abril 11, 2015

Godos y cachiporros

Hace un rato hablaba del valle en el que vivió mi familia paterna. De la tienda junto a la carretera y la banca de madera. De las conversaciones sobre política que se daban siempre y cada vez en ese lugar, como si la siguiente charla tuviese la posibilidad de terminar en alguna conclusión diferente.

Porque lo político siempre hizo parte de la familia, al menos de la familia paterna. La convivencia siempre pasó y pasa por tener una opinión, discutir y emitir juicios, señalar fallas y aprobar gestiones. No conocí a los abuelos pero he escuchado que él era un tipo noble y calmado, mientras que ella era más recia y orgullosa. Terca si se quiere. Fueron sus hijos los que cambiaron esa visión tranquila del campesino por algo más.

Las historias de su juventud giraban alrededor de lo que traía La Violencia, la que se escribe con mayúscula. El pueblo y la región entera era de mayorías conservadoras, lo que les significó visitas a la cárcel del pueblo y reyertas frecuentes. Eran conocidos como muchachos rebeldes, aunque quién sabe cuánto del orgullo adulto nació de ese enfrentarse a otros desde tan jóvenes. Una de las historias que más impresión causaba en la niñez era una en la que huían a las montañas, al páramo, para quedarse allí por días enteros y escapar de las armas enviadas por el gobierno conservador de turno. Pude no llegar a ser si los hubiesen matado.

¿Cómo juzgarlos por su rechazo al partido conservador después de tantas cosas?

Mis primeros recuerdos políticos son quejas de mi papá. Críticas de algún godo por ahí. A mi casa llegó sagradamente El Espectador todos los días por muchos años -creo que cuando entré a la universidad mi papá dejó de pagar la anualidad porque se había hecho muy costosa-. Eso significa que leí columnas y editoriales casi que desde que aprendí a leer, muchas de ellas con una orientación liberal crítica que a veces resultaba esperanzadora. (Por eso es tan triste ver lo que es ese periódico ahora. Al menos para mí)

Esa misma necesidad de discusiones políticas llevó a mis tíos a hacer política. Al tío que pasó por diferentes cargos hasta ser parte de la gobernación de Cundinamarca. A mi papá trabajando en la campaña de Galán a la presidencia. A los demás hermanos aportando de alguna forma. Y como podrá suponerse, todo eso tuvo un final agrio. De Galán sólo quedaron las fotos instantáneas con papá; del tío, una velación como diputado en la gobernación porque era muy fácil ser político en esa época y terminar asesinado. Y como también era costumbre, nunca se supo quién fue el responsable.

Después de todo eso, los demás hermanos de papá y él mismo se hicieron más reacios a creer. Albergaron menos esperanzas, descreyendo de cada nueva figura. Eso sí, sin aceptar jamás a los godos. Porque allá en la tienda junto a la carretera, allá seguían hablando de los Perilla y de otras familias godas del pueblo. De cómo la guerrilla llegó y así mismo se fue de la región. Pero era más un tema de conversación y menos una forma de vivir.
Sé que papá se quejaba constantemente cuando Pastrana fue presidente. Tanto que llegué a preguntarle si en el fondo quería que muriera. Fue una de las pocas veces que le vi hacer esa cara de sorpresa mezclada con algo de temor. Tal vez se acordó de esas veces que fue él quien se pudo morir. Me respondió con vehemencia que no, que él también era una persona. Que uno jode y chancea pero nunca desea esas cosas. Que vea cómo es este señor Gómez Hurtado, godo como pocos pero es un tipo que piensa.

Cuando Uribe llegó, para ellos llegaba como liberal. Cuando se fue, era despreciable por todo lo que fue descubriéndose. Las conversaciones con mis tíos sobre Uribe pasaron de choques y tensiones a desazón colectiva. En eso se fueron muriendo los tíos y las conversaciones se trasladaron a las salas de velación. Qué agradable ha sido conversar con usted, joven, me decían amigos y primos lejanos de mis tíos. Los años de entrenamiento me hicieron dueño de esa habilidad para la charla en la que las emociones no importan. Esa que acá se acompaña con tinto y cigarrillos, donde nadie sabe si eres tímido o no.

Ya la tienda junto a la carretera la cuida alguien que no conozco y nadie de la familia vive ya en aquel valle. Son pocas las ocasiones en las que me veo en medio de una conversación política pero seguro eso es algo que sé hacer.

Siempre hay una opinión, otra cosa es que uno la comparta. Siempre hay desconfianza hacia los godos en sus decisiones políticas y esa sí se comparte cada vez que se puede.

marzo 11, 2015

Yokohama

Era un lunes calmado. En la mañana me tomé un café con un amigo. Nos sentamos a divagar, a pensar en cosas que hacer. Hay muchas cosas por hacer. Siempre hay cosas por hacer. El café estaba bueno y la mañana estaba fría. Garabatos en el papel, ideas representadas con dibujitos simples.

Él pagó el café como siempre. Caminé un rato antes de tomar un bus camino a casa. Llegué y ya sabía que quería irme. Desaparecer.

Dejé una nota diciendo que volvería tarde. Empaqué mi cámara, un par de lentes y bajé al garaje. Guardé todo en el baúl, encendí el radio y sólo dejé que sonaran canciones guardadas en la diminuta memoria micro ese de que le había puesto el mes pasado. Revisé que tuviese suficiente dinero para pagar un peaje y salí hacia el norte, sin saber bien a dónde quería llegar. Sólo sabía que quería salir y para eso no siempre se necesita llegar a alguna parte. O al menos eso me gusta creer para disfrutar un poco más del camino.

