junio 30, 2015

Snapshot


Fotógrafa

Desde hace un tiempo, pareciese que muchos ansían tomar una foto o un video de cualquier cosa. Compartir lo que están viendo. Es una nueva forma de relato, compatible con la naturaleza instantánea de casi cualquier interacción hoy. Algo habíamos dicho ya al respecto por acá.
Así como las redes sociales se hacen extensión de lo que se hace cada día, las fotografías se vuelven un complemento del gran relato en curso, de la larga historia colectiva que nadie lee y todos revisan en sus notificaciones.

Hay quejas por todas partes donde nostálgicos y puristas se quejan sobre el uso que se da a la fotografía y lo banal que resulta, casi espuria. Los teléfonos móviles ponen todo el oficio en manos de cualquiera y permiten jugar con ajustes y filtros sin entender en absoluto de dónde vienen tales ideas. Los eventos masivos se convierten en olas de pantallas encendidas, todas buscando recoger una imagen que irá a dar a las notificaciones de otros, acompañada de alguna frase ingeniosa o de algunos emojis.
Ya hablan de la muerte de la fotografía aunque suena un poco drástico. Que haya cien millones de imágenes cada día con gatos, playas y platos de comida no debería llevar a predicciones catastróficas. Hay cien millones de videos porno de acceso gratuito y nadie está gritando sobre el fin de los tiempos.

La fotografía para mí es, ante todo, paciencia. Hablo de la fotografía como oficio, como una tarea a la que se dedica tiempo, no a algo que sucede dentro de otra situación. El "ojo fotográfico" espera una iluminación, una hora del día, una postura, una mirada o una composición. No tiene afán, no tiene hambre ni se cansa (eso lo siente uno después, cuando descarga la maleta con lentes). Eso es lo que me ha quedado de dedicarle tiempo a tomar fotografías, aprender a hacerlo. Además, ¿quién soy yo para decidir quiénes tienen derecho a tomar fotografías?


¿Quién se detiene a mirar en Instagram lo que compartió hace dos años? ¿Quién revisa las primeras diez fotos que subió a Facebook? La motivación de quien comparte fotos varía pero siempre pasa por contar una historia. Muchas veces es una historia alrededor de sí mismo. Yo estuve, yo vi, yo fui, yo hice. Las fotografías que se toman como oficio también tienen una historia detrás, pero la historia le pertenece a ellas, no a uno. El fotógrafo se convierte en accesorio de la historia y la fotografía, en protagonista.

Algo bello hay en vivir tomando fotografías; no me resulta tan agradable el andar perdiéndome de lo que vivo por tomarle fotografías. Creo que es la diferencia más importante.

junio 12, 2015

Surname


Replicar figuras

Desde que entré al colegio, siempre ha habido alguien que encuentra raro o gracioso mi segundo apellido. Hasta cuarto de primaria era común que alguien lo reemplazara por salero, salsero, salsudo y otros tantos que no recuerdo. Para mí, el apellido de mamá tiene un significado especial desde que descubrí que me ata a la abuela de una forma inesperada.

Mi mamá fue bautizada antes que los abuelos se casaran. Como era de esperarse, el cura de turno se rehusó a ponerle el apellido del abuelo; como en ese entonces las partidas de bautismo eran más fiables que el registrador del pueblo, mi mamá siguió llevando el apellido de la abuela sin más.

Sé que mamá molestaba al abuelo y le decía que obviamente ella era recogida. Él siempre se apenaba y le ofrecía cambiar todo, arreglar todo. Ella se reía y le decía que no había nada que arreglar, Ciertamente no había nada que necesitara arreglo. Mamá se casó y se puso el "de alguien" a la vieja usanza. Tuvo hijos y los registró con su apellido, con el apellido de la abuela. Me dio el apellido de la abuela mientras mis primos se identificaban a sí mismos por el apellido del abuelo.

