agosto 31, 2009

Plegaria


Y ahí está. Ahí lo pueden ver todos al pasar, presurosos hacia donde sea que se dirigen cada día laboral, de 6 a 8 de la mañana. Sin embargo, pareciese como si nadie lo viera. O tal vez es sólo una imagen más, como las que se guardan allí dentro.

Es un hombre entrado en años, tal vez mal alimentado. Cada mañana dedica una o tal vez dos horas de su vida a orar, puede que incluso a conversar con quien sea que le escuche del otro lado de la puerta. Permanece de pie a la entrada de esa pequeña iglesia; seguramente entabla una conversación, pues resulta difícil de creer que se logre permanecer en una rutina de oración semejante por tanto tiempo sin ser sacerdote o tener una necesidad terrenal apremiante (lo cual es posible y tal vez explique la presencia de aquel hombre en ese lugar cada día).

Qué es lo que hace inusual esa rutina de fe en medio de cientos de apartamentos, vacíos todos ellos salvo por las empleadas que se disponen a atender los oficios de cada lugar mientras sus dueños discurren entre las vías y los buses, entre los autos y las calles. ¿Por qué hoy en día es inusual detenerse y orar mientras que el lugar común es correr? ¿Por qué tenemos tanto afán, tanto miedo de perder el tiempo y de no trabajar lo suficiente?

Como si en realidad el trabajo fuese siempre el uso más digno del tiempo... lo que cabe preguntarse, al final, es si aquel hombre tiene tiempo de ser feliz. Como podría hacerse con cualquiera de los que pasa a su lado, entre los buses atiborrados y los autos aún fríos.

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