enero 20, 2016

Ranthought - 20160120

Estuve jugando con Adobe Illustrator. Es fácil entender por qué siguen siendo la opción de facto para varias industrias y sus tareas. La siguiente tarea es aprender InDesign y publicar un libro.

O hacer todo en LaTeX.

*

¿Me creen si les digo que nunca había paseado un perro hasta la semana pasada? Eso es algo que siempre le dejé a sus dueños y sólo hasta la otra noche fui el humano de un perro en su caminata nocturna. Se sintió bien, fue divertido. Un simil bien divertido de las cosas que lo halan a uno a moverse sin pensarlo mucho.

enero 19, 2016

Sport ranthought - 20150119

Jabba the Hut is a Stoke City supporter.
(Jabba the Hut is a trademarked character, used here only for educational, illustrative purposes.)
(This illustrative portrait was found in Stuart MacFarlane gallery. Go check it out)


Jabba the Hut is a DECENT Stoke City supporter.

enero 18, 2016

To know

Es muy probable que en algún momento haya escrito acá sobre la necesidad de ignorar información. Aquel post de Arhuaco en el que nos contaba cómo a veces era necesario dejar pasar cosas que llegaban a uno: noticias, escritos, mensajes, documentos, publicaciones varias. Es muy fácil conectarse a fuentes inagotables de datos y mensajes, a ríos infatigables de códigos variopintos que se desparraman sobre uno como un delta majestuoso de aquellos.

Qué fácil es ahora disponer de contenidos generados al vaivén de los días, del clima y de lo que nos llame la atención. Miles y miles de manos ansiosas de interacción, de validación o de algo en medio, enviándole a otros migajas para que los sigan en sus búsquedas o para que los acompañen a saltar dentro de su castillo inflable personal. Porque, aceptémoslo, también nos gusta ir a saltar en castillos inflables un rato, quemar calorías y socializar. Y saltar, que es muy divertido además.

Durante los últimos diez meses -más o menos- he evitado voluntariamente recibir noticias e informes por radio y televisión. Me impuse una censura de medios para no consumir más periódicos y noticieros locales, no más radio hablada en la mañana y no más debates en la noche. La idea detrás de esa restricción fue ignorar la fuente de conversaciones inocuas y de ruido inane, muchas veces guiado por intereses tan transparentes como indeseables. La línea editorial que crucifica a un alcalde y aplaude al siguiente, la línea editorial que entrevista a un policía en cada noticia, la línea editorial que hace preguntas sesgadas y ha juzgado de antemano a quien entrevista.

Mi fuente de información era entonces aquel río eterno de gente que seguía en Twitter. Por esas ciento treinta personas me enteré durante meses de lo que podía ser relevante, incluyendo sus opiniones sobre ello. Volví al voz a voz de hace unos siglos (le añadí una lista que leía a primera hora donde estaban cuatro o cinco periódicos extranjeros, dos agencias de noticias a las que poco se les nota quién las financia, y el New York Post que siempre era el postre a falta del National Enquirer). Mezclaba lo que leía de personas alrededor con lo que veían otros desde muy lejos y tenía espacio para formar mi propia opinión sin que fuese necesario oír al rebaño o al pastor de turno. Y funcionó.

Hace un mes decidí ampliar la censura autoimpuesta, montar una presa y desviar el río: no más twitter. Ya ni siquiera había interés en pescar truchas de un caudal de aguacaca. Porque, cuando el castillo inflable era muy colorido y amplio, incluso las personas más parcas terminaban saltando allá adentro (y orinándose en una esquina si podían). De paso le trabajamos a los otros canales de comunicación con la gente que le importa a uno. Ahí llegan los boletines de noticias por email, los comentarios en la oficina o los rumores en la calle. Me agarró despierto y empeloto a las 2 a.m. la muerte de Bowie (no había forma más vulnerable de recibir semejante noticia); me sigo enterando igual de qué pasa con la gasolina -porque la compro- o con sus gatos -porque voy a visitarlos, a ustedes y a ellos-. No hace falta nada y de paso le damos menos bocados a los que periódicamente pasan a alimentar el morbo o la necesidad de ser relevantes.

Ni hablemos de otros ríos, donde los peces ya flotan boca arriba y nada bello florece hace mucho.

