noviembre 26, 2012

Café negro

La mañana en la que el profesor de filosofía me preguntó si yo salía en las tardes, si compartía con amigos. Que cuántos amigos tenía, Que si no me quedaba solo. Porque eso es muy importante, mijito, salir y pasarla bueno con los amigos, pues. No todo puede ser estar leyendo y haciendo cosas solo. Y usted lee mucho, ya se me llevó el libro de Nietzsche que dejé en la mesa y no me dejó hacer el examen la semana pasada.

Porque yo me robé un libro para leerlo y lo devolví a los tres o cuatro meses. Como si nada. Viéndolo desde acá adelante en el futuro, creería que yo le jalaba muy duro a lo de ser disruptivo y soberbio.

Ahí estábamos parados, tomando una taza de café negro (al que le dicen tinto por acá) frente al salón de profesores. Yo, con las licencias que me permitía por el simple hecho de hacer las cosas bien (y no interesarme en lo más mínimo por las normas y esas cosas), estaba ahí oyendo a alguien que se interesaba por mí en vez de estar en alguna clase. Pero yo seguro andaba usando alguna máscara, algo para cubrir todo lo que pensaba y no me interesaba compartir. Porque qué peligro confiar mucho en alguien. Exponerse.

La otra persona aparte de él que tuvo a bien preguntar en qué pensaba, creyó que me iba a matar en ese diciembre. Siendo que yo estaba tan tranquilo. Nada más cierto que aquello de "los motivos del suicida siempre son incomprendidos".

Pero no me morí. Igual, desde los seis años me da por creer a veces -cada vez menos- que me le escapé a la muerte y todo este tiempo de más es prestado.

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