octubre 12, 2016

Ranthought - 20161012

Hoy llueve de forma constante en Bogotá. Esa lluvia pertinaz que conocemos bien los que llevamos acá lo suficiente. Lo malo es que todo se cubre de charcos. Lo bueno es que la gente evita la calle y por eso mismo la calle está más vacía. Ir en la bicicleta a trabajar se parece mucho a ir de Bogotá a Ibagué un viernes en la noche cuando el siguiente lunes no es festivo. Todo muy libre, todo despejado, todo pide el doble de precaución porque no sabe uno cuándo se atraviesa un camión cargado de gallinas o marranos.

De paso acumulé otro intento de caída fallido. Sigo sin entender cómo, siendo un aprendiz tardío en las artes de montar bicicleta, sigo sin haberme caído estrepitosamente. Como que mantengo el balance y dejo ir la bicicleta, es raro e interesante. Ni alcanzo a recordar todos los movimientos que hago sin pensar y que me mantienen en pie.

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Por ahí me puse a charlar con un amigo sobre la función de la crítica y su naturaleza. La crítica, dice él, no debería ser vista como la garrapata de la acción. Me gustó la metáfora y todo. Lo que a mí no me gusta, le dije, es que la crítica critique sin preguntar, sin preguntarse y sin resolverse las dudas antes de emitir juicios. Cumple con poner a la gente a hablar de algo, dirán. No dejo de sentir que es otra faceta del propagar ignorancias por el aire y yo, tímido como soy, prefiero preguntar primero.

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