noviembre 07, 2012

Of the dark

Una parte de conocerse a sí mismo es vivir los temores que se albergan. Al menos en los primeros años, uno vive en función de sus miedos que, pareciese, son los que lo mantienen a uno con vida hasta los 10 años. Vivir en una casa en la que el piso de madera rechine sin motivo, prender las luces de camino a la cocina para poder ver a cualquiera que ande por ahí deambulando. Los temores primordiales son comunes a todos y aún así los vivimos a nuestra manera. El coco, los extraterrestres, la patasola; los temores se materializan en los nombres que les damos para poder delimitarlos y, al poder hablar de ellos, controlarlos.

En algún punto, vivir ofrece nuevas fuentes de temor. Saber que uno se va a morir. Saber que los demás se van a morir. Sentir que lo que se sueña está demasiado lejos de donde se está. Creer que se está en medio de una trama elaboradísima en la que el desenlace sólo se evita si se está "un paso antes" del villano y se le niega a la tragedia el elemento sorpresa (quitándole su naturaleza). Diariamente, cada persona en el mundo lidia con la tensión entre sus temores y el vivir a pesar de ellos. A veces, se dejan bajo el tapete los temores y se vive como si se corriera en una trotadora sin descanso; las cosas atropellándonos y el destino siempre inalcanzable, aun estando a la vista. Sin embargo, sólo hace falta un toque sutil en el lugar adecuado para recordarlo todo y voltear a ver los miedos por sobre el hombro, como tratando de no darles demasiada importancia.

Quedan los temores que surgen siempre. La polvareda que se levanta al dar cada paso si no se ha tenido la delicadeza con uno mismo de "mantener la casa en orden". El miedo a fallar (con uno mismo o con alguien más), a herir, a hacer daño, a que no te quieran, a que te olviden, a que no te olviden. A que no olvides. A que no logres recordar esto que sabes que necesitas conservar en la memoria. A equivocarte mientras interactúas con las personas. A no perdonarte los errores. A repetir los errores. A ser una mala persona y quedarte solo. A que no te quieran.
Para estos temores uno celebra cada noche, como Vasili Zaytsev, que regresa a casa con vida y que logró sobrevivir a ellos un día más. Que tal vez mañana haya mejor suerte y los logre dejar tendidos en el suelo junto a la fábrica de tractores, con un tiro entre las cejas. Que como mínimo, hay que evitar darles nuevas municiones.

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