mayo 12, 2014

Baltimore (encore)

El veintisiete de octubre de dos mil trece.

1

Esa mañana amanecimos en Washington. Amanecimos, Mónica y yo. Recuerdo que ella se quedaba a unas cuatro o cinco calles del hostal en el que yo estaba. Llegó con sus maletas frente a mi hostal, imprimimos los tiquetes del autobús y salimos a tomar el metro rumbo a la estación. Ya adentro de Union Station (porque todos los Union Station son iguales, como los Penn Station), no había una sola señal más allá de una flecha vagabunda y perezosa, indicando el camino a los autobuses yendo a la izquierda. Pero a la izquierda sólo había mostradores de Amtrak.

El pensamiento lateral ayudó a ver las escaleras y la pasarela que llevaba a la izquierda, arriba, hacia unos enormes lotes de estacionamiento para los autobuses. Casi tan intuitivo como Windows 8, sólo que esta es la estación principal de transporte en la capital de este país. Esperaba señales que sirvieran para algo.

Ya allí arriba, encontramos una pequeña sala de espera con un interior en madera que hacía pensar de un sauna para exhibicionistas, con un gran cristal en uno de sus lados y recubrimiento de madera en los demás. Esperamos allí nuestro bus por una hora hasta que llegó la hora de ir a Baltimore. Maryland.

Una hora de camino.

Mientras viajábamos, alguien un par de filas adelante de mi asiento trabajaba en su portátil. Líneas y líneas de código aparecían en su Eclipse. Ahí pensé que ese era un gran ambiente para trabajar, sin música ni conversaciones ruidosas. Con tomacorriente para conectar el portátil si es necesario. En una silla cómoda.

Llegamos a una parada de bus a unos veinte minutos del centro. De allí, tomamos un taxi que, tras pasar junto al estadio de los Ravens, nos dejó en el hostal frente a un peculiar templo católico.



2

Una amiga nos esperaba para caminar juntos por el centro de la ciudad. La tarde nos llevó al puerto para comer algunos de los últimos cangrejos de la temporada y luego, un helado lleno de sabor en Fell's Point.



Como ya caía la tarde y era hora de imprimir los tiquetes, volvimos con Mónica al hostal y preparamos todo, dejamos lo que queríamos dejar y alistamos un único morral en el que llevaríamos las bufandas y guantes de los dos (y mi cámara). Aunque en la tarde habíamos caminado esta misma ruta, elegimos ir en un taxi y creo que el conductor nos miró con algo de incredulidad cuando le dijimos a dónde íbamos. First Mariner Arena, por favor.



Al llegar, ya de noche, había una fila corta que no salía del hall principal. Le preguntamos a un muchacho de unos 19 años si era la fila de entrada y nos respondió afirmativamente con amabilidad. En las rampas de acceso se movían rápidamente las filas hacia los vomitorios. Los encargados de seguridad que se movían ágiles entre la gente repetían una y otra vez que no se permitía el ingreso de varios objetos, entre los que estaban los morrales como el que yo llevaba. Ahí le pregunté a uno de ellos y me dijo que "debía ir y dejarlo en el carro". Cuando le expliqué desde dónde habíamos viajado, me dijo que no podía ayudarme.

Volvimos al hall principal y yo le pregunté al muchacho que nos había guiado, si había algún bar o sitio cercano donde nos pudiesen guardar el morral. Él se quedó pensando y me dijo que lo esperáramos un minuto mientras hablaba con alguien. Fue y volvió con un hombre mayor, mucho más bajo, que me saludó y me preguntó de nuevo por nuestro problema. Con Mónica le explicamos nuevamente que estábamos en un hostal, que el hostal estaba lejos si íbamos caminando, que ya casi comenzaba el concierto y que no veníamos en carro para dejar ahí el morral. El hombre mayor se identificó como Mike, el jefe de aquel joven y de todos los demás empleados de seguridad, y me dijo que escribiera mi nombre en una libreta. Mike me pidió que lo buscase allí mismo al salir y que él me daría mi morral.