Paré en un centro comercial a poco menos de media hora de distancia. Compré una botella de agua y la guardé en el morral. Retiré algo del poco dinero que me quedaba y con eso compré algo de comer. Un burrito jugoso y una limonada fría. Comí lentamente mientras miraba a los que estaban ahí a esa hora. Porque era lunes y para mí era raro que tanta gente estuviese allí en vez de estar en su casa, finalmente aquello sigue siendo un pueblo y nada más. Un pueblo con mucho dinero circulando y muchas ganas de comer-helados-cenar-pizza-ir-a-cine-darse-besos en un centro comercial.

Terminé mi burrito y volví a la carretera. Pensé en buscar un lugar oscuro, más al norte. Sin embargo, tomé un retorno y algún rincón de la memoria me llevó al otro extremo del pueblo y de ahí a una vereda cercana al cerro. Un camino adoquinado que desembocaba en una hilera de casas, luego un semáforo muy lento, después un puente y de ahí un trecho que daba a una intersección.
El corazón de aquella vereda era esa intersección. Una panadería, un asadero de pollos, un par de tiendas en las que se encuentra cualquier cosa y un expendio de cerveza con corridos y música popular. A la izquierda, nada. Hacia adelante sólo oscuridad mermada por las luces de algunas casas. A la derecha, lo que sea que mi cabeza andaba buscando.

A la derecha fui y avancé con cautela. Como dándole tiempo al gusano en el hipotálamo para decidir cuál era el recuerdo que estaba rumiando y le gustaba saborear. Algunas curvas en este único camino y luego una alerta de la memoria. Debía dar marcha atrás y revisar de nuevo. Desandé parte del recorrido y giré a la derecha en un sendero estrecho junto a una antena que daba cuenta de su existencia sólo por las luces rojas parpadeantes que lucía como tiara. Avancé lento, oyendo con atención a los grillos y al cascajo quejándose bajo las ruedas del carro. Tras un leve giro a la derecha, vi adelante una entrada consagrada a Jesús y de nuevo la memoria rezongó. Reversa lenta en este carro nuevo y ancho, piedras quejándose de nuevo por el peso que les caía encima y media vuelta. Justo ahí entendí qué estaba buscando.

Había ido allí por primera (y última vez) hacía ocho años. Los recuerdos eran de día y con ese portón abierto. Un jardín amplio que alojaba arrumes de arcilla en un rincón y depósitos en otro. Al frente, una casa blanca de dos pisos con rebordes azules o verdes. La puerta abierta en el día, una mujer amable que aquella vez me indicó que mi destino era ese jardín al otro lado del sendero.

Miré al cielo, miré mis manos y miré al vacío. Un gato se acercó y conversamos un poco. Cuando se fue, decidí salir de allí y sólo ahí encontré un destino.

Volví a la intersección, el repecho, el puente, el semáforo, la hilera de casas y el camino adoquinado. Crucé de nuevo el pueblo y llegué a la carretera para seguir hacia el norte. Ya cerca de la medianoche, anduve entre camiones vacíos y cargados hasta un punto, solo el resto del camino. Era lunes y nadie viajaba a esa hora. Aceleré, pisé a fondo el pedal y fuimos tan rápido como nos fue posible. Pronto llegué a un lugar que conocía de toda la vida.
Después de pasar un puente, en una complicada intersección que antes era sólo un pequeño desvío, siempre ha estado la misma tienda de carretera. La recuerdo con toldos amarillos y puertas color marrón. Llena de cerveza, gaseosas, dulces y otros tentempiés colgando del techo. Rosquillas, papas fritas y otros tantos. Parada regular de quienes se disponen a adentrarse en aquella variante del camino, fue el lugar que elegí para escribir algún correo e ignorar los mensajes que llegaban.

Una gaseosa y un paquete de papas más tarde volvi al carro y a la carretera. Los primeros kilómetros discurren junto a una represa que, siendo casi las once de la noche, se convierten en un recorrido fantasmal lleno de neblina, árboles foráneos y sombras de las montañas desnudas alrededor. Era un lugar perfecto para tomar fotografías pero en ese momento prefería conducir por allí, avanzar con las luces para niebla. Apareció un pequeño carro al que alcancé y adelanté sin esfuerzo a pesar del camino sinuoso. Pasé junto a los balnearios y a los termales. La mina de carbón, la escuela de una vereda, la zona de derrumbes, la zona donde el camino solía hundirse. Recordaba cada curva «by heart», como el piloto en su pista favorita. Fueron veinte o treinta kilómetros a pleno en cada curva y cada repecho.

Encontré el lugar que buscaba, lo vi a dos curvas de distancia y reduje la marcha. Apagué el radio y pasé de la caja secuencial Tiptronic a la caja automática. Me sequé el sudor de la frente y puse las luces de parqueo mientras me detenía en una berma junto al camino. Apagué el motor y las luces, dejé todo adentro (menos la llave electrónica con comando de radiofrecuencia) y caminé un poco. Recordaba muy bien aquel lugar porque en esa tienda junto a la carretera había pasado muchos días, muchos años. Lo que no recordaba era ese portón blanquecino que brillaba a la luz de la luna -oculta tras las nubes- y que resguardaba una hilera de casas igualmente blancas que habían puesto unos metros más abajo. A mi tienda junto a la carretera ahora la rodeaba un conjunto residencial de esos que ahora ofrecen para salir de la ciudad y veranear.

