agosto 11, 2016

Ideología

Cuan conveniente, políticamente calculado y revisado se ve todo este ejercicio de protesta. Qué rápido salen las pancartas impresas a todo color defendiendo el diseño de dios. Qué conveniente resulta para los mismos de siempre el que surjan nuevos motivos de discusión y división. De repente, el proceso de negociación con las FARC quedó en medio de una coyuntura que no existía porque
  • El fallo de la Corte Constitucional estaba ahí hace rato.
  • La circular del Ministerio diciendo qué hacer y cómo, también estaba.
  • La constitución ya decía que no nos debemos discriminar.
El comunismo, la familia tradicional y la ideología de género tienen en común que no existen. Y sin embargo, ya hemos visto cómo han logrado mover gente como si de enormes máquinas se tratara, todos apredreándolas. Falsas banderas desplegadas por los mismos de siempre, discursos viejos que han debido quedar enterrados con Laureano pero que reviven, que los viejos entregan a otros más jóvenes para comunicar la ignorancia, replicarla y hacer de ella un ecosistema. Curiosamente, además, el comunismo y la familia tradicional se venden igual: exhaltados como visiones ideales dignas de ser perseguidas.

El problema, sin embargo, no parece estar en la fe sino en la fe no educada -y no sólo aplica para la vida religiosa de las personas-. Si uno lo revisa bien, uno no tiene mayor certeza de su origen más allá de lo que afirman el notario y los que se dicen padres. Uno cree que la mamá es la mamá porque uno elige creer, tener fe, pero la relación entre los padres y el hijo, como cualquier otro vínculo, siempre estará mediada por la confianza y el respeto. ¿Dónde están las marchas exigiendo que mi papá se disculpe y me repare por todos los daños causados? Porque todas esas cosas que desdicen de la familia tradicional, esas sí son del ámbito privado y no se discuten. Para qué discutir aquello que nos complica las ideas, claro. En fin, la fe es la misma siempre y es sólo una educación real la que la hace consciente y le da sentido en medio de la comunidad.

¿Por qué es tan difícil entonces, aceptar que otros decidan no ser como yo? ¿Cuál sera el camino más enriquecedor para que aquellos que hablan desde el privilegio entiendan a los discriminados?

Ese falso respeto y esa fingida tolerancia que parten del asco y la vergüenza no son más que eso, asco y vergüenza. No son más que un silencio cómplice ante el abuso y la discriminación, que viven con la conciencia tranquila y la rutina intacta hasta que algo del problema aparece allí, en su cotidianidad. Eres libre de ser quien quieras mientras no te aparezcas en mi vida, dicen. O en la de cualquiera como yo porque qué impresión imaginar que soy yo quien te da la mano. O te abraza.

Qué bueno es ver que aquello oculto en medio del afán y la costumbre, se hace visible y se vuelve palabras. Porque es en las palabras donde la contradicción se hace más evidente y los intereses se leen entre líneas.

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