Cuando nos pasamos a vivir lejos del resto de la familia, el alejamiento se hizo físico. Yo no estaba con ellos ni era como ellos. Yo era el primo que veían un par de veces al año, a veces menos. Sin buscarlo, esa diferencia sencilla se hizo real y enorme, casi insalvable. Aún ahora es extraño interactuar, compartir cosas con personas a las que no conoces tanto.

Cuando murió la abuela hace un mes y medio, uno de los requisitos que ponen al hacer los trámites relacionados con la muerte es compartir un apellido con la persona muerta. Ninguno de mis primos podía hacer nada, sólo yo podía hacer uso de aquel apellido, esa herencia inusual.

junio 06, 2015

Emerging

Bicycle tied up next to Spree canal

Algo que seguro estudian mucho los que trabajan con gente es la forma como las personas reaccionan a nuevas normas. No sé si en todos esos cursos lo estudian, no sé si en las ciencias del espíritu ya tienen muchas cosas escritas al respecto. Sólo escribo desde lo que he visto y es interesante ver cómo cambian las decisiones de las personas adaptándose a nuevas reglas.

Cuando eliminaron la norma del contraflujo en la carrera séptima aquí en Bogotá, lo que muchos preveíamos era un atasco dos veces mayor se convirtió en un escenario más ordenado, con menos lugar para ser creativos. De seis carriles hacia el norte atiborrados de oficinistas haciendo desorden pasamos a dos de oficinistas y uno exclusivo para buses (usado además por taxis, qué le hacemos). Salvo algún espíritu creativo haciendo doble fila en la subida de la calle 85 a la avenida circunvalar, las cosas fluyen medianamente bien. A menos que haya ocurrido alguna migración masiva de oficinistas hacia el sur de la ciudad (que seguro no la hubo), queda creer que las personas adaptaron su comportamiento a la nueva norma y el resultado ha sido más cómodo para todos los que pasamos por esa avenida al final de la tarde (sin hablar del efecto que tuvo en el tráfico de otras calles y avenidas, que fue notorio cuando menos).

De la misma forma, el que se haya definido un carril por sentido como de uso exclusivo para buses tuvo como propiedad emergente dar un carril a quienes van en bicicleta. Nadie lo dijo y nadie lo esperaba. Simplemente las personas comenzaron a usar ese espacio porque lo consideraron seguro y ahora es común ver buses pasando con cuidado junto a las bicicletas a cualquier hora del día. También como iniciativa propia (porque no hubo ninguna presión pública), he visto empleados de las empresas en el SITP, parados en algunos paraderos a lo largo de la carrera séptima, sosteniendo carteles en los que recuerdan a los conductores la distancia segura entre bicicletas y buses, 1.5 metros (junto a otros carteles con recordatorios, lo que deja ver una política definida que guía esta tarea).

No es agradable ver que haya accidentes resultado de esas nuevas interacciones, pero en el gran esquema es bonito ver que las cosas mejoran de formas inesperadas. Eso debería servir como aliciente para tomar -sin miedo- más decisiones que procuren beneficiar muchas personas, crear espacios para convivir un poco mejor. También debería servir para detener las críticas vacías y buscar entender cómo funcionan las cosas. Por último, debería servir para creer que las iniciativas de quienes viven acá pueden crear cosas buenas sin esperar a que una ley los guíe.

mayo 07, 2015

Departure

Cuando nos subimos al carro para ir al hospital, puse el frontal del radio en su sitio y lo prendí porque necesitaba el manos libres Bluetooth. Sin querer, comenzó a sonar Say hello to heaven de Temple of the dog.

Cuatro o cinco días después oí esa canción de nuevo y esta vez sí pude llorar.


abril 30, 2015

60 con Caracas

Hace unos días pasé en un taxi por el cruce de la calle 60 con Caracas. Iba acompañado por alguien que vivió algunos años en Bogotá pero que pasó gran parte de su tiempo en Suba. En esa época, vivir en Suba equivalía a estar aislado del resto de la ciudad salvo por un estrecho hilo de dos carriles por sentido.
Seguimos nuestro camino por la avenida Caracas hacia el sur y él notó los graffitis en los muros. Muchos, sobre muros relativamente nuevos de ladrillo a la vista. Hablamos de los graffitis, luego de los muros y terminamos hablando de esa esquina. Porque no habría graffitis sin esos muros y no estarían los muros sin la historia de esa esquina en los últimos veinte años.