Tras dejar atrás la sorpresa de aquella intrusión a la memoria, volví frente a la tienda, cerrada y silenciosa en sus dos pisos, miré desde abajo el balcón de madera por el que deambulé tantas veces y decidí sentarme allí un rato. Busqué el enorme tronco junto a la entrada y, sin hacer mucho ruido, me senté allí. Había llegado y no sabía para qué, así que me limité a sentarme sin pensar en nada más que lo que allí estaba. El carro nuevo bajo la luna -que seguía tras las nubes-, los perros ladrándose a la distancia, uno que otro camión subiendo o bajando, el silencio y el olor único de ese lugar. Temía que alguien en la tienda se despertara y me preguntase qué hacía allí a esa hora, pero luego recordé que posiblemente yo tenía más derecho que cualquiera de sus actuales ocupantes a estar justo ahí.

No soy una persona de rituales desde que abandoné la religión de mis padres hace ya unos quince años. Aún así, allí me quedé casi que meditando, revisando mis pasos, recorriéndolos y desandándolos, viendo que de alguna forma había desandado la vida para llegar allí, al escenario de la infancia más lejana. Era allí donde me sentía de nuevo seguro, parado sobre terreno firme. Una hora después miré al cielo y el eclipse de luna teñía todo de rojo tras el interminable e inamovible velo de nubes. Me resigné a no tomar fotos esa noche, volví a la vida y decidí volver a casa. A ratos con calma, otros trechos a toda velocidad, nunca tan rápido como en el viaje de ida. Llovió en los últimos treinta kilómetros y comprobé que los modernísimos neumáticos Yokohama S-Drive ofrecían un agarre excepcional a cualquier velocidad en terrenos secos y mojados por igual.

Llegué a casa, desempaqué la cámara y me acosté, agotado, esperando que llegara la mañana para seguir vivo.

febrero 26, 2015

Animals

Ese perro sabía que yo tenía el corazón roto esa tarde. No era como todos los demás días que iba a visitarlo, porque iba muchas veces a la semana. Ese día me notó diferente y desde que me vio supo reconocerlo. Ladró más duro y con más afán que de costumbre, como para que me abrieran más rápido la puerta. Apenas entré, no comenzó a saltar y a buscar que jugáramos con el balón rojo y blanco -pinchado- que tenía por ahí; se limitó a acompañarme como tratando de ver bien qué me pasaba.
Esa tarde mi amigo A. se iba a demorar un rato en llegar, así que me quedé en la sala leyendo alguno de los libros de la biblioteca. Al rato el perro entró a la casa y se hizo al lado mío, no ladraba y se limitaba a acompañarme. No sé qué fue lo que vio pero en algún momento comenzó a lamerme una mano y a poner la frente bajo los dedos. Pocas veces he sentido que alguien entiende tan bien como me siento. Dejé de leer y me dejé acompañar del perro.

*

Una noche que andaba muy triste, terminé casi que por puro azar en un sitio al que no iba hacía siete y ocho años. Un rincón recóndito de alguna vereda, de algún municipio en la sabana. Era de noche y la iluminación era mala. Aún así había llegado casi que de memoria y estaba ahí entre una casa de dos pisos y una verja marrón, en un camino de tierra sin placas ni señales. Esa noche habría eclipse de luna y llevaba conmigo una cámara y un par de lentes. Quería perderme, esconderme de todo, e igual pensaba en tomar fotos.

Cuando llegué frente a la verja marrón supe que había estado ahí antes. Mientras revivía muchos recuerdos, se asomó un gato gris detrás de mí. Se trepó a una estaca y se quedó mirando a una distancia prudente. Al terminar con esos recuerdos (por el momento), me di vuelta y nos quedamos viendo. Conversamos un rato, le compartí algunas ideas y me dejó saber que estaba preocupado. No nos habíamos visto antes e igual estaba preocupado por mí. Cuando creyó que yo estaba más tranquilo y pensaba más en el eclipse que en los recuerdos, se despidió y saltó con gracia de la estaca, trotando junto a una zanja hasta perderse de vista. Yo desandé parte del camino y pasé la madrugada cerca a la finca de los abuelos, escuchando a los grillos y mirando las nubes junto a la carretera.

Amanecí sin fotos del eclipse, claro.


febrero 23, 2015

¡Showtime!

Todos recordamos la presencia de El Espacio en cada esquina. Grandes titulares en tinta roja, enmarcados siempre por signos de admiración. ¡Siempre!
Era básicamente un llamado a gritos para que todos vieran lo que habían puesto en esa nueva edición. En este país, donde por más de un siglo hubo dos periódicos de circulación nacional hechos de la forma más ortodoxa, la existencia de El Espacio era tan disruptiva como predecible. En la cabeza de todos, la existencia de esas noticias y esa reportería estaba limitada a El Espacio y a una única emisora radial.

El Tiempo y El Espectador cuidaron siempre las formas, las maneras, los compromisos. El Espacio acudía a una versión simple, más cercana al entretenimiento que al deber informativo. A los hallazgos de la noche anterior, con fotografías a todo color y descritos de forma minuciosa. A las fotos de muchachas mostrando las tetas en la última página -con denominación genérica: «la mona»-, rodeadas siempre por chismes de farándula. Al crucigrama que muchos rellenaban sagradamente con diccionario de inglés y tabla periódica en mano.

