febrero 12, 2015

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Como pasa con los computadores, creo haber visto muchas cosas cambiar en la forma de imprimir documentos. No había hecho el ejercicio de recordarlo pero este post de Olavia Kite me empujó a hacerlo.

Todo esto lo vi en la oficina de mamá, un banco relativamente joven que por eso mismo no tenía miedo de usar tecnología novedosa.

Los primeros recuerdos que tengo, por la misma época de las cintas magnéticas y los mainframes IBM, son de pequeñas y lentas impresoras con cabezas esféricas que giraban y ponían cada letra, más cercanas a las máquinas de escribir eléctricas que a una impresora como la imaginamos todos. Una única cinta negra, una única fuente (estilo de letra), mucho papel en formas contínuas.
El papel era normalmente blanco. Luego vi que había uno especial para contabilidad con líneas verdes y blancas a modo de renglones. El famoso papel de carnicería. ¿Cómo llegaría a las carnicerías viniendo de los bancos? Nunca lo supe.

Cuando comenzaron a llegar los primeros computadores personales, una mezcla de IBM XT y equipos con procesadores 386, aparecieron nuevas impresoras. Tenían una matriz de puntos que emulaba el relieve de cada letra a medida que la cabeza de impresión se movía de izquierda a derecha. La misma cinta negra. Ahora el sonido no parecía el de una máquina de escribir cuando tecleas, era mucho más agudo porque la matriz se movía más rápido y cada golpe en el papel era más pequeño.

Pronto aparecieron soluciones empresariales para hacerle más fácil la vida al oficinista estándar. Impresoras para formatos estándar (como la Epson 810); para gran formato (Epson 1170); enormes impresoras que sacudían la mesa donde las ponían, capaces de almacenar varias resmas de papel y guardar en su enorme memoria de algunos cientos de kilobytes, varias tareas de impresión de usuarios diferentes (Epson DFX-8000). Todas más o menos con el mismo chillido agudo y rítmico. Sabías cómo sonaba cuando trazaban una línea, cuándo ponían puntos, comas, tildes, estados financieros o tareas de español.

Obvio yo vi estas impresoras desarmadas en mantenimiento. Abrí yo mismo una cinta vieja para ver cómo mantenían sin enredo metros y metros de cinta. Era fascinante.

Casi al tiempo con los equipos multimedia (esos que tenían parlantes y ya no sólo la bocina del sistema) llegaron nuevas impresoras. Les decían "burbuja" para traducir de alguna forma el bubblejet que le ponía Canon a sus impresoras de inyección de tinta. Ya no había una larga cinta negra y habían puesto unos pequeños cartuchos sobre el cabezal. Ahora el sonido de la impresora era grave, un bostezo largo al que le daba igual imprimir poemas o extractos bancarios. Al igual que Olavia, recuerdo ese mismo model de impresora Canon BJ-200 con cariño. No tuve una pero las usé muchas veces, eran confiables y de calidad excepcional. Estaba ya en la universidad cuando imprimí los últimos documentos con una de esas. Todas las secretarias de jefes tenían una a la mano y nunca les fallaba.

En mi casa, la primera impresora fue una Epson LX-300. Antes de eso siempre imprimíamos cosas en la oficina de mamá o usábamos alguna impresora que ella hubiese traído para trabajar. Esta pequeña impresora se volvió omnipresente tiempo después por su tamaño reducido y su flexibilidad. Todos los Betatonio tenían una para imprimir sus facturas. Recuerdo que imprimía mis trabajos del colegio hechos en Wordstar, WordPerfect 5 y Flow charting. Una sola vez imprimí algo hecho en Banner (me pareció un desperdicio), nunca imprimí algo hecho en Creative Writer (misma razón). Luego llegó MS Windows y con él MS Word. Recuerdo una o dos de las plantillas que traía Powerpoint entonces.
Esa impresora estuvo con nosotros muchos años; algunos en décimo grado del colegio me decían que yo era el primero en llevar impresos de tareas y ahora era el único que no tenía impresora de inyección de tinta. Obvio había algunos que tenían impresoras a color para imprimir mapas de MS Encarta, era terrible no poder hacer lo mismo.

Volviendo a la oficina de mamá, en algún punto llegaron otras impresoras, misterioras e increiblemente rápidas. También recuerdo que salían las hojas tibias y con detalles impresos que no había visto nunca. ¡Podían imprimir el logo del banco con detalle y precisión! Vi cómo estas cajas misteriosas imprimían muchísimos extractos de cuenta rápidamente, era casi que ciencia ficción. Habían además, nuevas versiones reducidas para hacer pruebas y consultas en el piso donde trabajaba mamá. Eran las primeras impresoras láser y obvio fui a buscar por ahí cómo funcionaban, quería entender cómo hacían para no hacer ningún ruido y escupir hojas llenas de garabatos sin pestañear.

Contemporáneo a esto, llegó la inyección de tinta de colores a mi casa. Una eficiente impresora Lexmark Z32 con cartuchos muy caros. Obvio la probé imprimiendo alguna foto a color, cosa que no volví a hacer porque era un desperdicio. En este punto ya era un negocio la recarga de cartuchos con tintas genéricas. Lo que no muchos sabían era que la presión de carga era diferente en cada marca y no siempre había buenos resultados. E igual, un cartucho de tinta parecía costar lo mismo que la sangre de un unicornio.
Viendo que estaban perdiendo el negocio de la posventa, los fabricantes comenzaron a ofrecer precios más razonables y soluciones eficientes como separar los cartuchos por colores (siempre quedaba un montón de azul o de rojo, el amarillo siempre se iba primero por cómo se producen los colores -incluso el negro-).

Cuando hice el mismo razonamiento que Olavia, que tenía plata y podía comprar lo que quisiera, fui a algún almacén y me hice a una impresora láser de precio razonable. Nadie en casa estaba interesado en imprimir colores ya, así que todo era cuestión de eficiencia y rapidez. De hojas tibias y poder imprimir cosas con códigos de barras. De muchas, muchas hojas por cartucho. De no tener que esperar a que imprima 4 o 5 páginas por minuto. Tengo una Samsung ML-2240 y soy feliz con mi impresora láser.

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