En el costado nororiental siempre ha estado Telecom. "Siempre" queriendo decir "desde que recuerdo" y eso equivale a unos veinticinco o veintisiete años. Un edificio sin mayor atractivo que un montón de antenas en el techo. Los alrededores no eran muy visitados por la gente, aunque sé que hace unos cincuenta años había alrededor varios almacenes de ropa y sastrerías. En el costado suroriental siempre he visto compraventas. En la esquina suroccidental siempre ha estado la misma panadería, creo que ni siquiera ha cambiado de nombre o de sillas. En la esquina noroccidental normalmente ha habido ferreterías, almacenes de materiales para construcción, cosas así.

Por la caracas hacia el sur, desde la calle 60 hasta la 57, siempre estuvieron los mismos negocios. Una tienda de lámparas con un cartel de letras blancas y fondo verde (o dos, no recuerdo), un instituto para estudiar el bachillerato semestralizado, un san andresito que se llamaba Miami y tenía unos tonos pastel parecidos a Atlantis Plaza, otros almacenes variopintos y un asadero de pollos. Ahí llegaba uno a la 57 y ahí siempre ha estado el mismo colegio público. Al otro costado han habido varias compraventas (casas de empeño), almacenes de maletas, escuelas de baile, whiskerías y algo que no recuerdo y estaba donde ahora hay una whiskería.

Las cosas no cambiaban mucho aparte de la calle misma, que pasaba de una avenida con separador modesto a una costra horrible llamada troncal. Muchos buses corriendo unos junto a otros, pasando a centímetros de distancia y golpeándose los espejos. Por la misma época que noté que había putas desde el final de la tarde dándole vueltas al edificio de Telecom. Aparecieron un par de bares y moteles dispersos por ahí, uno de ellos llamado Bagdad y que estaba un par de casas al occidente de la panadería. Desapareció Miami, se expandió el instituto de educación no formal y se multiplicaron las compraventas, todas con carteles luminosos hechos en el mismo sitio -con la misma fuente, con colores similares, con el mismo material-.

Un par de años después supe que el edificio de la panadería (esquina suroccidente del cruce, recuerden) era de algún duro y que no demoraba en caer en extinción de dominio. Poco a poco los inquilinos se fueron y los anuncios de se arrienda se multiplicaron. Luego desaparecieron todos.
La panadería fue la única que siguió, como si nada, como siempre. En otro de los locales del edificio comenzaron a recoger material de reciclaje. La tienda de lámparas (o las dos) cerraron poco después.

Un conjunto residencial, varios edificios de cinco pisos que quedaban junto a Miami y al instituto de educación no formal, comenzaron a vaciarse sin motivo aparente. Luego aparecieron las ventanas rotas y el arte urbano. Después tapiaron las ventanas con ladrillos y encerraron los edificios con concertina y botellas rotas. Al final demolieron los edificios y se hizo un gran lote rodeado por una pared de ladrillo. Más arte urbano.

Más y más personas comenzaron a dormir en los andenes y en el separador, que ya no era de una troncal horrenda y no tenía dagas de metal pintado de verde. Eran comunes las fogatas en algún lugar de esa calle. El instituto de educación no formal desapareció. Remodelaron el colegio público y al terminar, pintaron las paredes con mil cosas que le dicen a la gente que los niños imaginan cosas muy bobas donde nadie se muere y todos son felices. El asadero de pollo y la panadería continúan ahí como dos paréntesis conteniendo toda esa historia, que me importa a mí sólo porque la vi pasar cada día mientras cruzaba la ciudad por quince o veinte años.

abril 23, 2015

Ranthought - 20150423

La lucha épica contra la ansiedad que se traga todo en bocados amplios, sin masticar y sin hacer ruido. La defensa que mejor funciona por ahora pasa por movimientos delicados y decididos, por buscar concentración suficiente para despejar el camino en la cabeza a pesar de todo el humo que se arremolina frente a los ojos.

