y en últimas, inútil incluso para lidiar con mi propio juicio sobre las situaciones. De paso, renuncio a la carrera de quiromancia y la adivinación, evitando suponer cómo se sienten los demás y dejándoles la tarea de expresarlo. La empatía no me da para leer pensamientos.

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