El Espacio fue el primero en tener éxito cruzando esa línea que iba de la información al entretenimiento. La sección judicial acudió siempre a instintos básicos fáciles de satisfacer. A querer ver. Nada de lo que relataban ahí te importaba la mayoría del tiempo y no servía para nada diferente a una conversación banal mientras te tomas un tinto. Los periodistas que por ahí pasaban "se curtían" en el periodismo judicial, un bello eufemismo para las noticias que involucraban accidentes, riñas, sangre y vísceras.
Cuando los estudios de medios eran publicados, todos veían que El Espacio tenía una cobertura y lecturabilidad relevantes, compitiendo sin lío con los otros diarios nacionales.

Casi al mismo tiempo que el formato de El Espacio era replicado por otros a menor costo, apareció en televisión una propuesta no muy alejada de este entretenimiento. Inicialmente en un horario de bajo riesgo -a primera hora de la mañana, al tiempo con el amanecer-, un canal regional decidió enviar a alguien a recoger en video estas mismas historias simples, muchas veces cruentas. Descubrieron que esa sección mantenía a la audiencia pendiente y la hicieron más elaborada, presentando avances a lo largo del programa y moviéndola una hora más tarde. La gente esperaba a ver las noticias completas.

Tuvo tanto éxito este formato que fue copiado por canales nacionales, dedicando muchos recursos a ello, extendiéndolo al día, al tráfico, a la tarde, a otras ciudades, a las autopistas. Los periodistas que habían creado el formato pasaron a estos canales, mejor pagos. El programa original continuó con otros presentadores, manteniendo la misma estructura. Ya todos eligen en qué canal ver la sección judicial plagada de ambulancias, policías, imágenes desfiguradas por cuadritos y declaraciones censuradas porque a esa hora todos dicen hijueputa.

Si alguien se sienta a escuchar con atención la forma en que estas noticias son reportadas, se parece mucho a como escribían en El Espacio. Muchos adjetivos, símiles y metáforas para describir situaciones simples. Muchas palabras para decir algo sencillo. No hubo un incendio en una casa esa noche, no, «las llamas danzantes iluminaron la fría noche capitalina, avanzando con prisa por aquel lugar». Es una lucha por llegar a la cabeza del que está viéndolos para crear una imagen. Darle un montón de palabras para que cree algo en la cabeza. No se trata simplemente de saber qué pasó; se hace relevante suponer cómo pasó. Dejar que el televidente imagine cosas a pesar de estar viéndolas él mismo en el televisor.

El Espacio dejó de publicar en noviembre de 2013. Otros buscan explotar ese nicho de mercado con propuestas similares. Los programas de la mañana, inicialmente una copia de los formatos norteamericanos, ahora incluyen juiciosamente una sección judicial de la misma forma que hace unos años les añadimos una de entretenimiento. El interés por las tripas ajenas jamás ha decaído.

Adenda (20150416): Otro texto sobre la crónica roja.

febrero 17, 2015

Ran along

La calle 45 en Bogotá hace parte integral de los recuerdos. Desde la infancia hasta la vida adulta. Muchas cosas han pasado mientras voy por ahí.

Cuando estaba en el colegio, un amigo tomaba el colectivo que lo llevaba por la 45 hasta la 30 y ahí, hasta la calle 22, a las torres Colseguros. Como el tráfico era lento, yo corría por la calle 45, por la acera norte, tratando de llegar antes que el colectivo a la carrera 30. Conocía los tiempos de los semáforos, sabía que si cruzaba uno justo antes de cambiar a rojo, podría encontrar los siguientes en verde si iba a toda velocidad. Era una larga carrera de 14 cuadras que ganaba cuando tenía suerte.

Había un local de alquiler de videojuegos con cinco PSx apiñados en tres metros cuadrados. Cada consola atendía a tres y cuatro participantes que se turnaban para jugar, así que el espacio era bien escaso y las sillas se chocaban cuando alguno se paraba a celebrar un gol. Ahí comencé a ir a sitios como ese con amigos. Es divertido.

Cuando comenzó Transmilenio en Bogotá, encontré que era más rápido tomar un bus de la ruta 60 hasta la estación Marly, ahí cambiar a un bus corriente y caminar por la calle 45 hasta la universidad. Eran 45-50 minutos invariantes, mientras que ir en bus "normal" implicaba recorrer la carrera novena, varios semáforos que habitualmente estaban atascados, accidentes que solían hacerlo todo peor. En una de esas caminatas por la 45, iba a un final de Física. Un par de cuadras al occidente, vi que una niña con uniforme de El Carmelo se tropezaba y caía de frente al piso. Yo iba sobre el tiempo e igual me quedé ahí, viendo si estaba bien y si necesitaba ayuda. Un par de raspones en las manos y logró seguir su camino.

Un año en el que llevaron un Ferrari de fórmula 1 a exhibir en la estación de gasolina en la carrera 17.

Cuando iba pensando en A. y casi me atropella un taxi por eso. Antes de cruzar la carrera 17, vi el semáforo y estaba en rojo para los carros. Cuando comencé a cruzar cambió a verde y un taxi que venía de lejos eligió pasar raudo, golpeándome la maleta con el espejo.

Las incontables veces que fuimos con dos amigos (uno de ellos el buen accusor) a jugar fútbol en PlayStation.