La ansiedad tampoco es la mejor compañía para alguien que anda con necesidad de perdonarse cosas. Ese ejercicio demanda paciencia y la ansiedad lo quiere todo andando a pleno. Además, la ansiedad tampoco se interesa mucho por terminar las cosas y elige siempre escapar de la presión.
Yo, en cambio, prefiero quedarme revisando lo de la perdonada para no salir con bobadas más adelante. La ansiedad se vuelve dobleces en figuras de origami y canciones con doble bombo, se hace algo controlable, de repente le pongo un cauce debajo y discurre por donde quiero. Por un tiempo.

*

Hacía falta salir de la cama, tender la cama, exponerse e interactuar con otras personas para ver qué tanto me he aislado de los demás. Se hace tan evidente esa región de mí que sigue tras cerrojos y postigos. Salgo y hablo con las personas pero no albergo ninguna esperanza de que alguien llegue hasta aquel rincón.

Igual, es una parte que ya se me olvidó compartir.

**

¿No les parece una cosa increible poder tocar a alguien?

abril 20, 2015

Negociando


Pasajeros

El otro día iba en un bus azul del SITP. Estaba sentado en un asiento junto a la ventana, dos puestos delante de la puerta trasera. Atrás en la última banca, iban dos o tres operadores -el eufemismo aquel para hablar de conductores o choferes, tan vano como el de colaboradores para empleados, tan inútil como la pelea de los odontólogos por que no les digamos dentistas-.

Iba leyendo algo pero dejé de hacerle caso a los manuales de urbanidad que nos ponían a leer en primaria. Porque yo tenía un coordinador de disciplina flaquito, con un bigote desprolijo y escaso pelo revuelto, que nos ponía a leer esas cosas cuando algún profesor no iba. No era la urbanidad de Carreño que tantos chistes generó y genera por acá, no. Era un pequeño librito gris con las hojas ya amarillentas y con ilustraciones que mostraban bien lo que no se debía hacer. Varias veces nos ponían a leer eso en voz alta a todo el salón, parados en una de las sillitas de colores, interrumpidos sólo por la explicación practica del profesor Castillo. "Nos ponían" porque sólo escogía a los que ya leían bien y yo siempre caía en esa atarraya.

Y bueno, ese librito decía bien claro que uno no debería andar oyendo conversaciones ajenas porque es mala educación. Salía el dibujito de un niño portándose mal, oyendo lo que una señora le decía a alguien asomado en una ventana. El profesor Castillo ya se murió y espero que no me jale las patas.

Les estaba contando que dejé de hacerle caso (una vez más) al librito gris de urbanidad y le puse atención a lo que decían los señores operadores del sistema -no confundir con El Sistema-. Tampoco hablaban a volumen muy bajo entonces no era tan difícil. Hablaban de sus salarios, Se quejaban de lo poco que les aumentaban como cualquier empleado. Ahí llegaron a un punto importante de la conversación, porque discutieron sobre lo que ganaban antes y lo compararon con lo que recibían ahora.

- Eso es una porquería, que me aumenten eso que ofrecieron no me sirve para nada.
- Es que eso es lo que la gente peliaba. Que antes trabajaban dándole y al mediodía ya tenían ciento veinte mil libres, para ellos. Que tocaba darle parejo y empujar, eso sí (acá se ríe y da a entender algo que los demás también saben). Pero se veía la plata, ahora ya uno trabaja lo mismo y le pagan esa chichigua.
- Ese bono que ofrecen para mí es como cuando le ofrecen un juguete a un niño. Deje de pelear y le damos el bono. Y para mí ese bono no es nada, eso a mí no me sirve. Quieren que el servicio se mantenga y no quieren pagar, dizque a las empresas le pagan por cada uno como dos millones y eso se lo quedan las empresas
- No, yo había oído que pagan es por kilómetro recorrido
- No, les pagan la plata y esa no le llega a uno, entonces es mejor que le paguen a uno si quieren que esto funcione.