Silence is golden, dice Shirley Manson por ahí.

enero 01, 2016

Ranthought - 20160101

Hay dos intervalos de tiempo para los que parece que no recuerdo muchas cosas. Han sido varias las oportunidades en las que me siento a ver una película, reviso iCheckMovies y veo que la vi en algún momento entre abril y agosto de 2011. O tal vez entre diciembre de 2013 y febrero de 2014.

La depresión también se mete con la memoria a largo plazo, parece.

diciembre 31, 2015

Ranthought - 20151231

Una de las cosas que descubrí cuando andaba en medio de la tristeza profunda es que me cuesta recibir otras visiones de mi. No me es fácil entender que los demás me vean de otra forma, que usen descripciones que yo mismo no uso para mí. Es apenas normal que así sea, que las visiones sean parciales o sesgadas. Que algo secundario para uno sea muy importante para alguien más.

Recibir halagos de alguien que lo conoce a uno hace poco tiempo es poco menos que asombroso. Para mí sigue siendo extraño generar esa curiosidad en otros que se toman el tiempo de ver en uno y en lo que uno hace, atributos "buenos". Te dicen que Hay cosas en ti que hay que valorar, que Cómo así que no sales con nadie, que Uno te ve por alla en tu torre cual Rapunzel, que Te deberías sobar esas cicatrices de guerra a ver si sueltan y aflojan.

Recibir una realimentación llena de afirmaciones positivas sobre cómo uno supera expectativas ajenas también deja sin palabras. Estar preocupado por hacer lo suficiente mientras los demás creen que uno da más de lo esperado. Todo eso hace parte del viejo hábito, ese en el que me cargo con expectativas irreales.

No es darle poder a los demás sobre cómo uno se ve a sí mismo. Es más de usarlo como herramienta. Algo que entre en el proceso de pensamiento ("¿por qué dirán ésto o aquello?") y alimente la idea que uno tiene de lo que hace y cómo vive.


diciembre 29, 2015

Stroll

El otro día iba camino a un concierto en el barrio Normandía y casualmente llovió. Llovió muy fuerte. Tanto que los semáforos se ahogaron y con ellos, la salud mental de quienes iban en carros y buses por la ciudad. Bloqueos en varias intersecciones que asustarían al gestor de mutex más eficiente (por la estupidez de quienes estaban involucrados en ellos), pozos de agua sucia y escasez de buses.

Alguien le tomó esta foto a la intersección de la calle 100 con avenida 19 y @rozomilo la encontró. Yo pasé por ahí, mirando con detenimiento la cara de los que estaban ahí metidos.

Los servicios individuales simplemente no respondían (taxis) o eran muy caros (Uber). Lo único que se me ocurrió fue caminar. Caminar del corazón de Usaquen hasta Normandía. Pasar por Andes y la Floresta y sus andenes suficientes, cruzando el canal Salitre (donde apareció alguna vez aquel hombre con puñal y camiseta del Milan robando ciclistas) y Metrópolis, internándose en ese gentío entre Las Ferias y La Estrada (aunque el barrio frente a Alkosto se llama Marcela y el que está junto a la Boyacá se llama Acapulco).

Sí, hay un barrio que se llama Marcela.

Caminando entre andenes rotos y llenos de barro, pensaba que aquí la gente no camina. Caminar no es una forma de llegar a alguna parte y es extraño. Ya hay tramos concurridos para ciclistas en diferentes zonas de la ciudad pero caminar es aburrido, lento o peligroso. Supuestamente Peñalosa nos vendió la idea de una ciudad muy densa donde todo nos queda cerca. Amigo Peñalosa, mi recorrido promedio ida y vuelta a la oficina es de 30 kilómetros. Cada día. En un mes recorro la distancia que hay de Bogotá a Santa Marta. Todo está lejos.

Bogotá tampoco es un lugar en el que a uno se le antoje caminar normalmente. Andenes dispares, deshechos u ocupados por uno u otro negocio. Un tráfico ensordecedor en las avenidas principales que además ahoga al transeúnte en humo de diésel. Por eso mismo se ve tan rara la séptima peatonal, las fachadas se ven diferentes porque las vemos con menos afán, con menos humo y en medio de un espacio más cómodo.

