octubre 24, 2014

Intercourse

La intimidad, la vulnerabilidad, la exposición. Todo eso se presenta en simultáneo al tipo que no tenía el pipí pequeño cuando se hace sexualmente activo. Como a todos los demás.
Las comparaciones de adolescentes y esas exploraciones que van de lo curious a lo bi-curious, esas puede que le calmen un poco la ansiedad por la reacción ajena. Ajá, que «si no es tan pequeño de pronto no sale tan mal».
Si ha sido consumidor habitual de pornografía, puede que albergue más dudas al construir sus expectativas alrededor de escenarios irreales y tamaños inusuales, dos desviaciones estandar por encima de la media. Sus primeras parejas sexuales pueden decirle que ese no va a ser un problema e igual va a seguir dudando hasta que pase el tiempo y la muestra de opiniones se haga estadísticamente significativa.
En los últimos años, Internet se ha llenado de sitios en los que una y otra vez, los mismos preguntan las mismas preguntas sobre lo importante que es o no es el tamaño del pipí. Como todos los demás, el tipo que no tenía el pipí pequeño pasa por experiencias y descubrimientos. Que el foreplay, que es útil “leer” y entender la forma como se mueve la pareja, que las cérvix adoloridas hacen menos frecuente el sexo y nadie quiere eso… como a todos los demás, a este tipo le toma tiempo aprender y vivir a plenitud el sexo con su cuerpo.
Puede terminar creando inner jokes con la pareja de turno sobre la longitud de su pipí comparada con su propia estatura. Es que puede ser más del 11 por ciento. Suena significativo y todo. Puede reírse de sus problemas con la ropa interior, los pantalones y los gimnasios. Algo divertido tendrá tanta complicación, seguro. Todo para hacer más distendida la vida sexual.
En la era de BigData donde recoger muchísimos datos se vuelve la bala de plata, los datos que proveen los fabricantes de condones y otros estudios de larga duración dan a entender que el 95% de los pipís son “normales” y su longitud / grosor no se aleja demasiado de la media. Ni siquiera esto parece calmar la ansiedad de unos y otros. A este tipo en particular, una que otra vez le dirán que se lo crea, que de verdad no tiene el pipí pequeño.

octubre 23, 2014

Trousers

Ya hablamos de lo problemática que puede ser la ropa interior para un tipo que no tenga el pipí pequeño. Ahora podemos revisar lo que pasa con el pantalón.
Si la ropa interior no mantiene las cosas en su lugar, cualquier pantalón es incómodo. Ciertos materiales como la pana y el dril son particularmente incómodos en esas situaciones porque los roces inesperados suelen traer consigo mucho dolor.
Ya superado lo de las cosas en su lugar, viene el problema del espacio disponible. Cierto tipo de pantalones da poco espacio y aprieta. Otros tantos no son incómodos pero el corte hace ver al tipo como Freddie Mercury. No importa si lo acomoda hacia un lado, hacia arriba, hacia el otro lado. Sólo le queda andar con una mano en el bolsillo para justificar el bulto. O presumir, claro. Siempre puede presumir, si es que necesita subirse el ego de alguna forma.
Si el tipo es gordo, es posible que la panza y lo voluminoso equilibren todo visualmente. Si es flaco, usar jeans ajustados suele llamar más la atención cuando se está sentado. Cuestión de equilibrio.
Miradas furtivas en el trabajo o en la calle, comentarios burlones del estilo «se le ve como a Cell en Dragon Ball» y otros más amables «tranquilo que a veces se ve normal». Todo eso le pasa al tipo que no tenía el pipí pequeño.