Ahí me bajé a hacer el transbordo. Se me hace que toda negociación acá pasa por el mismo criterio. Antes hacía más plata y lo de ahora sólo funciona si me siguen dando la misma plata -o más-. Me imaginé por un minuto al Gobierno y a todos los jefes de las FARC convenciendo a miles de personas iguales a esos operadores, diciéndoles que es mejor ganar menos plata y volver a las estructuras existentes, donde reinan las disputas clasistas, tinteadas de machismo y rencor.

abril 11, 2015

Godos y cachiporros

Hace un rato hablaba del valle en el que vivió mi familia paterna. De la tienda junto a la carretera y la banca de madera. De las conversaciones sobre política que se daban siempre y cada vez en ese lugar, como si la siguiente charla tuviese la posibilidad de terminar en alguna conclusión diferente.

Porque lo político siempre hizo parte de la familia, al menos de la familia paterna. La convivencia siempre pasó y pasa por tener una opinión, discutir y emitir juicios, señalar fallas y aprobar gestiones. No conocí a los abuelos pero he escuchado que él era un tipo noble y calmado, mientras que ella era más recia y orgullosa. Terca si se quiere. Fueron sus hijos los que cambiaron esa visión tranquila del campesino por algo más.

Las historias de su juventud giraban alrededor de lo que traía La Violencia, la que se escribe con mayúscula. El pueblo y la región entera era de mayorías conservadoras, lo que les significó visitas a la cárcel del pueblo y reyertas frecuentes. Eran conocidos como muchachos rebeldes, aunque quién sabe cuánto del orgullo adulto nació de ese enfrentarse a otros desde tan jóvenes. Una de las historias que más impresión causaba en la niñez era una en la que huían a las montañas, al páramo, para quedarse allí por días enteros y escapar de las armas enviadas por el gobierno conservador de turno. Pude no llegar a ser si los hubiesen matado.

¿Cómo juzgarlos por su rechazo al partido conservador después de tantas cosas?

Mis primeros recuerdos políticos son quejas de mi papá. Críticas de algún godo por ahí. A mi casa llegó sagradamente El Espectador todos los días por muchos años -creo que cuando entré a la universidad mi papá dejó de pagar la anualidad porque se había hecho muy costosa-. Eso significa que leí columnas y editoriales casi que desde que aprendí a leer, muchas de ellas con una orientación liberal crítica que a veces resultaba esperanzadora. (Por eso es tan triste ver lo que es ese periódico ahora. Al menos para mí)

Esa misma necesidad de discusiones políticas llevó a mis tíos a hacer política. Al tío que pasó por diferentes cargos hasta ser parte de la gobernación de Cundinamarca. A mi papá trabajando en la campaña de Galán a la presidencia. A los demás hermanos aportando de alguna forma. Y como podrá suponerse, todo eso tuvo un final agrio. De Galán sólo quedaron las fotos instantáneas con papá; del tío, una velación como diputado en la gobernación porque era muy fácil ser político en esa época y terminar asesinado. Y como también era costumbre, nunca se supo quién fue el responsable.

Después de todo eso, los demás hermanos de papá y él mismo se hicieron más reacios a creer. Albergaron menos esperanzas, descreyendo de cada nueva figura. Eso sí, sin aceptar jamás a los godos. Porque allá en la tienda junto a la carretera, allá seguían hablando de los Perilla y de otras familias godas del pueblo. De cómo la guerrilla llegó y así mismo se fue de la región. Pero era más un tema de conversación y menos una forma de vivir.
Sé que papá se quejaba constantemente cuando Pastrana fue presidente. Tanto que llegué a preguntarle si en el fondo quería que muriera. Fue una de las pocas veces que le vi hacer esa cara de sorpresa mezclada con algo de temor. Tal vez se acordó de esas veces que fue él quien se pudo morir. Me respondió con vehemencia que no, que él también era una persona. Que uno jode y chancea pero nunca desea esas cosas. Que vea cómo es este señor Gómez Hurtado, godo como pocos pero es un tipo que piensa.

