octubre 24, 2016

Canillera

Mis primeros guayos los tuve tarde en la vida. En el colegio jugaba todos los días pero eran patios con piso de asfalto que me llenaron de raspones las rodillas y de parches los pantalones. Había una cancha en césped que el colegio mantenía muy al norte de la ciudad, por allá cerca a los cementerios y a los colegios a los que va la gente de plata. Allá jugué a lo sumo dos partidos y jugaba en tenis sin más. Me resbalé varias veces y eso me costaba quedarme banqueado maldiciendo mi suerte.

Los guayos los encontré en el éxito. Unos Adidas negros en puro cuero con líneas blancas sintéticas, suela blanca y taches negros de goma, apropiados para suelo firme. Junto a ellos, unas canilleras Adidas azules generosas con la protección. Los usé constantemente en la universidad, donde todo se jugaba en el pasto abundante. Jugué innumerables torneos con esos guayos y esas canilleras, amistosos contra equipos muy buenos, pataceras muy bravas contra gente de Ingeniería química. Luego comencé a jugar también torneos de fútbol los fines de semana y nunca eché de menos los taches de aluminio. Ni canilleras más livianas.

Compré unos guayos nuevos hace unos cinco años. Azules, muy modernos. Mucho más ligeros y ajustados, con lo que permitían controlar mejor el balón. Los pedí bordados con el alfabravoteam. Comencé a jugar fútbol cinco (five-a-side) con regularidad y ahí también agradecía mis canilleras grandes. Los guayos negros siguen ahí pa cuando ande nostálgico aunque ya casi nunca juego fútbol. Los guayos pa fútbol sala los voy renovando a medida que sacan la mano.

Poco antes de ir a Tokio dejé las canilleras cerca a uno de los arcos en un partido. Llegué tarde y de afán, así que jugué sin ellas y olvidé recogerlas al terminar. Quince años de patadas se fueron con ellas. Ya me hice a unas nuevas, mucho más pequeñas y livianas, ultra modernas y más cómodas. Seguro extrañaré las viejas canilleras.

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