abril 03, 2013

Electri-city

En Bogotá había trolebús. Trolebuses. Buses con correas a lo Rudolf Hommes, avanzando por las calles mientras hacían un ruido extraño que aún no logro recordar. Eran buses diferentes a los demás, un poquito más limpios, con sillas plásticas sin cojín.
Sí. En Bogotá ya tuvimos buses eléctricos y nadie dijo entonces que fuese una ciudad innovadora. En ese entonces yo vivía sobre la calle 80, cerca a donde hoy está el portal de Transmilenio. Habitualmente usábamos los buses «normales» pero en ocasiones la ruta de los trolebuses nos servía, así que conservo un par de recuerdos fugaces en los que voy sentado en una silla de un naranja desteñido, junto a la ventana, mientras el bus avanza en calma. Recuerdo también cómo el bus podía desconectarse del cableado para adelantar a quien estuviese en el carril bloqueando el paso (iban por el carril derecho) y cómo se oían muchos ruidos mientras se desconectaba y conectaba de nuevo a los cables eléctricos.

Recuerdo que ni siquiera los trolebuses podían con el cruce de la calle 80 con avenida Boyacá. En esa época el puente vehicular que hoy se encuentra allí no existía y el cruce era gobernado por un semáforo. O al menos eso creían pues sólo se requería una lluvia estándar bogotana para inundar el cruce y volverlo un lugar de nadie en el que buses, camiones y carros se peleaban por cruzar el lodazal. Aun ahora, después de ver cómo el cruce dio paso a noches de obreros vertiendo concreto en enormes moldes y luego a un enorme puente vehicular, todos los días ese lugar se convierte en un enorme nudo sumergido en humo gris, coloreado ahora por las vitrinas de un nuevo centro comercial.

Un recuerdo asociado es el de un compañero de colegio que vivió en Ecuador hasta los 8 años y cuando volvió a Colombia, ya no habían trolebuses en funcionamiento. Recuerdo aún su cara de asombro mientras le contábamos que hubo alguna vez buses eléctricos en esta ciudad, algo difícil de creer sin duda, sobre todo en aquel lejano 1995 en el que Internet no era aún centro de resolución de disputas históricas. Habría bastado con mostrarle algo como este sitio para convencerlo.

Nunca entendí por qué ganó el transporte social subsidiado, con sus buses montados en un chasis de camión Dodge 600, pintados de verde y amarillo o de rojo y blanco, llenos de ruidos y latas y afanes.

3 comentarios:

Nelson Castillo dijo...

Yo los vi y creo que los usé. En ese tiempo (cerca de los 5 años) yo creía que todo lo que se movía tenía vida, incluyendo la basura que mueve el viento.

Me imaginaba que el bus era alimentado por los cables. Lo cual es cierto.

juglar del zipa dijo...

y antes de eso, antes de que usted y yo naciéramos, había buses de la empresa distrital de transporte urbano, con descuentos para estudiantes y ancianos, buses públicos que convivían con los buses de empresas privadas. pero la gente como que no habla de ellos con añoranza, como no habla de los trolebuses, como sí hablan del tranvía, que seguramente no conocieron. ha de ser por algo así.

le recomiendo el documental la guerra del centavo, especialmente la parte en que miguel urrutía (creo) dice que la guerra del centavo es el sistema perfecto porque es competencia sin regulación y vainas así.

Andrés Salcedo dijo...

Hola, Miguel.

Sí, en sitios como el del hipervínculo que puse casi al final del post se ve eso que menciona. Es bien interesante. Además, Carolina Spinel comentaba en Twitter cómo el cambio seguro estuvo relacionado con la consolidación de los grandes propietarios de la flota de buses urbanos.