Por años reconocía cada almacén y notaba cuando alguno cerraba o cambiaba. Era un lugar que sentía como propio y en el que me sentía seguro, street-wise.

febrero 12, 2015

printf

Como pasa con los computadores, creo haber visto muchas cosas cambiar en la forma de imprimir documentos. No había hecho el ejercicio de recordarlo pero este post de Olavia Kite me empujó a hacerlo.

Todo esto lo vi en la oficina de mamá, un banco relativamente joven que por eso mismo no tenía miedo de usar tecnología novedosa.

Los primeros recuerdos que tengo, por la misma época de las cintas magnéticas y los mainframes IBM, son de pequeñas y lentas impresoras con cabezas esféricas que giraban y ponían cada letra, más cercanas a las máquinas de escribir eléctricas que a una impresora como la imaginamos todos. Una única cinta negra, una única fuente (estilo de letra), mucho papel en formas contínuas.
El papel era normalmente blanco. Luego vi que había uno especial para contabilidad con líneas verdes y blancas a modo de renglones. El famoso papel de carnicería. ¿Cómo llegaría a las carnicerías viniendo de los bancos? Nunca lo supe.

Cuando comenzaron a llegar los primeros computadores personales, una mezcla de IBM XT y equipos con procesadores 386, aparecieron nuevas impresoras. Tenían una matriz de puntos que emulaba el relieve de cada letra a medida que la cabeza de impresión se movía de izquierda a derecha. La misma cinta negra. Ahora el sonido no parecía el de una máquina de escribir cuando tecleas, era mucho más agudo porque la matriz se movía más rápido y cada golpe en el papel era más pequeño.

Pronto aparecieron soluciones empresariales para hacerle más fácil la vida al oficinista estándar. Impresoras para formatos estándar (como la Epson 810); para gran formato (Epson 1170); enormes impresoras que sacudían la mesa donde las ponían, capaces de almacenar varias resmas de papel y guardar en su enorme memoria de algunos cientos de kilobytes, varias tareas de impresión de usuarios diferentes (Epson DFX-8000). Todas más o menos con el mismo chillido agudo y rítmico. Sabías cómo sonaba cuando trazaban una línea, cuándo ponían puntos, comas, tildes, estados financieros o tareas de español.

Obvio yo vi estas impresoras desarmadas en mantenimiento. Abrí yo mismo una cinta vieja para ver cómo mantenían sin enredo metros y metros de cinta. Era fascinante.

Casi al tiempo con los equipos multimedia (esos que tenían parlantes y ya no sólo la bocina del sistema) llegaron nuevas impresoras. Les decían "burbuja" para traducir de alguna forma el bubblejet que le ponía Canon a sus impresoras de inyección de tinta. Ya no había una larga cinta negra y habían puesto unos pequeños cartuchos sobre el cabezal. Ahora el sonido de la impresora era grave, un bostezo largo al que le daba igual imprimir poemas o extractos bancarios. Al igual que Olavia, recuerdo ese mismo model de impresora Canon BJ-200 con cariño. No tuve una pero las usé muchas veces, eran confiables y de calidad excepcional. Estaba ya en la universidad cuando imprimí los últimos documentos con una de esas. Todas las secretarias de jefes tenían una a la mano y nunca les fallaba.

En mi casa, la primera impresora fue una Epson LX-300. Antes de eso siempre imprimíamos cosas en la oficina de mamá o usábamos alguna impresora que ella hubiese traído para trabajar. Esta pequeña impresora se volvió omnipresente tiempo después por su tamaño reducido y su flexibilidad. Todos los Betatonio tenían una para imprimir sus facturas. Recuerdo que imprimía mis trabajos del colegio hechos en Wordstar, WordPerfect 5 y Flow charting. Una sola vez imprimí algo hecho en Banner (me pareció un desperdicio), nunca imprimí algo hecho en Creative Writer (misma razón). Luego llegó MS Windows y con él MS Word. Recuerdo una o dos de las plantillas que traía Powerpoint entonces.
Esa impresora estuvo con nosotros muchos años; algunos en décimo grado del colegio me decían que yo era el primero en llevar impresos de tareas y ahora era el único que no tenía impresora de inyección de tinta. Obvio había algunos que tenían impresoras a color para imprimir mapas de MS Encarta, era terrible no poder hacer lo mismo.

Volviendo a la oficina de mamá, en algún punto llegaron otras impresoras, misterioras e increiblemente rápidas. También recuerdo que salían las hojas tibias y con detalles impresos que no había visto nunca. ¡Podían imprimir el logo del banco con detalle y precisión! Vi cómo estas cajas misteriosas imprimían muchísimos extractos de cuenta rápidamente, era casi que ciencia ficción. Habían además, nuevas versiones reducidas para hacer pruebas y consultas en el piso donde trabajaba mamá. Eran las primeras impresoras láser y obvio fui a buscar por ahí cómo funcionaban, quería entender cómo hacían para no hacer ningún ruido y escupir hojas llenas de garabatos sin pestañear.

Contemporáneo a esto, llegó la inyección de tinta de colores a mi casa. Una eficiente impresora Lexmark Z32 con cartuchos muy caros. Obvio la probé imprimiendo alguna foto a color, cosa que no volví a hacer porque era un desperdicio. En este punto ya era un negocio la recarga de cartuchos con tintas genéricas. Lo que no muchos sabían era que la presión de carga era diferente en cada marca y no siempre había buenos resultados. E igual, un cartucho de tinta parecía costar lo mismo que la sangre de un unicornio.
Viendo que estaban perdiendo el negocio de la posventa, los fabricantes comenzaron a ofrecer precios más razonables y soluciones eficientes como separar los cartuchos por colores (siempre quedaba un montón de azul o de rojo, el amarillo siempre se iba primero por cómo se producen los colores -incluso el negro-).

