noviembre 10, 2012

Ruhe

Cuando estoy triste es que me parezco más a mí mismo.

Cuando estoy triste, escapo más rápido de las conversaciones, resuelvo dudas con monosílabos y rehuyo análisis profundos de todo aquello que tenga que ver con la rutina. La ruta de bus que nos lleva más rápido, si lloverá o no esta tarde, lo que dijeron en la oficina el otro día. Todo me resulta insoportable como un aura migrañosa y trato de desanimar al interlocutor de continuar con su ráfaga interminable de sonidos. Sonidos insoportables que tratan de revelarme una realidad sin valor alguno para mí.

Hablo mucho conmigo mismo. El monólogo interior se hace discursivo, aleccionante. Se mezclan sin distingo imágenes y palabras. Puedo estar soñando despierto y al instante siguiente me hallo en algún análisis furioso de lo que acabo de soñar. Me encierro en mí y me refugio en mí. Me pierdo, me pierden y sólo miro hacia adentro. El mundo sólo existe en la medida en que está presente en lo que imagino o recuerdo, nada más.

Cuando llego a alguna conclusión particularmente dolorosa, me detengo y siento como si una flecha me atravesara. A estas alturas ya creo saber lo que sintió san Sebastián. Pero siempre pasa, deja una herida limpia y sigue de largo; no he tenido que sacarme ningún flechazo hasta ahora.

Desde que dejé de guardarme todo lo que sentía, siempre que estoy triste lloro un poco. Nunca a moco tendido, con gritos lastimeros o sollozos. Es un lagrimeo silencioso que sólo hace eco por dentro. Sólo lloro para mí, no para pedir ayuda. Creo que eso hace que los demás supongan cosas. Mal, como siempre. Suponen que estoy enojado. Y ahí volvemos a lo de escapar a las conversaciones estúpidas.

Cuando estoy muy triste, hablo más bajito y sonrío por bobadas cuando estoy con desconocidos. Duermo mucho y sueño poco mientras duermo. Desayuno poco por física falta de apetito pero termino compensando el resto de la mañana con múltiples tentempiés. Me tomo una cerveza en solitario. Sólo una.


Creo que la tristeza es algo que no varía con los años, sólo hacemos más sofisticado lo que le ponemos alrededor como si fuese un altar.

2 comentarios:

Arturo Sanjuán dijo...

Muy bonito, me gustó mucho.

Andrés Salcedo dijo...

Gracias por leer, Arturo. Qué bien que te gustó.