Cuando Uribe llegó, para ellos llegaba como liberal. Cuando se fue, era despreciable por todo lo que fue descubriéndose. Las conversaciones con mis tíos sobre Uribe pasaron de choques y tensiones a desazón colectiva. En eso se fueron muriendo los tíos y las conversaciones se trasladaron a las salas de velación. Qué agradable ha sido conversar con usted, joven, me decían amigos y primos lejanos de mis tíos. Los años de entrenamiento me hicieron dueño de esa habilidad para la charla en la que las emociones no importan. Esa que acá se acompaña con tinto y cigarrillos, donde nadie sabe si eres tímido o no.

Ya la tienda junto a la carretera la cuida alguien que no conozco y nadie de la familia vive ya en aquel valle. Son pocas las ocasiones en las que me veo en medio de una conversación política pero seguro eso es algo que sé hacer.

Siempre hay una opinión, otra cosa es que uno la comparta. Siempre hay desconfianza hacia los godos en sus decisiones políticas y esa sí se comparte cada vez que se puede.

marzo 11, 2015

Yokohama

Era un lunes calmado. En la mañana me tomé un café con un amigo. Nos sentamos a divagar, a pensar en cosas que hacer. Hay muchas cosas por hacer. Siempre hay cosas por hacer. El café estaba bueno y la mañana estaba fría. Garabatos en el papel, ideas representadas con dibujitos simples.

Él pagó el café como siempre. Caminé un rato antes de tomar un bus camino a casa. Llegué y ya sabía que quería irme. Desaparecer.

Dejé una nota diciendo que volvería tarde. Empaqué mi cámara, un par de lentes y bajé al garaje. Guardé todo en el baúl, encendí el radio y sólo dejé que sonaran canciones guardadas en la diminuta memoria micro ese de que le había puesto el mes pasado. Revisé que tuviese suficiente dinero para pagar un peaje y salí hacia el norte, sin saber bien a dónde quería llegar. Sólo sabía que quería salir y para eso no siempre se necesita llegar a alguna parte. O al menos eso me gusta creer para disfrutar un poco más del camino.

Paré en un centro comercial a poco menos de media hora de distancia. Compré una botella de agua y la guardé en el morral. Retiré algo del poco dinero que me quedaba y con eso compré algo de comer. Un burrito jugoso y una limonada fría. Comí lentamente mientras miraba a los que estaban ahí a esa hora. Porque era lunes y para mí era raro que tanta gente estuviese allí en vez de estar en su casa, finalmente aquello sigue siendo un pueblo y nada más. Un pueblo con mucho dinero circulando y muchas ganas de comer-helados-cenar-pizza-ir-a-cine-darse-besos en un centro comercial.

Terminé mi burrito y volví a la carretera. Pensé en buscar un lugar oscuro, más al norte. Sin embargo, tomé un retorno y algún rincón de la memoria me llevó al otro extremo del pueblo y de ahí a una vereda cercana al cerro. Un camino adoquinado que desembocaba en una hilera de casas, luego un semáforo muy lento, después un puente y de ahí un trecho que daba a una intersección.
El corazón de aquella vereda era esa intersección. Una panadería, un asadero de pollos, un par de tiendas en las que se encuentra cualquier cosa y un expendio de cerveza con corridos y música popular. A la izquierda, nada. Hacia adelante sólo oscuridad mermada por las luces de algunas casas. A la derecha, lo que sea que mi cabeza andaba buscando.

