mayo 22, 2014

Lotto


A veces, soñar se siente como apostar a la lotería.

Cuando el sueño se vuelve un posible plan de futuro, comienzan a aparecer en la cabeza todas las cosas que se dejarían atrás. Lo que dejaría de tenerse, lo que dejaría de verse. Los que ya no estarían cerca. Acto seguido, el cerebro busca compensar y surgen sueños con cosas que se harían, cosas que podrían pasar. Busca dar argumentos (imaginarios) que apoyen la decisión de perseguir el sueño.

Luego están los miedos. Evitar. El miedo normalmente debería poner alerta a su propietario. Aunque parece que nos llega la evolución a medias porque, en vez de salir corriendo, nos dejamos comer del tigre. Nos quedamos quietos haciendo cualquier otra cosa. Como si el antepasado triunfador de la selección natural hubiese preferido mirar el césped y contar los árboles en alguna colina, que no huír o hacer flechas para hacerse con el tigre. Que el TPE, que la introversión, que procrastinar. Ajá, mil nombres. Pura y simple evitación.

Cuando se logra evadir o minimizar todo lo anterior, se viven los diez o quince segundos más felices para cualquier apostador o comprador habitual de lotería. Son los segundos que gasta soñando qué haría si ganase el premio. Se ve a sí mismo de otra forma. Es capaz de verse más allá de su rutina y sus hábitos.

Dicen algunos que la cosa va por aprovechar cuando la mano está caliente. No lo sabremos con certeza y todo está en decidir. En apostar por algo que queremos hacer simplemente porque nos interesa. Porque nos sentimos mal al no hacerlo y, dentro de la evitación, terminamos con rabia o con algo más que tristeza. Porque la vida no es más que caprichos con algo de reflexión y mucho de desarraigo. No strings attatched.

Apostemos.

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Corolario: ¡Volví a soñar con algo!

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