octubre 22, 2014

Gym

Es posible que las situaciones más peculiares por las que pase un tipo que no tenga el pipí pequeño, se den en ese espacio que denominamos gimnasio.
Si el colegio en el que estudia siendo adolescente ofrece esos espacios, será el lugar de las comparaciones (y los comentarios de los demás). Si estudia en un colegio masculino incluso sin gimnasio, las comparaciones tendrán lugar en algún salón de clase. Si el tipo es extrovertido, participará de las jugarretas y de las burlas. Si no lo es, mostrará desinterés por la escasez o abundancia ajena. Igual, esto es lo que pasa normalmente y hace parte de las cosas que nunca se comentan en casa.
Ya en edad adulta, existen varios caminos que llevan al tipo al gimnasio. Sin importar cuál sea, siempre pasa por momentos que pueden resultar curiosos o incómodos según se vea.
Uno es el exámen médico inicial. Aparte de las medidas de flexibilidad, peso, grasa corporal y tantas otras cosas, el tipo puede encontrarse con que el médico le muestre una serie de ilustraciones y le pregunte “¿a cuál se parece usted?”
Claro, son varios tipos de pipís y uno presume que tienen relación con el estado de desarrollo del individuo. Pero todas las ilustraciones tienen el pipí tan pequeño como el escroto o más pequeño. La seriedad de la situación evita que el tipo que no tiene el pipí pequeño responda «no me identifico con ningún dibujo», así sea cierto. Elegirá alguno al azar, uno que no se vea tan raro.
La otra situación es encontrar ropa cómoda para hacer ejercicio y que a su vez, mantenga todo en su lugar. Los bóxer ajustados con algún porcentaje de spandex suelen hacer bien el trabajo. Para que no se vea ningún bulto, el tipo que no tiene el pipí pequeño recurre a pantalones de sudadera holgados y de forma difusa. Porque todos sabemos que presumir porque no se tiene el pipí pequeño es señal de inseguridad.
No sabemos si el tipo que no tiene el pipí pequeño caiga en las comparaciones estando en las duchas del gimnasio. Las mismas que se daban en la adolescencia. Uno nunca termina de crecer así que suponemos que sí, que la gente se seguirá comparando.

octubre 21, 2014

Magnum

Un tipo cualquiera que no tuviese como fenotipo un pipí pequeño. Que por puro azar viviese en Colombia.
Uno de sus primeros problemas habría sido, con seguridad, enfrentarse a la ropa interior regalada por padres, tíos y hermanos. Las cajas de calzoncillos Magnum por tres o cinco unidades. Esas que proveían un corte a modo de bragueta tan inútil como incómodo -porque nunca se sacaba el pipí por allí para orinar, que al no ser un pipí pequeño esa tarea era incómoda y requería desabotonar el pantalón, derrotando el propósito mismo de esa bragueta interior-.
Y era incómodo porque podía jugarle una mala pasada en situaciones inesperadas. Si de casualidad el pipí se extraviara en algún pliegue por allí o en la peligrosa orilla inferior, podía terminar teniendo una inesperada erección dolorosa en un ángulo antinatural. (Inesperada, sí. A todos, pipí pequeño o no, les pasa)
Súmenle que, para este tipo que no tenía el pipí pequeño, estos engendros en el punto medio entre una tanga y un bóxer nunca son capaces de proveer el soporte necesario. Puede sonar divertido, pero si la punta del pipí sobresale por encima del borde superior de esos calzoncillos slips (y lo hace), los jeans y otros materiales suelen ser poco amables con una zona tan sensible. Si se hace algún deporte, estos slips terminan dejando escurrir por un lado el pipí y se hace imposible correr o saltar con un pipí que va de un lado a otro.
Una gran decisión en la vida de este sujeto seguro fue el explorar el mercado para encontrar el soporte necesario, sin necesidad de aditamentos engorrosos. Un bóxer de algodón que no sea holgado, que mantenga todo en su lugar. Esa es la primera sensación de libertad para el tipo que no tenía el pipí pequeño.

octubre 15, 2014

Street smart

El cerro

Caminar una ciudad es la forma natural de saber a qué huele.

Caminar sin los prejuicios ajenos. Sin recomendaciones. Reconociendo olores y viendo caras. Acudiendo más a los recuerdos (si los hay) que a las quejas ajenas. Conocer cómo vive la ciudad.