Cuando hice el mismo razonamiento que Olavia, que tenía plata y podía comprar lo que quisiera, fui a algún almacén y me hice a una impresora láser de precio razonable. Nadie en casa estaba interesado en imprimir colores ya, así que todo era cuestión de eficiencia y rapidez. De hojas tibias y poder imprimir cosas con códigos de barras. De muchas, muchas hojas por cartucho. De no tener que esperar a que imprima 4 o 5 páginas por minuto. Tengo una Samsung ML-2240 y soy feliz con mi impresora láser.

febrero 11, 2015

Carta a Uldarico Peña

Saludos,

espero que esté usted bien. Que el día sin carro haya sido un buen día. Es importante que lo haya sido, pues todas las personas a las que representa estaban sirviendo a una ciudad que los necesitaba más de lo habitual.
Es en días como ese, en los que cobran más protagonismo en la vida de la ciudad, que se hace más importante revisar las cosas que podrían mejorar. Porque, como todos aquí, usted y el gremio al que representa también pueden mejorar muchas cosas.

Sería bueno que comenzaran por respetar las normas de tránsito. Esas que están consignadas en el Código de Tránsito. Usted sabe bien de qué hablo: no ir en contravía, no hacer doble fila en un giro a la izquierda (porque obstruye el tráfico que no va a girar), no volarse semáforos en rojo, no transitar por las bermas y ciclorrutas. Algo básico. Equivale a comenzar aceptando ese acuerdo colectivo que hicimos para definir cómo vamos a comportarnos cuando vamos por la calle.
Que los conductores de taxis sólo se rían cuando se les señalan sus infracciones da cuenta del desdén que tienen por quienes comparten las calles con ellos. Muchas veces es mejor llegar a salvo que ahorrarse dos minutos. Es más, estoy seguro que el dinero gastado en reparaciones por choques y comparendos supera lo que teóricamente ganan "ahorrando tiempo" al saltarse normas de forma sistemática. Porque ellos, ustedes, justifican su comportamiento en los quinientos kilómetros que recorren al día; suponen que la experiencia les permite hacer las cosas a su antojo. Es un empirismo peligroso.

Y ya que estamos en acuerdos colectivos, también sería muy útil que sus agremiados no sean violentos. No ejerzan violencia. Usted me dirá que sólo responden a lo que una ciudad violenta les ofrece. Yo le responderé que ese comportamiento no resuelve nada, no cambia a la ciudad, los hace más vulnerables (porque evadir la confrontación inútil siempre será más sabio que encararla) y además atemoriza a quienes sólo queremos usar su servicio. El gremio de taxistas no debe ser una fuerza paramilitar que anda por ahí impartiendo justicia. Dejen de romper espejos, de cerrar a otros carros, de llamarse por la frecuencia de radio como si de una mafia se tratase.

(En este punto estoy seguro que usted, don Uldarico, me traerá datos sobre cuánto han ayudado a la Policía como gremio. Se lo agradezco pero prefiero que se ocupen primero en ofrecer un servicio respetuoso de sus usuarios. Después vemos lo de ayudarnos a estar seguros entre todos)

Entiendo, entendemos que ser conductor de taxi en esta ciudad es muchas veces un escampadero, una salida casi que informal a la falta de oportunidades. No hace falta conocer la ciudad (para elegir la mejor ruta) ni presentar prueba alguna para ser conductor de taxi. Muchas veces, lo que se ve es que las empresas que agrupan taxis sólo están interesadas en recibir sus pagos mensuales, sin que importe mucho cómo hace cada taxista para recoger el dinero correspondiente. Más de una vez nos hemos topado con un conductor al que se le apaga el carro cada tres o cuatro cuadras (¿tendrá al menos la licencia? ¿ustedes revisan esto?) o el que no conoce la ciudad y no sabe cómo llevarnos. Parte de ofrecer un mejor servicio sería entonces capacitar a los nuevos taxistas, ayudarles a ser mejores en lo que hacen. Las empresas de taxis deberían hacer algo más que ocupar una frecuencia del espectro y tener un conmutador telefónico.

Como estamos hablando de lo que podrían hacer las empresas, se me ocurre que podrían pensar en usar carros que sean seguros para los conductores y los pasajeros. Más de una vez, los resultados de un accidente son peores de lo esperado porque, pensando en reducir costos antes que en prestar un buen servicio, los dueños de los taxis y las empresas que los agrupan han elegido carros baratos. Vehículos que carecen de muchas de las medidas de seguridad activas y pasivas que vienen de fábrica en cualquier otro carro. Los importadores han aprovechado esto y han alimentado esa necesidad trayendo vehículos nimios, que seguramente son muy económicos en el mantenimiento pero que le aseguran a todos sus pasajeros heridas graves en cualquier colisión. Aún así, la responsabilidad es de quienes compran y usan estos carros. De nuevo, los usuarios entendemos que tampoco les importa nada diferente al producido.
El Estado carece de voluntad suficiente, pero yo esperaría que algún día esto sea regulado y sólo se permita prestar este servicio en vehículos que garanticen la seguridad de quienes los usan.

