En Bogotá había trolebús. Trolebuses. Buses con correas a lo
Rudolf Hommes, avanzando por las calles mientras hacían un ruido extraño que aún no logro recordar. Eran buses diferentes a los demás, un poquito más limpios, con sillas plásticas sin cojín.
Sí. En Bogotá ya tuvimos buses eléctricos y nadie dijo entonces que fuese una ciudad innovadora. En ese entonces yo vivía sobre la calle 80, cerca a donde hoy está el portal de Transmilenio. Habitualmente usábamos los buses «normales» pero en ocasiones la ruta de los trolebuses nos servía, así que conservo un par de recuerdos fugaces en los que voy sentado en una silla de un naranja desteñido, junto a la ventana, mientras el bus avanza en calma. Recuerdo también cómo el bus podía desconectarse del cableado para adelantar a quien estuviese en el carril bloqueando el paso (iban por el carril derecho) y cómo se oían muchos ruidos mientras se desconectaba y conectaba de nuevo a los cables eléctricos.
Recuerdo que ni siquiera los trolebuses podían con el cruce de la calle 80 con avenida Boyacá. En esa época el puente vehicular que hoy se encuentra allí no existía y el cruce era gobernado por un semáforo. O al menos eso creían pues sólo se requería una lluvia estándar bogotana para inundar el cruce y volverlo un lugar de nadie en el que buses, camiones y carros se peleaban por cruzar el lodazal. Aun ahora, después de ver cómo el cruce dio paso a noches de obreros vertiendo concreto en enormes moldes y luego a un enorme puente vehicular, todos los días ese lugar se convierte en un enorme nudo sumergido en humo gris, coloreado ahora por las vitrinas de un nuevo centro comercial.
Un recuerdo asociado es el de un compañero de colegio que vivió en Ecuador hasta los 8 años y cuando volvió a Colombia, ya no habían trolebuses en funcionamiento. Recuerdo aún su cara de asombro mientras le contábamos que hubo alguna vez buses eléctricos en esta ciudad, algo difícil de creer sin duda, sobre todo en aquel lejano 1995 en el que Internet no era aún centro de resolución de disputas históricas. Habría bastado con mostrarle algo como
este sitio para convencerlo.
Nunca entendí por qué ganó el transporte social subsidiado, con sus buses montados en un chasis de camión Dodge 600, pintados de verde y amarillo o de rojo y blanco, llenos de ruidos y latas y afanes.