octubre 04, 2012

Punch-out

Restful, a photo by alfabravo_team on Flickr.

Normalmente rehuyo la confrontación física. No me interesa resolver nada a golpes. Lo que no significa que haya dejado de hacerlo alguna vez.

Recuerdo muy vagamente que era víctima de algún bravucón en la ruta del jardín infantil. Moretones y rasguños eran el menú diario que me servía a mí y a otros desafortunados que se sentaban cerca. Alguna mañana desperté mucho menos paciente de lo habitual y, camino al jardín, le di un buen sopapo pleno a la nariz apenas intentó alguno de sus juegos habituales. Sangre. El bravucón sangraba y lloraba al ver su sangre por ahí. Según cuenta mi mamá, la directora del jardín defendió mi puñetazo con sutileza, recordándole al papá de aquel niño lo que su hijo ya había causado. Mi mamá sólo sonrió cuando le contaron lo que había pasado.

En el colegio, aun cuando era ñoño declarado y consumado, nunca fui víctima de chanzas pachunas o de algún golpe casual. Por algún extraño motivo era un ñoño respetado. Es más, yo participaba de las bromas más sutiles como meter a algún enano (en sentido figurado) a una caneca o al cumpleañero de turno en los lavamanos (que parecían abrevadero, por eso servían bien al propósito de empapar a algún infeliz), siempre después de alguna persecución por los pasillos. Más allá de eso, me abstenía de participar o denunciar cualquier cosa. Entortugada de maletas con escupitajos (y cosas peores), peleas programadas con días de anticipación en el Parque del Brasil, peleas rudas e inesperadas en pleno salón de clase. Nunca se enteraron por mí. Tal vez, el único golpe franco e intencional que recibí fue un buen recto al hígado que me dió un cabrón mientras jugábamos fútbol en el patio, creo que en séptimo. Que dejé sin cobrar. Siempre que lo pensaba, lo veía como algo totalmente innecesario.

He pasado por un par de intentos de robo, mediocres, que no llegaron a ser exitosos (para el ladrón). Uno de esos, saliendo de la oficina y caminando por la calle 92 con 15, en Bogotá. En medio del separador, un tipo me agarró del saco y, simulando que llevaba alguna navaja, me pedía el celular. Creo que ese había sido casualmente un muy mal día para mí, por lo que terminé empujándolo e insultándolo. El tipo abrió los ojos, dio media vuelta y se fue caminando hacia cualquier parte con mucha prisa.

Al final, todo eso sale en forma de muchas malas palabras jugando videojuegos, en los que soy muy competitivo. Jugando Rummy con mi hermana era igual pero creo que ya se me pasó. Bueno, eso y que, a pesar de los escasos sesenta kilogramos, siempre voy con tanta fuerza como puedo al disputar un balón mientras juego fútbol. "Flaquito pero de tuétano duro", dice mi mamá. El Caricias (pura ironía) o Patabravo, dicen los amigos y rivales. Al final, resulto ser un tipo pacífico si lo comparamos con el promedio nacional.

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