Volvimos a la fila y en diez minutos estábamos ya comprando una cerveza. Realmente, Mónica compró cerveza porque yo sólo pensaba que ya casi era hora y no sabía qué pasaría o cómo reaccionaría yo allá adentro.
Pregunté ingenuamente si podía llevar la cerveza a mi asiento y el encargado de nuestra sección me miró confundido. Eso sirvió para que yo entendiera que la pregunta era estúpida y podía seguir mi camino.

3

Nuestros asientos quedaban en el segundo nivel, en uno de los costados. A un lado estaba sentada una pareja; al otro un tipo calvo. Detrás había un tipo gordo que sabía mil detalles y cosas del grupo, que hablaba con otro tipo sobre lo bueno que sería ir a otras ciudades a ver conciertos. El tipo gordo bien podría parecerse ligeramente a Hurley (sí, ese Hurley) con el pelo corto y bien afeitado.

Mientras tomábamos sorbos de cerveza, veíamos pasar padres con sus hijos; un abuelo con su nieto, enfundado este en su gigantesca camiseta estampada; mujeres embarazadas sin miedo de ser arrolladas por una masa informe de gente. Muchas personas allí esperando hasta que, sin aviso, salieron a tocar allí abajo y todo llegó encima, de repente. Se apagaron las luces y eso que había estado esperando por tanto, tantísimo tiempo, llegó sin haberlo esperado.
Había comprado los boletos de entrada dos meses antes; los pasajes de avión, un mes antes junto a la reserva del hostal. Esa tarde cuando comimos cangrejos había pasado por allí y había visto la gente haciendo fila para comprar las últimas entradas. Sabía que esto iba a pasar. Había ido a buscarlo y sin embargo me tomaba por sorpresa.

El inicio fue fácil de llevar más allá de estar anonadado y falto de palabras para describir la situación que vivía. Era una canción nueva. Era una canción que no conocía bien e igual era la voz. Su voz.
La segunda canción fue Hard to imagine y esa sí la conocía. La incredulidad daba paso a una alegría plácida.
La tercera canción, ni bien terminaba el primer verso, me sacó un Ay! seguido de muchas, muchas lágrimas. No sé de qué eran. Estaba muy feliz, sí. La canción hacía pensar en situaciones pasadas y futuras llenas de sentimientos difíciles. Soñaba con escuchar esos versos. Todo eso al tiempo simplemente se desbordaba y yo sólo atinaba a llorar.

Había una muchacha en primera fila y en algún momento le hizo saber a Eddie que esa misma noche ella estaba cumpliendo 21 años. ¿La recompensa? Compartir un poco del vino o cerveza que él estaba tomando. - ¿A qué sabe la libertad?-, le preguntó Eddie.
En cada concierto al que he ido, siempre hay una canción rara o inusual que quisiera oír pero que seguro no van a tocar. Pues bien, oí Lukin en vivo. Ahí dejé de llorar y me reí. Me reí y canté. Cantaba y me dejaba llevar. Quería saltar, empujarlos a todos y gritar. Pero sólo cantaba y me llenaba nuevamente de placidez.

Poco a poco parecía haber un patrón en el setlist. Era un llamado al amor propio y a recibir la ayuda de aquellos que nos quieren. De dejar atrás lo que necesitamos dejar atrás (o a un lado, o en algún lugar donde no haga más difícil seguir caminando) y disfrutar un poco más del presente. Habit, Present tense y Rearviewmirror tocaban los mismos acordes del espíritu.

4

La pareja que tenía los asientos junto a Mónica había comenzado a discutir cerca de la cuarta o quinta canción. me parece haber visto algún comentario de reprobación mientras esperábamos el inicio del concierto. No estoy seguro.

Cuando sonaban canciones nuevas, algunos aprovechaban para ir por cerveza o simplemente salían porque no parecía interesarles. Había un tipo en el tercer nivel, atrás, al extremo opuesto del escenario, con una camiseta amarilla y unos chores caqui. Saltaba y corría, iba de un lado para el otro. Llegué a pensar que era una proyección del yo si no fuese introvertido. Y si no estuviese ahí lagrimeando cada cierto tiempo, claro.