Cada cierto tiempo, usted don Uldarico, sale en televisión y radio pidiendo que el Gobierno distrital fije una tarifa justa para el cobro del servicio de taxi. En la última década han acudido varias veces a bloqueos y demás protestas que, de nuevo, ignoran las necesidades de quienes vivimos con ustedes en la ciudad. Han puesto a otro montón de asalariados a caminar por horas para llegar a su casa. Eventualmente consiguen lo que buscan porque entienden que tienen poder suficiente para presionar a los demás. De nuevo, pasa por la forma que tienen ustedes de ejercer violencia sobre otros, creyendo que tienen el derecho de hacerlo.
Sin embargo, son incapaces de respetar esos mismos acuerdos; a diario muchos lidian con taxímetros adulterados, con conductores creativos que usan aplicaciones de taxímetros en el celular o que simplemente cobran lo que les parece. ¿Para qué discutir tanto por una tarifa que al final no usan? ¿Por qué las empresas de taxis no controlan los taxis y los taxímetros? ¿Por qué nos toca usar a la Policía para eso? ¿Por qué roban? Porque cobrar de más es robar y muchos conocemos de cerca casos en los que el taxista termina golpeando a alguien que no le paga completo argumentando que les está robando su trabajo (y estaría de acuerdo en la premisa mas no en la golpiza). Entonces, ¿importan las tarifas o no?

Puede que para usted, don Uldarico, lo que es más visible son las negociaciones con el Gobierno y con los negocios de otros mercados como autopartes y combustibles, relacionados con su gremio. Pero lo que ve cada uno de nosotros, cada día, es la actitud y el comportamiento de un taxista anónimo (así la placa en la silla tenga un nombre) que sólo nos deja pensando cómo ustedes han sido incapaces de hacer algo mejor de sí mismos.
Así pues, espero que algún día no muy lejano nosotros, ciudadanos como ustedes, podamos definir cómo deben los taxistas hacer su trabajo. Porque estoy seguro que así debe ser y no al revés, como ahora.

Que tenga un buen día.

febrero 10, 2015

Sport ranthought - 20150210

¿Alguien pensó que el Manchester City dependía tanto de Yaya Touré? Es decir, este equipo ha buscado cubrir cada posición del campo con dos y tres jugadores de buen nivel para enfrentar todas las competencias. Sin embargo, la defensa se ve expuesta y vulnerable ahora que el corpulento y habilidoso centrocampista está atendiendo partidos en la Copa Africana de Naciones.

Kompany se ve como un capitán voluble y con poco acierto al hacer cierres; Demichelis es lento; Zabaleta no alcanza a cubrir los errores de todos; Clichy le quitó el puesto a Kolarov y todos recordamos los momentos en los que Gaël toma malas decisiones, se apaga momentaneamente. Hace poco compraron un defensa joven, Mangala, por una cifra desproporcionada. Se ha visto cómo no hace justicia a lo que pagaron por él; le faltan muchas temporadas sobre los hombros y se ve descompuesto e inseguro.
Frente a ellos, Fernando y Fernandinho erran pases, no dan salida, cortan el juego de forma violenta (dependiendo de qué tan permisivo ande el árbitro de turno). No cubren a los cuatro que estén detrás de ellos y eso se nota. Quien logra aprovechar estos espacios juega con propiedad contra el City.

Hace un tiempo pregunté si el dominio basado en el dinero disponible iba a hacerse irrebatible. Aunque todavía siguen a varios partidos de distancia del resto, me atrevo a decir que no dan abasto. Chelsea comienza a flaquear ahora que llega a rondas relevantes de copas y fechas clave de la liga. ¿Alcanzará para que otros lleguen a disputar la liga como el año pasado?

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Después de varios partidos como titular, comienzan a llegar los primeros comentarios relevantes sobre el desempeño de David Ospina. Con esto quiero decir que los blogueros más reconocidos alrededor ya le dedican tiempo.
El más reciente es el podcast de arse2mouse y en general cubre todo lo que se ha dicho, tuiteado y escrito sobre Ospina en el último mes. Y es que le ayuda mucho haber estado en "el milagro del Etihad", ese partido tácticamente perfecto en el que igual fue figura. Sin embargo, algunos señalan que su estatura no le ayuda a ser dominante en una liga donde más de uno busca cabecear y ganar por arriba. También aplauden que sea un buen atajador. Comentan cómo muchas veces elige sacar largo, una cosa poco vista en Arsenal recientemente. A veces elige bien receptores; a veces, como hoy contra Leicester, elige mal y sus saques terminan en ataques del rival quince segundos después.
Ojalá termine de establecerse como titular, ojalá se sienta más seguro y mida mejor esas salidas que a veces no mide bien.

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La NFL como espectáculo supera a muchos otros. El tiempo de juego es corto y mucho se va en repeticiones, tomas entre jugadas y anuncios comerciales. Aún así, entrega muchos datos, muchas opciones y cambios súbitos en el resultado. Un gran espectáculo sin duda. El partido entre Seattle y Green Bay por el campeonato de la NFC así lo demuestra.

