marzo 12, 2013

Master of

Cuando era pequeño imaginaba que ganaba algún premio para ñoños. Junto a mi mejor amigo haríamos algo tan absolutamente genial que los otros ñoños lo reconocerían como tal.

Pasaron los años y la imaginación transformó esa visión en algo más modesto. Una vida feliz en la academia construyendo cosas divertidas o útiles.

Luego vino el pregrado. El amigo estudió una ciencia exacta, yo una ingeniería. La idea de continuar en la academia persistía, en parte por costumbre y en parte porque no quería vivir lo que vi que mamá vivió: Años de cubículos, de 8 a 5, de lunes a viernes. Porque creía que había más espacio para hacer cosas nuevas, diferentes.

Justo antes de terminar el pregrado, llegaron al hogar los problemas reales, tan reales que tuve que enfrentarlos yo. Dejar a un lado la academia, el título y todo eso por la necesidad de resolver los problemas reales. Después se abriría el espacio para terminar lo pendiente y recoger el póster aquel en el que aceptan que sea ingeniero, sin dejar de atender la realidad y convivir con los cubículos resignado.

Han pasado ya cuatro años y algo más desde que terminé el pregrado. Han sido ya tres veranos en los que he intentado volver a eso que llaman la Academia. A leer papers, masticar datos y concluir algo después de construir algo y probarlo. Siempre ha sido el mismo resultado, siempre falta algo y a la vez, cada día pasa más tiempo y me alejo más de ese mundillo.

Hay momentos en los que desprecio lo que hago todos los días y no le encuentro valor, así a otros les parezca digno de admiración. No le encuentro gracia ni siento que haya hecho algo notable. Ahí miro en el patio vecino y veo que la Academia es un molino de undergrads, donde el sistema no está hecho para mantenerlos a todos y tal vez la frustración termine siendo la misma (con algún póster nuevo en la pared, tal vez). Y ahora, después de enfrentar los problemas reales, siempre pienso en la puta plata para todo, no me arrojo a la aventura sin pensar en lo que costaría.

No sé qué soñar, no sé con qué ilusionarme. No tengo idea de cómo me veo en diez años ni en cinco. Creo que ya recordé cómo se sueñan cosas pero no hay hasta ahora un sueño que me guíe.

2 comentarios:

Nelson Castillo dijo...

Yo he tenido un sentimiento similar, pero no siento que esté ligado a la academia como tal. Aclaro, no a una universidad.

Ya cuando estaba avanzado en el pregrado fue que entendí que me gustaban más las matemáticas que la ingeniería, pero ya era tarde para cambiar y tal vez era mejor idea estudiar ingeniería dadas las circunstancias (más posibilidades laborales).

Algo que no me gusta de la academia es la necesidad de publicar por publicar, aunque no haya nada que decir.

He tratado de estudiar por mi cuenta y lo he hecho y he aprendido bastante.

Concordo con el último párrado. Siento que quiero estudiar más y entender más cosas pero no sé bien qué. Creo que este año estudiaré un poco de estadística y tal vez un libro muy básico de matemáticas.

Andrés Salcedo dijo...

Es que, si me preguntan ahora, después de leer lo que dicen y cuentan, lo que opinan y las condiciones de las cosas, no encuentro el impulso pa intentarlo otra vez. Me he tratado de motivar pero no lo veo claro y no me quiero engañar, no me quiero poner otra zanahoria delante para seguir como el burro, persiguiéndola.