noviembre 29, 2015

Street art



Hubo una época en la que el arte urbano en Bogotá transitaba por sus calles entre humo negro y espejos rotos.

En Bogotá (y en otras ciudades de Colombia), los buses normalmente usaban los colores que identificaban a cada empresa. Porque cada empresa se identifica ante sus usuarios con algún conjunto de colores que puedan ver a lo lejos. Los buses rojos que iban a Fontibón, los buses verdes que llegaban hasta Bachué, los buses negros que llegaban al aeropuerto. Los nombres de las empresas eran en ocasiones alusiones al color elegido: Buses rojos, Buses amarillo y verde, buses blancos. Esto por la misma época que los taxis eran negros con techo amarillo.

No sé bien en qué momento comenzaron a aparecer buses blancos con franjas horizontales. Tal vez fue cerca de 1990. Hasta los trolebuses que llegaban eran blancos con líneas amarillas y rojas alrededor (por la bandera de Bogotá, porque eran de la Empresa distrital de transporte urbano). Los viejos Dodge 600 con carrocerías de acero y aluminio dieron paso a otros camiones con carrocería de aluminio y fibra de vidrio, unos más grandes que otros, quizás porque era más barato construirlos. Unos más grandes que otros, algunos con sillas mullidas que eran llamados ejecutivos (sillas que fueron llenándose poco a poco de pulgas), otros con sillas más simples.

Con el cambio de buses llegó una nueva generación de choferes. Hombres todos, jóvenes y que compartían el no encontrar más oportunidades de trabajo -o simplemente veían que era la forma más fácil de hacer esa cantidad de dinero-. Y con la juventud llegó el atrevimiento y el interés por tener el bus más llamativo. Surgió el negocio de construir consolas, unas elaboradas repisas que iban en el espacio entre los vidrios panorámicos y contenían carros de juguete, luces y cuanta cosa podía acomodarse allí. Los diodos LED no brillaban mucho y no ofrecían muchos colores, así que no había posibilidad de iluminar mucho sin agotar las baterías del bus; algunas luces por aquí, otras que se encendían al frenar por allá.

Lo siguiente fue pintar los buses. Como los buses blancos debían ser blancos y las busetas verdes debían ser verdes, las pinturas fueron a dar al vidrio trasero. Igual no necesitaban ver a través, decían. Así fue como el vidrio trasero fue reemplazado por más fibra de vidrio en la que se pintaban sobre pedido paisajes inesperados. El pueblo de origen del chofer, bosques mágicos, un retrato del bus mismo, la Virgen del Carmen. Todo cabía en ese espacio.

La proliferación de rutas y los costos fueron desplazando esos buses poco a poco. La exigencia de mantener vehículos con un tiempo máximo de servicio reemplazó los buses lienzo con buses pequeños, aun más incómodos y con menos espacio para la creatividad de sus conductores. Eventualmente todos se vuelven, poco a poco, buses azules y rojos, naranjas y azules, en los que todas las sillas son iguales y el color lo ponemos los usuarios.

Al comienzo de este post dejo una foto de la semana pasada. Caminando a casa encontré uno de los últimos buses con aerógrafo encima y me acordé de todo esto que les cuento. ¿Lo recuerdan ustedes también?

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