A la derecha fui y avancé con cautela. Como dándole tiempo al gusano en el hipotálamo para decidir cuál era el recuerdo que estaba rumiando y le gustaba saborear. Algunas curvas en este único camino y luego una alerta de la memoria. Debía dar marcha atrás y revisar de nuevo. Desandé parte del recorrido y giré a la derecha en un sendero estrecho junto a una antena que daba cuenta de su existencia sólo por las luces rojas parpadeantes que lucía como tiara. Avancé lento, oyendo con atención a los grillos y al cascajo quejándose bajo las ruedas del carro. Tras un leve giro a la derecha, vi adelante una entrada consagrada a Jesús y de nuevo la memoria rezongó. Reversa lenta en este carro nuevo y ancho, piedras quejándose de nuevo por el peso que les caía encima y media vuelta. Justo ahí entendí qué estaba buscando.

Había ido allí por primera (y última vez) hacía ocho años. Los recuerdos eran de día y con ese portón abierto. Un jardín amplio que alojaba arrumes de arcilla en un rincón y depósitos en otro. Al frente, una casa blanca de dos pisos con rebordes azules o verdes. La puerta abierta en el día, una mujer amable que aquella vez me indicó que mi destino era ese jardín al otro lado del sendero.

Miré al cielo, miré mis manos y miré al vacío. Un gato se acercó y conversamos un poco. Cuando se fue, decidí salir de allí y sólo ahí encontré un destino.

Volví a la intersección, el repecho, el puente, el semáforo, la hilera de casas y el camino adoquinado. Crucé de nuevo el pueblo y llegué a la carretera para seguir hacia el norte. Ya cerca de la medianoche, anduve entre camiones vacíos y cargados hasta un punto, solo el resto del camino. Era lunes y nadie viajaba a esa hora. Aceleré, pisé a fondo el pedal y fuimos tan rápido como nos fue posible. Pronto llegué a un lugar que conocía de toda la vida.
Después de pasar un puente, en una complicada intersección que antes era sólo un pequeño desvío, siempre ha estado la misma tienda de carretera. La recuerdo con toldos amarillos y puertas color marrón. Llena de cerveza, gaseosas, dulces y otros tentempiés colgando del techo. Rosquillas, papas fritas y otros tantos. Parada regular de quienes se disponen a adentrarse en aquella variante del camino, fue el lugar que elegí para escribir algún correo e ignorar los mensajes que llegaban.

Una gaseosa y un paquete de papas más tarde volvi al carro y a la carretera. Los primeros kilómetros discurren junto a una represa que, siendo casi las once de la noche, se convierten en un recorrido fantasmal lleno de neblina, árboles foráneos y sombras de las montañas desnudas alrededor. Era un lugar perfecto para tomar fotografías pero en ese momento prefería conducir por allí, avanzar con las luces para niebla. Apareció un pequeño carro al que alcancé y adelanté sin esfuerzo a pesar del camino sinuoso. Pasé junto a los balnearios y a los termales. La mina de carbón, la escuela de una vereda, la zona de derrumbes, la zona donde el camino solía hundirse. Recordaba cada curva «by heart», como el piloto en su pista favorita. Fueron veinte o treinta kilómetros a pleno en cada curva y cada repecho.

Encontré el lugar que buscaba, lo vi a dos curvas de distancia y reduje la marcha. Apagué el radio y pasé de la caja secuencial Tiptronic a la caja automática. Me sequé el sudor de la frente y puse las luces de parqueo mientras me detenía en una berma junto al camino. Apagué el motor y las luces, dejé todo adentro (menos la llave electrónica con comando de radiofrecuencia) y caminé un poco. Recordaba muy bien aquel lugar porque en esa tienda junto a la carretera había pasado muchos días, muchos años. Lo que no recordaba era ese portón blanquecino que brillaba a la luz de la luna -oculta tras las nubes- y que resguardaba una hilera de casas igualmente blancas que habían puesto unos metros más abajo. A mi tienda junto a la carretera ahora la rodeaba un conjunto residencial de esos que ahora ofrecen para salir de la ciudad y veranear.

