octubre 29, 2012

Balance

Desde que era pequeño y sabía aún menos que ahora de casi todo, creía que era importante la idea de equilibrio. Demandaba el mismo éxito cumpliendo con tareas y deberes que en el juego diario del recreo. Creaba algún tipo de realidad trascendente en la que, en la mayoría de los casos, lo normal era que sólo tuviese un buen día en una de las dos cosas. Una vaselina de diez metros al arquero en el recreo solía juntarse con una tarea de matemáticas olvidada o una respuesta incorrecta en ciencias sociales.
Con todo y que no fuese frecuente, siempre me exigía hacerlo todo bien y lograr estar en equilibrio.

Algunos años más tarde, comencé a leer y escuchar a otros hablar de ese mismo equilibrio. De la mente sana en el cuerpo sano. Del amigo Andrés (Hurtado) que escalaba montañas al mismo tiempo que se aprendía cuanto poema había sido escrito por un colombiano en el siglo diecinueve. Sí era posible tal equilibrio. Pero ahí mismo comenzaron los problemas.
De los catorce a los quince años, la relación cambiante entre estatura y peso (masa, dirán los más estrictos con el ceño fruncido) me volvió un adolescente particularmente flacuchento y feúcho. Eso hacía más y más difícil el participar en el juego diario sin salir lastimado, ganarle a los otros y mejorar en algo respecto del día anterior. Lo más frustrante de todo fue ver que esta peculiaridad se hizo invariante en el tiempo. No iba a ser más normal. Siempre me veían muy amarillo o muy acabadito. Eso es porque come muy frío, Usted por qué come tan despacio, Eso es porque no come coliflor y brócoli. Qué raro, si usted se parece tanto a su hermano y él no era tan flaco, Andrés. Vamos a hablar con alguna nutricionista para ver si subes de peso. Mira, aquí está la dieta que te dobla las calorías diarias. Qué bueno, subiste diez kilos en seis meses. Qué mal, los perdiste en dos (por culpa de la tusa).

¿Equilibrio? Ya no era equilibrio sino estabilidad, muy lejos del equilibrio. Un estado estable, dinámico en cuanto era capaz de sostenerse a sí mismo con algún botón de turbo en los procesos metabólicos, de una forma que ninguno de los tres médicos llegó a entender. Despertarse todos los días y verse igual llevó al hábito y a alguna forma de aceptación (que nunca ha sido total) en la que todo debe poder hacerse así como soy. Jugar fútbol de forma hábil y sin miedo a los golpes que pueda recibir, hacer cumbre en algún nevado porque, como mínimo, debía poder cargar mi propio peso (y así era, en efecto). Gastar algo de dinero en ungüentos para los golpes en las piernas y parches con analgésico para los golpes en las costillas, pues como es el flaquito, ese ablanda con alguna entrada recia. Ir a nadar cada sábado por un buen tiempo, a ver si la espalda mejoraba (que no llegó a pasar, creo). Y bueno, también me quedó de todo eso una condición física cuando menos aceptable que, más adelante, probó ser de utilidad para el disfrute del sexo.

Conviví en paz con los cincuenta y cinco kilogramos de alfabravo hasta que, hace dos meses, se hicieron sesenta. Con la misma coherencia que habían decidido tercamente ser cincuenta y cinco, sin duda. Se hace menester cambiar la imagen de uno mismo y hacerse a la idea. Y aprovecharlo de alguna forma.

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