Recuerdo que a Mónica la inquietó algo que le pareció un abucheo. Le expliqué rápidamente que era un largo Booooooooooooooom para saludar al buen "Boom" Gaspar cuando Eddie lo presentó.

La pareja junto a Mónica finalmente discutió en algún punto durante la segunda mitad del concierto. Creo que él se fue primero y luego ella fue tras de él. El tipo del siguiente asiento nos comentó después que le preguntó a ella si estaba bien y ella amablemente le respondió fuck off. Se reía un poco al comentarnos lo que él había escuchado. Nadie entendía cómo podía andar peleando uno en ese concierto. Tal vez se trataba de que alguno de los dos no quería estar ahí. No lo sabremos.

Antes del encore, Mónica ya estaba cansada después de un día largo. Por algún motivo (que agradezco), el concierto duró más de dos horas y media. Como Lou Reed se había ido justo esa mañana, hubo un ratico de Waiting for my man. Después de Porch, pude sentarme un momento para que Mónica, previsiva como es, buscara el papel para que yo pudiese limpiarme las lágrimas y los mocos.

De nuevo, incredulidad. ¿Qué era todo esto?

5

Ellos siempre tocan alguna canción de The Who. ¿Cuál sería? Desde que conseguí el Live at the Garden, he escuchado Baba O'Riley un par de cientos de veces. Sin embargo, la canción fue la correcta para esta noche. No debía ser otra.



Después cantamos Black. Como no podía ser de otra forma, esa canción recordaba la nostalgia y lo perdido con L. Sobre todo la amistad, pero lo abarcó todo. Un par de lágrimas de tristeza.

Quería cantar Alive con toda esa gente que estaba ahí. Pero me quedé inmóvil. Como que esta vez, yo era el que necesitaba que levantaran esa maldición que sentía, llevaba encima. They lifted the curse. Ten thousand voices lifted the curse while raising their arms. And I'm still alive.

Al final, el tipo de camiseta amarilla y chores caqui fue llamado por Eddie para que bajara al escenario. Corrió saludando a todos, hi five everyone, dando brincos de alegría. Al llegar allá abajo, le dio un abrazo enorme a Eddie, quien le dio el poder en forma de pandereta. Ven y baila con nosotros, baila y toca esta pandereta. Keep on rocking in the free world.

Ahí terminó.

Salimos lentamente mientras yo no salía de ese estupor que deja la resaca de concierto. Bajamos por la rampa que entramos y allí estaba el muchacho que nos había ayudado al buscar a Mike. Parado junto a una columna, con mi morral en la mano, esperándome. Mónica me dijo que me esperaría mientras yo hablaba con él. Lo saludé y él sonrió antes de entregarme el morral. Le pregunté si estaba bien que le diera una propina por toda su ayuda. Por hacerle la vida más fácil a un desconocido. Rechazó el billete de veinte y me respondió de forma pausada "It's my job". Le agradecí de nuevo su ayuda y me despedí. Aún guardo la hoja de la libreta de Mike en la que escribí mi nombre.

Esa noche, de regreso en el hostal, me quedé por muchos años mirando hacia arriba, recordando y saboreando cada instante de ese día. Uno de los días más felices de mi vida. Ni siquiera la llegada del compañero de habitación, un argentino de apellido Riquelme, interrumpió esa sesión de soñar despierto.


Corolario. Meses después, quizás por el comentario a una foto en Instagram, alguien me escribió diciéndome que mi historia le parecía maravillosa e increible. Que si en verdad había viajado tanto para ir allá. Que tuve suerte porque había sido el mejor concierto de la gira. Había sido una comunión colectiva para la belleza interior.

Como dijo Kam alguna vez, soy rico. Es el concierto de la vida y pude compartirlo con las personas que quiero.

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