De todas formas, hay muchos recorridos que podrían hacerse caminando. Debería poder caminarse cada vez que se quiera. Y en teoría se puede pero siempre hay algún motivo para elegir cualquier opción. Yo tardé cerca de una hora y media en mi recorrido, tenía tiempo disponible y no llovía ya. ¿Qué tanto nos hace falta caminar más a menudo? ¿Por qué vamos siempre en bus, en taxi o en el carro?

diciembre 26, 2015

Ranthought - 20151226

Yo es que no entiendo a veces. Leo y leo lo que la gente escribe, "hago etnografía" viendo a la gente ser gente y de todas formas no entiendo. Como que recibí el manual de ser gente en chino y venía con traducción chistosa entonces me perdí en alguna parte.

Que everything is about sex but sex is about power. Y pasa que nunca llego al sexo pensando en una relación de poder. Es más, sólo llego ahí cuando acepto ser vulnerable y sólo es placentero si ambos lo hacemos. Si la otra persona no se expone, no funciona pa mí. No sé cómo funciona para ustedes siendo de otra forma. ¿El sexo se les vuelve otro escenario de la ilusión de control?

Que por qué odias. Porque toca olvidar y darse la mano y todo eso. Si algo he aprendido con J. sobre la construcción de la memoria es que sin verdad, justicia y reparación eso no funciona. Por ahora, mi estrategia adaptativa es ser precavido.

Que por qué no insistes en esta cosa o la otra. Y yo ando preguntándole a todos qué diferencia hay entre persistencia y obstinación. Porque sinceramente no logro ver la línea. Hay personas que la pintan con fe; otras, con información (para reducir el riesgo reduciendo la incertidumbre). ¿Cuánto hay de entitlement en la persistencia?

noviembre 29, 2015

Street art



Hubo una época en la que el arte urbano en Bogotá transitaba por sus calles entre humo negro y espejos rotos.

En Bogotá (y en otras ciudades de Colombia), los buses normalmente usaban los colores que identificaban a cada empresa. Porque cada empresa se identifica ante sus usuarios con algún conjunto de colores que puedan ver a lo lejos. Los buses rojos que iban a Fontibón, los buses verdes que llegaban hasta Bachué, los buses negros que llegaban al aeropuerto. Los nombres de las empresas eran en ocasiones alusiones al color elegido: Buses rojos, Buses amarillo y verde, buses blancos. Esto por la misma época que los taxis eran negros con techo amarillo.

No sé bien en qué momento comenzaron a aparecer buses blancos con franjas horizontales. Tal vez fue cerca de 1990. Hasta los trolebuses que llegaban eran blancos con líneas amarillas y rojas alrededor (por la bandera de Bogotá, porque eran de la Empresa distrital de transporte urbano). Los viejos Dodge 600 con carrocerías de acero y aluminio dieron paso a otros camiones con carrocería de aluminio y fibra de vidrio, unos más grandes que otros, quizás porque era más barato construirlos. Unos más grandes que otros, algunos con sillas mullidas que eran llamados ejecutivos (sillas que fueron llenándose poco a poco de pulgas), otros con sillas más simples.

Con el cambio de buses llegó una nueva generación de choferes. Hombres todos, jóvenes y que compartían el no encontrar más oportunidades de trabajo -o simplemente veían que era la forma más fácil de hacer esa cantidad de dinero-. Y con la juventud llegó el atrevimiento y el interés por tener el bus más llamativo. Surgió el negocio de construir consolas, unas elaboradas repisas que iban en el espacio entre los vidrios panorámicos y contenían carros de juguete, luces y cuanta cosa podía acomodarse allí. Los diodos LED no brillaban mucho y no ofrecían muchos colores, así que no había posibilidad de iluminar mucho sin agotar las baterías del bus; algunas luces por aquí, otras que se encendían al frenar por allá.

Lo siguiente fue pintar los buses. Como los buses blancos debían ser blancos y las busetas verdes debían ser verdes, las pinturas fueron a dar al vidrio trasero. Igual no necesitaban ver a través, decían. Así fue como el vidrio trasero fue reemplazado por más fibra de vidrio en la que se pintaban sobre pedido paisajes inesperados. El pueblo de origen del chofer, bosques mágicos, un retrato del bus mismo, la Virgen del Carmen. Todo cabía en ese espacio.

