octubre 15, 2014

Street smart

El cerro

Caminar una ciudad es la forma natural de saber a qué huele.

Caminar sin los prejuicios ajenos. Sin recomendaciones. Reconociendo olores y viendo caras. Acudiendo más a los recuerdos (si los hay) que a las quejas ajenas. Conocer cómo vive la ciudad.

Si uno va a Medellín y recorre el paseo Carabobo con sus alrededores bien puede discurrir entre paseos comerciales en los que el comercio informal es ley, llenos de gente que va a encontrar allá cualquier cosa.
El centro comercial, grande o pequeño, es una figura extraña. En el caso de los más pequeños, pretende darle legitimidad al comercio informal que antes estaba apostado en la calle. Se supone que también les da un espacio más digno en el cual trabajar. Además, le da a las personas un espacio más por el cual caminar sin pensar que están en la calle. Como todos los demás centros comerciales, en los que la gente camina y camina sin pensar que están cerca del tráfico, del crimen y del peligro. Incluso en el paseo comercial más humilde, hay un vigilante que justifica su sueldo sacando de allí al vendedor de chicles ocasional. Aun así, las telas de colores siguen tendidas en el piso a los lados del paseo Carabobo llenas de objetos a la venta, mientras pasan entre ellas los vendedores de avena fría y jugos de fruta.

Eventualmente se llega a una cicatriz de la ciudad, un paso de la línea B del metro. La estación San Antonio está a la izquierda como un monolito monumental y a nivel del piso sólo se ve más gente, más vendedores de mango y jugos, buses coloridos. A la derecha, el inicio de otro paseo comercial, mucho menos ceñido a las normas.
Caminas por él y ves una cantidad increible de movimiento. La calle está abarrotada de puestos de venta como toldos hechizos. Caminas en zigzag porque las tiendas tampoco tienen un tamaño estándar. El Palacio Municipal te tira hacia el occidente más adelante y sigues caminando.
Vas a dar a una calle sucia, que creo es la Cundinamarca, en la que venden salpicón y media cuadra más adelante, cruzas entre putas variopintas. Muchas. Los choferes de bus paran a comer y la gente deambula por allí.

Llega uno a la esquina del parque Berrío, pasando entre varios muchachos que seguro viven de rebuscarla entre las prostitutas, sus clientes y los choferes de bus. Te piden monedas mientras tratan de ver quién eres, hablas con ellos y sigues tu camino.

¿Alguien recuerda el hotel Veracruz? Creo que quedaba a unas cuadras del hotel Nutibara, por la carrera 50 al norte pero ya no estoy seguro. No lo encontré. Las calles estrechas, los andenes minúsculos, los comercios infinitos, eso sí se consigue aquí. De hecho, creo que todo se resuelve aquí, para todo hay tienda. Un par de calles más y llegas a un paradero no demarcado en el que se consigue ruta de bus a cualquier lugar de Medellín. Más venta de salpicón para el calor. Basura por todas partes.

Si vuelves hacia el hotel Nutibara, vuelves a ver esa esquina que no encaja en lo absoluto. Casi que es más silenciosa, como una burbuja. Sólo tienes que cruzar la calle para acercarte a la estación del metro y su bullicio.

Uno puede caminar de nuevo hacia el sur e irse a sentar frente a La Alpujarra. Ver muchachos salir de la biblioteca, ver a otros sentarse en las incómodas bancas que hay justo en frente. Ver otros más sentarse en las bancas que hay entre los postes y los árboles del Parque de las Luces.

Si desde ahí te vas siguiendo la costra gris hasta la 33, ves más negocios que seguro se veían diferente antes de tener esa mierda gris en frente. Se ve mucho empleado caminando por ahí después de las 5. Los que salen camino a casa porque cogerán bus por la avenida El Poblado hasta Envigado o a alguno de esos barrios que hay arriba de la Asomadera.



Todo eso se ve y se siente (incluso huele) lejano si uno camina un rato por El Poblado, Ciudad del Río, por la avenida El Poblado hasta más allá de La Frontera. Es otra ciudad. Un suburbio callado y deshabitado.  Una pulcritud idealizada que sólo se ofrece de forma concentrada, a cuentagotas. Una visión selectiva que descarta otras formas de vivir la ciudad.

Calle cualquiera

Recuerdo que en algún momento, llegué a ver a Medellín como un lugar de proyectos faraónicos, en los que se creaba un nuevo hotspot en la ciudad cada vez; se presionaba el gotero para dejar caer una poca de pulcritud. Aunque, si uno lo piensa, democratizar ese vivir bien puede que sea la única forma de dar a entender que compartir espacios comunes es el camino real a un vivir mejor. Queda la duda.

A pesar de lo grotesca que es su presencia en el centro, el Metro es la forma que tiene Medellín de unir su oferta a los visitantes. Y como tal, la hace más fácil de conocer para quienes no somos todavía street smart. Sé que hay sitios en los que todavía no iría solo a tomar fotos y conocer.

Queda el recuerdo de los olores.

Al menos hay gente de verdad

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