Si uno va a Medellín y recorre el paseo Carabobo con sus alrededores bien puede discurrir entre paseos comerciales en los que el comercio informal es ley, llenos de gente que va a encontrar allá cualquier cosa.
El centro comercial, grande o pequeño, es una figura extraña. En el caso de los más pequeños, pretende darle legitimidad al comercio informal que antes estaba apostado en la calle. Se supone que también les da un espacio más digno en el cual trabajar. Además, le da a las personas un espacio más por el cual caminar sin pensar que están en la calle. Como todos los demás centros comerciales, en los que la gente camina y camina sin pensar que están cerca del tráfico, del crimen y del peligro. Incluso en el paseo comercial más humilde, hay un vigilante que justifica su sueldo sacando de allí al vendedor de chicles ocasional. Aun así, las telas de colores siguen tendidas en el piso a los lados del paseo Carabobo llenas de objetos a la venta, mientras pasan entre ellas los vendedores de avena fría y jugos de fruta.

Eventualmente se llega a una cicatriz de la ciudad, un paso de la línea B del metro. La estación San Antonio está a la izquierda como un monolito monumental y a nivel del piso sólo se ve más gente, más vendedores de mango y jugos, buses coloridos. A la derecha, el inicio de otro paseo comercial, mucho menos ceñido a las normas.
Caminas por él y ves una cantidad increible de movimiento. La calle está abarrotada de puestos de venta como toldos hechizos. Caminas en zigzag porque las tiendas tampoco tienen un tamaño estándar. El Palacio Municipal te tira hacia el occidente más adelante y sigues caminando.
Vas a dar a una calle sucia, que creo es la Cundinamarca, en la que venden salpicón y media cuadra más adelante, cruzas entre putas variopintas. Muchas. Los choferes de bus paran a comer y la gente deambula por allí.

Llega uno a la esquina del parque Berrío, pasando entre varios muchachos que seguro viven de rebuscarla entre las prostitutas, sus clientes y los choferes de bus. Te piden monedas mientras tratan de ver quién eres, hablas con ellos y sigues tu camino.

¿Alguien recuerda el hotel Veracruz? Creo que quedaba a unas cuadras del hotel Nutibara, por la carrera 50 al norte pero ya no estoy seguro. No lo encontré. Las calles estrechas, los andenes minúsculos, los comercios infinitos, eso sí se consigue aquí. De hecho, creo que todo se resuelve aquí, para todo hay tienda. Un par de calles más y llegas a un paradero no demarcado en el que se consigue ruta de bus a cualquier lugar de Medellín. Más venta de salpicón para el calor. Basura por todas partes.

Si vuelves hacia el hotel Nutibara, vuelves a ver esa esquina que no encaja en lo absoluto. Casi que es más silenciosa, como una burbuja. Sólo tienes que cruzar la calle para acercarte a la estación del metro y su bullicio.

Uno puede caminar de nuevo hacia el sur e irse a sentar frente a La Alpujarra. Ver muchachos salir de la biblioteca, ver a otros sentarse en las incómodas bancas que hay justo en frente. Ver otros más sentarse en las bancas que hay entre los postes y los árboles del Parque de las Luces.

Si desde ahí te vas siguiendo la costra gris hasta la 33, ves más negocios que seguro se veían diferente antes de tener esa mierda gris en frente. Se ve mucho empleado caminando por ahí después de las 5. Los que salen camino a casa porque cogerán bus por la avenida El Poblado hasta Envigado o a alguno de esos barrios que hay arriba de la Asomadera.



Todo eso se ve y se siente (incluso huele) lejano si uno camina un rato por El Poblado, Ciudad del Río, por la avenida El Poblado hasta más allá de La Frontera. Es otra ciudad. Un suburbio callado y deshabitado.  Una pulcritud idealizada que sólo se ofrece de forma concentrada, a cuentagotas. Una visión selectiva que descarta otras formas de vivir la ciudad.