Tras dejar atrás la sorpresa de aquella intrusión a la memoria, volví frente a la tienda, cerrada y silenciosa en sus dos pisos, miré desde abajo el balcón de madera por el que deambulé tantas veces y decidí sentarme allí un rato. Busqué el enorme tronco junto a la entrada y, sin hacer mucho ruido, me senté allí. Había llegado y no sabía para qué, así que me limité a sentarme sin pensar en nada más que lo que allí estaba. El carro nuevo bajo la luna -que seguía tras las nubes-, los perros ladrándose a la distancia, uno que otro camión subiendo o bajando, el silencio y el olor único de ese lugar. Temía que alguien en la tienda se despertara y me preguntase qué hacía allí a esa hora, pero luego recordé que posiblemente yo tenía más derecho que cualquiera de sus actuales ocupantes a estar justo ahí.

No soy una persona de rituales desde que abandoné la religión de mis padres hace ya unos quince años. Aún así, allí me quedé casi que meditando, revisando mis pasos, recorriéndolos y desandándolos, viendo que de alguna forma había desandado la vida para llegar allí, al escenario de la infancia más lejana. Era allí donde me sentía de nuevo seguro, parado sobre terreno firme. Una hora después miré al cielo y el eclipse de luna teñía todo de rojo tras el interminable e inamovible velo de nubes. Me resigné a no tomar fotos esa noche, volví a la vida y decidí volver a casa. A ratos con calma, otros trechos a toda velocidad, nunca tan rápido como en el viaje de ida. Llovió en los últimos treinta kilómetros y comprobé que los modernísimos neumáticos Yokohama S-Drive ofrecían un agarre excepcional a cualquier velocidad en terrenos secos y mojados por igual.

Llegué a casa, desempaqué la cámara y me acosté, agotado, esperando que llegara la mañana para seguir vivo.

febrero 26, 2015

Animals

Ese perro sabía que yo tenía el corazón roto esa tarde. No era como todos los demás días que iba a visitarlo, porque iba muchas veces a la semana. Ese día me notó diferente y desde que me vio supo reconocerlo. Ladró más duro y con más afán que de costumbre, como para que me abrieran más rápido la puerta. Apenas entré, no comenzó a saltar y a buscar que jugáramos con el balón rojo y blanco -pinchado- que tenía por ahí; se limitó a acompañarme como tratando de ver bien qué me pasaba.
Esa tarde mi amigo A. se iba a demorar un rato en llegar, así que me quedé en la sala leyendo alguno de los libros de la biblioteca. Al rato el perro entró a la casa y se hizo al lado mío, no ladraba y se limitaba a acompañarme. No sé qué fue lo que vio pero en algún momento comenzó a lamerme una mano y a poner la frente bajo los dedos. Pocas veces he sentido que alguien entiende tan bien como me siento. Dejé de leer y me dejé acompañar del perro.

*

Una noche que andaba muy triste, terminé casi que por puro azar en un sitio al que no iba hacía siete y ocho años. Un rincón recóndito de alguna vereda, de algún municipio en la sabana. Era de noche y la iluminación era mala. Aún así había llegado casi que de memoria y estaba ahí entre una casa de dos pisos y una verja marrón, en un camino de tierra sin placas ni señales. Esa noche habría eclipse de luna y llevaba conmigo una cámara y un par de lentes. Quería perderme, esconderme de todo, e igual pensaba en tomar fotos.

Cuando llegué frente a la verja marrón supe que había estado ahí antes. Mientras revivía muchos recuerdos, se asomó un gato gris detrás de mí. Se trepó a una estaca y se quedó mirando a una distancia prudente. Al terminar con esos recuerdos (por el momento), me di vuelta y nos quedamos viendo. Conversamos un rato, le compartí algunas ideas y me dejó saber que estaba preocupado. No nos habíamos visto antes e igual estaba preocupado por mí. Cuando creyó que yo estaba más tranquilo y pensaba más en el eclipse que en los recuerdos, se despidió y saltó con gracia de la estaca, trotando junto a una zanja hasta perderse de vista. Yo desandé parte del camino y pasé la madrugada cerca a la finca de los abuelos, escuchando a los grillos y mirando las nubes junto a la carretera.

Amanecí sin fotos del eclipse, claro.