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El otro día me senté a ver un programa de WRC sobre el rally de Montecarlo. Robert Kubica sigue rompiendo cuando carro lo ponen a conducir. Parece ser el equivalente del que hace una de más en fútbol. Eso sí, es bueno verlo conduciendo de nuevo después de su accidente en Montreal hace ya unos años.
¿Les he contado que me parece más talentoso un conductor de rally que uno de fórmula 1?

febrero 04, 2015

Negotiator

Desierto

¿Recuerdan la película El negociador con Kevin Spacey y Samuel Jackson? Ambos son negociadores de la policía, uno (Jackson como Lt. Danny Roman) toma rehenes en su oficina para ganar tiempo y hacer su propia investigación sobre la muerte de su compañero. Mientras tanto, hace llamar a otro negociador desconocido por todos, de otro distrito (Spacey como Lt. Chris Sabian) para que negocie la liberación de los rehenes.

Hay buenos diálogos y la trama de la historia va andando con sobresaltos y matices. Uno de estos diálogos entre negociadores, en el que Roman y Sabian hablan para tratar de saber lo que el otro piensa, trae una secuencia en la que Roman comparte su gusto por los westerns, especialmente Shane. Sabian responde con algo de burla diciendo que es curioso que elija el western en el que el héroe muere al final. Discuten sobre lo que pasa en la última escena. Cae muerto sobre el caballo o sólo se deja caer (slumped).

El recuerdo de esta película me llevó a ver Shane. Demás que gustar de los westerns y no verla es como pecado. Son dos horas de una historia de la que, en teoría, ya sabía el final. Alan Ladd se esfuerza por mezclar el espíritu de un pistolero eficiente con esa búsqueda de paz que sólo tiene el que ha visto muchos muertos. El niño que hace de coprotagonista es frustrante como debe ser para muchos un bebé llorando en un avión; el tono de voz es muy agudo, el tono es forzado y sin embargo, se ve una admiración creíble por Shane. Así son los niños con sus héroes.
Fue una grata sorpresa encontrar a Jack Palance con su pelo negro y su sonrisa socarrona como el enemigo a vencer. No se llega a saber mucho sobre los compinches/matones de Ryker, sólo están ahí y hacen lo que un matón hace mejor. El mismo Ryker es plano y simple durante una hora y cuarenta minutos; es en los últimos veinte que llegamos a saber qué piensa o siente cuando jode a los demás, lo que lo motiva.

La fotografía es realmente buena (hasta donde sé, ganó premios por ello), aunque usan las tomas "de noche" hechas de día con filtros (un estándar de la época, no es algo malo en sí) y la falta de costumbre causa incomodidad. Todo está saturado y por eso mismo es agradable de ver (así suene raro). La música que acompaña las escenas destruye algunos momentos y es torpe, distrayendo cuando trata de guiar hacia alguna emoción dominante.

Y bueno, tampoco sé con certeza si Shane se muere al final o no. Igual, nosotros en Latinoamérica ya tenemos a Vicente Fernández muriendo al final, casi siempre (creo que sólo en una no se muere).

enero 29, 2015

Ranthought - 20150129

Este mes he estado disperso. Más de lo normal. No he vuelto a las andadas de soñar despierto más de la cuenta, pero sí he dejado ir horas que pude haber aprovechado mejor. Parece que un par de meses bien trabajados me dejaron cansado. Quién lo creería. Todavía falta para que el cuerpo siga a la cabeza en lo de la disciplina.

Tal vez me he ocupado un poco pensando en los caminos que han aparecido para recorrer y que no esperaba. Me gusta la idea, de paso enfrentamos unos miedos que hay por ahí chimbeando.  Las otras opciones también siguen avanzando, espero tener muchas opciones de camino en los próximos meses. ¿Qué tanto estoy dispuesto a arriesgar y sacrificar en el proceso? Sólo recuerdo lo que I. me dijo, "irse a dar culo no es la solución, parce".

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Quiste sinovial en el tobillo del pie que más uso. No me emociona la idea de enfrentar otra cirugía, la tercera en la cuenta. Todo indica que tengo los mismos tobillos de Jack Wilshere y ya me mandaron a buscar muletas para los días en los que no podré apoyar el pie. Hasta aquí llegó la idea de hacer ejercicio, al menos por un tiempo. Me queda creer que después voy a estar mejor y voy a poder jugar sin que me duela.

Me pasó lo mismo que con los dedos rotos: Me ganó el desespero y volví a jugar fútbol. En los cuatro partidos que llevo este mes me he sentido bien, casi que diría que la mejora de ánimo también se nota en la forma de jugar. Ya me volví a tirar en barrida y todavía está todo eso que sé hacer, defendiendo y atacando. Me gusta como juego. Me gusta verme mejorar. Se me nota la rutina de ejercicio diaria.

Todo esto lo escribo para darme ánimo cuando ande en una pata por ahí.

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Creo que me tomé muy en serio lo de volver al estado reclusivo. De nuevo, me estoy cuidando porque me sigue aterrando exponerme más de la cuenta. Igual, no pasa nada que justifique hacer las cosas de otra forma.
No hay mucha demanda de panderitos estos días. Es lo que hay.

Mi gurú espiritual me añadió a Facebook. Vi que volvió a su ciudad y supongo que quiere saber cómo estoy. Me gusta pensar que, aunque trato de volver a lo de cuidar de mí, siempre está ella por ahí cerca en la esquina. Por si el round se pierde, por si me llega algún jab bien puesto.

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¿No les molesta ver que las postales no llegan? A mí me enoja mucho. Ineptos.

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Hace rato no tomo fotos. Hace rato no dibujo. Llevo días sin hacer origami. Cuento los días para que me visiten. Cuento los días para un montón de cosas. Debería estar ansioso pero estoy tranquilo.