Calle cualquiera

Recuerdo que en algún momento, llegué a ver a Medellín como un lugar de proyectos faraónicos, en los que se creaba un nuevo hotspot en la ciudad cada vez; se presionaba el gotero para dejar caer una poca de pulcritud. Aunque, si uno lo piensa, democratizar ese vivir bien puede que sea la única forma de dar a entender que compartir espacios comunes es el camino real a un vivir mejor. Queda la duda.

A pesar de lo grotesca que es su presencia en el centro, el Metro es la forma que tiene Medellín de unir su oferta a los visitantes. Y como tal, la hace más fácil de conocer para quienes no somos todavía street smart. Sé que hay sitios en los que todavía no iría solo a tomar fotos y conocer.

Queda el recuerdo de los olores.

Al menos hay gente de verdad

octubre 10, 2014

Coordinator

Otro cabezón

Esa noche, cuando llegamos al hostal, nos separamos y cada uno entró a su habitación. En la mía, además del chileno de apellido Riquelme, encontré un nuevo compañero profundamente dormido, roncando plácidamente en el camarote más cercano al baño. Cada ronquido era casi como un gruñido de guerra.

Como ya no era hora de encender la luz, me acomodé en mi cama y me puse los audífonos para poder dormir.

A la mañana siguiente, me levanté y pude ver con la primera luz que el nuevo compañero seguía durmiendo, sin roncar, con el largo pelo negro cubriéndole la cara. Más adelante, mientras preparábamos los pancakes, el compañero de pelo largo llegó a la cocina. No medía más de 1.70 y efectivamente lucía un largo, liso y brillante pelo negro. Rasgos asiáticos y un bigote poco llamativo. Llevaba un traje gris, camisa blanca y una corbata oscura, plana. Llevaba consigo un portafolios negro y maltrecho que dejaba ver el abuso que había sufrido.

En principio no se acercó. Había otra persona en la cocina además de nosotros dos y con ella habló brevemente. Esa persona se fue poco después y él no tardó mucho en acercarse y comenzar alguna conversación casual. La masa de los pancakes, la fruta, dónde están los platos, hace cuánto están en la ciudad.

Sonaba la radio pero nadie estaba prestando atención. Me sorprendí a mí mismo llevando la conversación con fluidez y conociendo a este señor, estadounidense y que creo que se llamaba Jim, conociendo sus quehaceres. Era un coordinador regional en la costa este para grupos de vigilancia y protesta. Viajaba por la costa este reuniendose con los grupos de cada ciudad. Se tomaba muy en serio su quehacer, como debía ser.
-Ustedes saben, estas multinacionales que todo lo quieren dominar- comentó al hablar de aquellos a los que enfrentaba cada día. Éramos jóvenes en un hostal, así que asumió que comprendíamos todos los matices de su lucha.

Salió a su reunión y no volví a verlo. Seguro ese día salió rumbo a otra ciudad. A otra lucha. Otro día.

octubre 06, 2014

Transatlántico

Junkers Ju 52/3m

Yo me pregunto cómo la pasarían esas personas que cruzaban el Atlántico en un barco y se gastaban ahí unas semanas de su vida, entre la litera y el olor a agua salada. ¿Será que preparaban temas de conversación para las dos semanas? Porque salga uno con alguien por cinco días y al cuarto ya están mirando al techo; ya no hay de qué hablar. Imagínense estar dos semanas con las mismas personas y no tener nada reciente que contar porque todos están en la misma historia.

Según este sitio (a cinco de octubre de 2014) uno podía estar entre una y dos semanas viajando por el mar. Podía ser un viaje de negocios, una visita familiar. El tiempo que muchos oficinistas tienen hoy disponible como vacaciones cada año, era el tiempo del viaje de ida hace ciento ochenta años. Cuántos niños se habrán engendrado en ese desocupe tremendo, en un barco por tantos días a punta de libros, atardeceres y un cuarteto de cuerdas si uno tenía plata. ¿Habrá entrevistas donde la gente hable del sexo durante las travesías transatlánticas? Pichar mecidos por las olas.

