marzo 07, 2013

Valley

La primera vez que pensé en morirme fue el día que sepultaron al hermano.

La segunda fue en plena guerra del golfo, cuando uno no entendía qué tan grave podía ser y a veces creía que toda esa cantidad de balas y misiles podían caer por error donde uno estaba. No podía ser más extraña la sensación porque justo por esa época yo andaba en el que era, tal vez, el lugar más plácido del mundo.

En la finca de los tíos pasaba los días a la orilla de la carretera, viendo pasar buses «subiendo y bajando», esperando a quienes se habían ido monte arriba a cambiar las vacas de potrero, caminando entre pastales, cultivos y gallinas. Cuando tenía suerte, iba a caballo junto a algún tío hasta la casa de un vecino, prestando atención a la forma en que se movían las orejas del animal. Nunca aprendí a montar a caballo por mi cuenta.

Cuando crecí lo suficiente para que me ofrecieran cerveza en las tardes, me sentaba junto a tíos y primos en un gran tronco recostado junto a la casa, justo a la vera del camino. Era un gran tronco, seguramente de uno de los eucaliptos que tontamente han sembrado en la zona. Aserrado para aplanarlo y volverlo un gran banco, era el lugar donde todos en la zona esperaban encontrar a mi familia. "La banca de los Álvarez". Era el lugar perfecto para ver pasar el día, saludar a los vecinos que pasaban por allí, hablar de la vida, oír hablar de política (cosa que se hace con frecuencia en los pueblos, por si no lo saben), todo eso con una cerveza en la mano.

El entorno de esa placidez, casi que propia de la Arcadia legendaria, era la imagen de un valle tallado en las rocas, profundo y flanqueado por enormes acantilados, paredes verticales que dominaban el horizonte. Así ya nadie viva allí, sé que debo volver a tomar tantas fotos del lugar como pueda y así asegurarme de no olvidar cómo se ve todo aquello.

Porque allá pensé que me iba a morir. Et in Arcadia ego.


Bis Bald!!

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