La proliferación de rutas y los costos fueron desplazando esos buses poco a poco. La exigencia de mantener vehículos con un tiempo máximo de servicio reemplazó los buses lienzo con buses pequeños, aun más incómodos y con menos espacio para la creatividad de sus conductores. Eventualmente todos se vuelven, poco a poco, buses azules y rojos, naranjas y azules, en los que todas las sillas son iguales y el color lo ponemos los usuarios.

Al comienzo de este post dejo una foto de la semana pasada. Caminando a casa encontré uno de los últimos buses con aerógrafo encima y me acordé de todo esto que les cuento. ¿Lo recuerdan ustedes también?

noviembre 16, 2015

Ranthought - 20151115

Comencé a trabajar en un sitio nuevo. Negocié y cedí en la libertad para asegurar algunos planes del futuro. Planes pequeños, planes que no dependen de mi pasado, del país en el que nací o de dos recomendaciones académicas. Es un buen lugar, es un ambiente tranquilo y lleno de retos, con muchas cosas para aprender.


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No más sueños por ahora. No más planes grandes de muchos pasos y requisitos. No más long shots. No más ilusiones ni reinterpretaciones de los sueños viejos. Soñar es demasiado costoso.

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Una tarde caminaba por una calle hacia mi casa y vi caer cerca un balón de fútbol. Estaba viejo, deshilachado y descolorido. Había caído el sol y en esa dirección sólo se veía una hilera de arbustos de un metro de alto. Mientras llegaba junto al balón, el arbusto dijo en voz alta "¡aquí!". Sin chistar, envié el balón tras el arbusto con mi pie derecho, a lo que el arbusto dijo "gracias" con su voz aguda y carrasposa, parecía agripada.
Acá hasta los árboles juegan en sus ratos libres, supongo.

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¿Cuándo deja uno de estar todo quebrado, roto y quebradizo por dentro?

octubre 21, 2015

Safehouse

Fernsehturm

La vigilancia privada es una actividad regulada en Colombia. Hay una superintendencia dedicada exclusivamente a controlar que esta actividad sea ofrecida y ejercida siguendo normas y lineamientos. 
La idea central de la vigilancia privada pareciese ser el delegar tareas de control e incluso el uso de armas de fuego, en civiles que no pertenecen a la Policía ni a las Fuerzas Armadas. Por eso mismo -asumo-, la superintendencia está adscrita al Ministerio de Defensa. Cubre los servicios de vigilancia con armas o sin ellas, los servicios de blindaje y otras actividades relacionadas a la vigilancia de personas y bienes privados.

Dedicamos recursos y personas a cuidar las pertenencias de cada quien. Hay personas cuya función en el engranaje es procurar que las cosas de cada quien sigan en su poder y evitar que otros se apropien de ellas, sin la parte de ser funcionarios. Personas que trabajan domingos, festivos, navidad y año nuevo para que no se cuelen los ladrones por entre rendijas y portones entreabiertos. ¿Quiénes se presentan a esos trabajos?

Haciendo un recuento de los vigilantes con los que me he topado, podría agruparlos en algunos perfiles comunes. El hombre de más de cincuenta años, a veces con defectos físicos y a veces con lesiones serias de muchos años que le dificultan sus tareas; la mujer cabeza de familia; el joven que salió hace pocos meses del servicio militar y no consigue otro empleo. En ocasiones llego a creer que sólo asignan a los jóvenes para lugares públicos como centros comerciales por su aspecto (y les ponen overoles que resaltan su estatura y complexión) mientras que los menos hábiles son los que aguantan frío en porterías de todos los tamaños y condiciones, enruanados cuidando maquinaria y materiales de obra, recorriendo conjuntos residenciales y oficinas en la madrugada. Ya he tenido que ver cómo alguno se suicida mientras hace ronda en el parque o cómo otro pasa su turno echando chisme con los vecinos, ya un par de veces los he visto disuadiendo con tiros al aire a quienes pretenden robar algún apartamento; son personas desprotegidas por principio que encuentran un quehacer al que sí tienen acceso.

Siempre he creído que es una tarea injusta, Que no debería existir. E igual, están ahí cada noche y cada mañana, aprenden a usar software de cámaras y citófonos, andan en segways y conviven con perros entrenados. En cada navidad y año nuevo, mamá y yo les compartimos algo de la cena a quienes están esa noche de turno. Procuro recordar que están ahí haciendo exactamente lo que les han pedido que hagan e interactúo con ellos en consecuencia.