En los viajes de ahora tenemos un par de comidas "reales" y tentempiés. Un helado si es de noche, un emparedado si es de día. No alcanzamos a ver un atardecer y un amanecer en el mismo vuelo mientras pasamos por encima del AF447. Vemos tres películas, comemos, dormimos, estiramos las piernas, miramos con ansiedad el mapa con la ubicación actual de nuestro avión y ya está, llegamos a nuestro destino.



Esos viajes dan para más que comer y domir, seguro. En uno me tocó mi primera conversación con mamá sobre el amor. Porque ella es muy cuidadosa y prefiere no preguntar mucho. Nada. Así pues, nos trepamos en el A340, sobrevolamos Venezuela, llegamos al mar donde no hay cómo salirse de alguna situación incómoda y ¡chan!, mamá se lanza a traer ese tema a la conversación entre la cena y la película de medianoche. -¿Y no has pensado en volver a salir con alguien?
No dejó que mi cara de sorpresa la detuviese. Por el contrario, siguió en lo que parecía algo muy pensado para no herir susceptibilidades. Que ya sabemos lo que pasó. Que igual no es bueno que andes solo por ahí; piensa en el futuro, porque no es bueno que te quedes solo después. Que no olvides a tu tía Soledad, la que se murió sola en esa casa de la 54 con caracas y la sacaron una semana después. Que no quiero que te quedes así. Piénsalo.

Y yo ahí, en medio del océano, sin tener cómo bajarme. Tampoco se puede cambiar de cubierta (cuando vayamos en A380, probamos). Siquiera fueron sólo diez horas. Pobrecito aquel que necesitó salirse de una conversación durante un viaje en barco de una semana.

octubre 03, 2014

Reducto

Puerta de tierra

Todos fuimos Cádiz algún día.

Un reducto entre marismas,
una fortaleza entre fango y ruinas
una última esperanza,
un comienzo en la batalla,
una ínsula península

Todos fuimos Cádiz algún día.

Un baluarte inesperado,
Un Dunquerque sin huída,
sin escape ni deshonra,
No un Termópilas suicida
gaetana fortaleza.

Todos fuimos Cádíz algún día.

Todos hemos tenido
la guerra en las pupilas,
visto la muestre desolada,
temido la esclavitud
la servidumbre

Todos fuimos Cádiz algún día.

Ya hemos visto agua retroceder
casi con temor, del poniente,
ya hemos dado la espalda esperando
el golpe artero de la ola galopante.

Todos hemos sido alguna vez una isla
y por suerte hemos encontrado siempre
algo en ella por qué luchar.
Ya llegará el momento
en el que ni Napoleón contra nosotros.

septiembre 10, 2014

Sorry

Chao, paloma

Llevé a la playa a aquel niño que había tratado mal y le ofrecí disculpas por juzgarlo duramente todos estos años. Por decirle que estaba mal ser como era.

Al final sonreí. Creo que él también.

agosto 01, 2014

Ranthought - 20140801

Mi primer parte por exceso de velocidad. Espero que el último. Doblé la velocidad máxima permitida.

*

Viajaré de nuevo. Y una vez más, espero añadirle algo personal al viaje. Sobre todo gente. Gente que quiero y extraño.

Esta vez, con nueva compañera en lo de aprender a tomar fotos. Me prestarán un lente telefoto, así que habrá más opciones y más cosas por probar. Ya leí sobre lo que puedo hacer; eso sumado a algunas ideas debe ayudar a hacer cosas bonitas. Espero.

Soy afortunado.

**

Recogí los post-it que tenía pegados al escritorio. Los guardé junto con otras cosas importantes que leeré «en caso de emergencia». Sólo dejé uno que todavía es importante ver a menudo.
Me siento mejor.

***

Hoy presenté una prueba técnica por teléfono que resultó ser más desafiante de lo que esperaba. Me puse nervioso y todo, olvidé algunas cosas que ya sabía, en otras estuve bien. Sigo recordando lo aprendido antes y eso siempre será bueno.

****

Alguien me dijo que se sentía orgulloso de mí. Fue un buen momento.